Modelo (MG)

Maria Guilera (Foto: Ron Azevedo)
Había escuchado la notícia muchas veces, algunas de forma oficiosa, otras en la radio, las más en la revista de la Asociación de Vecinos. Un poco de revuelo en la calle, en el mercado, para olvidar luego la promesa y, pasadas las elecciones, dejar que el rumor se apagara poco a poco y ver llegar de nuevo las furgonetas con presos, mirar de reojo las colas en la acera de la calle Entença: mujeres con paquetes, abogados con camisa y corbata y voluntarios con bolsas llenas de paquetes de tabaco, libros y bocadillos. Y como cada tarde, las gaviotas sobrevolando el patio vacío, los focos en las esquinas al anochecer y los guardias civiles en las torretas.
Hubo tiempos emocionantes, aquellos en los que Xirinacs, sentado en la acera y frente a la puerta, recibía a la prensa, charlaba con políticos, estudiantes o quien quisiera dirigirse a él y protestaba a su manera, apoyado en la pared y dejando escapar los argumentos desde detrás de su barba. Más de un año duró aquello y se decía que le iban a dar el Nobel de la Paz, no sé si era cierto.
Lo más gordo fue lo de la fuga, al menos para mí, que llegaba a casa con la radiografía del fémur de mi madre y no sé dónde la perdí, o la tiré, qué sé yo, al ver a aquella gente que salía del mismísimo suelo. Se levantaban las tapas de las cloacas y venga salir chavales como aparecidos del infierno. Los coches se paraban en seco. Yo corrí, pero había quien se quedaba plantado, como si los pies se les clavaran en el suelo. Luego supimos lo que había pasado, lo del túnel salió en todos los periódicos y hasta creo que hicieron una película.
Lo que me molestó más fue la época en que los familiares, las novias o quienes fueran gritaban desde la calle a los de las celdas. Todos a la vez y, aunque pareciera imposible, ellos se entendían en ese barullo insoportable. Por ahí no dejaba pasar nunca a mis hijos, no quería que vieran según qué cosas. A ver, chocho, enséñame las tetas que ya ni me acuerdo de cómo son. Qué cerdo eres, contestaban, pero se levantaban las camisetas o se abrían las blusas y se armaba una buena.
Vivir con esos vecinos te hacía cómplice de dramas por los que la televisión pasaba de puntillas. Amnistías que no llegaban, manifestaciones silenciosas, riadas de gente que se reunía en la parroquia de la esquina y que a veces salían con cara de susto y el documento de identidad en la mano para mostrarlo a la policía. Noches de lágrimas, de sentencias crueles y garrote vil.
El barrio parecía tener una frontera invisible, un cinturón que rodeaba la cárcel y nos hacía distintos a los vecinos de las calles de al lado. Allí estábamos los de toda la vida, los que veíamos natural la convivencia con el entorno, pero también los que se indignaban por el engaño de las inmobiliarias, que les habían prometido una zona verde preciosa en poco tiempo. El traslado de la cárcel Modelo era cosa de uno o dos años, les habían asegurado. Y ellos lo habían querido creer, claro, porque de momento los pisos de compra eran más baratos y los alquileres también.
Tampoco los chinos pusieron el dinero sobre la mesa para quedarse con los bares de la zona. No querían líos y además allí no hubieran tenido nada que hacer sin saber preparar unos callos, un potaje de lentejas o unas croquetas en condiciones. Yo serví desde muy joven bocadillos de chorizo y carajillos a primera hora de la mañana, mientras mi madre preparaba cazuelas de callos, potajes de garbanzos, munchetas con butifarra y lentejas con chorizo. La comida que nos pedían tanto los familiares de los presos como muchos de los funcionarios.
Hice amigos, claro que los hice, porque la gente allí no venía de paso. Regresaban un día sí y otro también y muchas veces te contaban su historia y les entendías, no todo es mala gente. Madres que sufrían por sus hijos, por si les pasaba algo ahí dentro, por si salían más drogados de lo que habían entrado. Hermanos y amigos de los presos políticos, tristes y más callados, pero a poco que les dieras cuerda te contaban el cómo y el porqué.

Parece que ahora va de veras. Han venido periodistas, el alcalde y caras que recuerdo de hace años, más viejos, pero les reconozco. Que sí, me ha dicho la presidenta de la Asociación, que ya han sacado a los presos y tenemos que estar alerta, Mari. Que no nos roben el terreno los especuladores, esto es del barrio, de los que hemos sufrido tantos años. A defender lo nuestro. Un Casal, jardines, una escuela. Nena, si bajamos la guardia levantan aquí pisos de lujo y a fastidiarse tocan. Tienes que venir a la manifestación del sábado. Y qué pena que el Antonio no lo pueda ver…

Me he asomado al balcón. Después de tantos años no me acostumbro a dormir sin la luz de los focos que tanta compañía nos hacía. Y lo bien que va, decía mi Antonio, que voy al water sin tener que encender la lamparilla.
Cómo será esto cuando lleguen los otros, los que compren pisos frente a la zona verde. Quién querrá jamón de Teruel, bravas, calamares a la andaluza y carajillos de anís. Quién me contará historias de padres que han hecho lo que han hecho por dar mejor vida a la familia o de hijos con un corazón que no les cabe en el pecho y enganchados a la droga por las malas compañías.
El camión de la basura levanta los contenedores y hasta el piso sube el olor de todo lo que vacían. Cierro el balcón hasta que se marche. Hará una noche tropical, ha dicho la chica del tiempo, así que espero un buen rato para volver a abrir las puertas.
–A mi no me hace tanta ilusión que hayan cerrado la Modelo, nene.
Desde su foto enmarcada sobre la mesilla de noche, mi Antonio mueve la cabeza y me dice que a él tampoco.

Llibreta i cigrons (VH)

Vicenç del Hoyo
Poques persones he conegut tan fermes i sòlides com la meva tieta Adela. Ella va exercir d’advocada molts anys a una notaria del passeig de Gràcia. Allà se signaven molts documents de moltes menes i ella s’encarregava de redactar i supervisar la majoria dels contractes que el senyor Vilaserra signava. La seva especialitat havia estat la compra i venda d’empreses. Tenia una habilitat per redactar les clàusules dels contractes de tal manera que a tots, venedors i compradors, els semblaven avantatjoses i això estalviava moltes hores de discussions i desacords.
Costava imaginar-se que ella tingués aquesta qualitat, ja que era una tieta que mai havia procurat caure especialment simpàtica a cap nebot. Gairebé mai venia a dinar a casa, només la vèiem de tant en tant a casa dels avis. Però moltes vegades havíem sentit explicar al pare que la tieta Adela havia resolt el problema que teníem amb uns inquilins que vivien en un pis que era propietat dels avis, o que havia redactat un contracte de lloguer d’un apartament per passar el proper estiu a Begur.
Ella mira, escolta i redacta. No necessita més —sentenciava el pare parlant de la seva germana.
Tothom valorava la seva eficàcia i discreció. Normalment sempre duia penjada a l’espatlla una vella bossa de pell girada. A dins s’hi podien trobar des de medicaments pels mals més exòtics fins a una variada gamma de caramels i dolços. Sempre hi duia una llibreta per escriure, un lloc on redactar en brut qualsevol document. Aquestes llibretes acostumaven a ser gruixudes i amb una voluminosa espiral a la banda de dalt. No m’hauria fixat en aquest detall si no fos que el dia que va morir l’avi vaig ser-ne conscient.
L’avi va tenir un vessament cerebral un vespre i una ambulància se’l va endur a l’hospital. De seguida van saber que no se’n sortiria i van avisar als familiars més propers. A mi, la mare no m’hi hauria deixar anar, però el pare va voler que veiés el seu pare per darrer cop.
A l’hora de la veritat, l’avi era més resistent del que semblava i, encara que molt poc conscient, estava aferrat a la vida. Hi havia tants visitants a l’habitació que havíem de fer torns per estar al seu costat.
Vaig seure a una de les butaques de la sala d’espera, al costat de la tieta Adela. Va ser allà que vaig veure com feia emergir del fons de la seva bossa una de les seves llegendàries llibretes. Aquesta era una de nova i per començar. Va agafar un bolígraf de punta fina i amb molta concentració vaig veure com pàgina a pàgina, totes eren en blanc, escrivia a la banda de baix a l’esquerra un número. Estava numerant tota una llibreta que ben bé podia tenir cent fulls.
Per què ho fas?
La tieta Adela va alçar la mirada com si hagués estat submergida al fons d’un oceà.
Perquè no es perdi res i, si això passa, que me n’assabenti.
No vaig gosar interrompre la resta de la numeració. Vaig pensar que tots tenim necessitat de batejar carrers i numerar edificis. A tots ens persegueix la necessitat de localitzar, de circumscriure els esdeveniments, els fets i les vivències.
No vaig ser jo qui va interrompre. El pare va aparèixer a la sala d’espera.
La culpa la tenen els cigrons. Mira que menjar-se’n una cassola per sopar!
Com dius? Que el pare va menjar cigrons? —va preguntar la tieta Adela—. Si mai li havien agradat. No recordes el que deia?: «Menjar cigrons, menjar de bribons».
Potser ja ha perdut l’oremus! Ha estat com llençar-se daltabaix d’un penya-segat. La digestió dels cigrons li ha fet petar el cervell.
L’Adela ja no va contestar res més. Ella ja no va poder continuar escrivint més números als fulls en blanc. Recordo que es va quedar al número vuitanta-tres. Just l’edat de l’avi.