Rellanos (VA)

Vicente Aparicio (Foto: Víctor Encinas) 
Rellano de escalera núm.1
Sentado en el suelo, la espalda recostada contra la puerta cerrada, mi hermano Pablo hace aparatosas muecas mientras esperamos a que llegue mamá. Siempre nos partimos de risa. Me siento enfrente de él -el suelo está frío- y jugamos a imitar alternativamente el sonido de una pelota de tenis que cruza de uno a otro lado de una imaginaria pista. Bjorn Borg contra John McEnroe. Deuce. En el piso de arriba, El vals de las mariposas suena una y otra vez interpretado por Danny Daniel y Donna Hightower. El vecino subnormal del 4º 2ª -así se decía entonces- canta al compás del tocadiscos con toda su alma. Un alma alegre, desinhibida y bondadosa. Paseando en tu jardín, mil maripooosas, comenzaron a decir, cosas hermooooosas... En la planta baja, el matrimonio de testigos de Jehová hurga en la cerradura de su misteriosa cueva antes de dar un portazo. Los tacones de mamá resuenan en las baldosas del portal y ascienden hacia nosotros, rítmicamente tranquilizadores. ¿Por qué has tardado tanto?

Rellano de escalera número 2
El vecino de enfrente, con su cuello de toro, espera el ascensor junto a un hijo único, espigado y adolescente que juega -como sabremos después- de lateral derecho en la Damm. A través de la puerta semiabierta de su vivienda se escapa un aroma de sofrito. El locutor de Canal Plus, el juguete de moda en todos los hogares -con sus rayas-, resume con aliento deportivo los partidos avanzados a la jornada de ayer sábado: Logroñés 1-Betis 0; Tenerife 4-Valencia 2. Un fragmento de recibidor se entrevé por la mirilla de nuestro nuevo hogar arrasado por las regatas. Mi cuñado reciente es un albañil de primera, entusiasta de Bordón 4 y de Los Chunguitos. Desde la mirilla, un suelo de parquet flotante, un mueble lacado en blanco, una lámina de Klimt... Cuando enmudece el aspirador, Marta reclama con un chillido amoroso mi colaboración en las tareas de limpieza y desescombro provisional del hogar. La niña de mis sueños, ella es la niña de mi vida, quisiera ser la sombra, que la acompaña noche y día... El ascensor pone pie a tierra y emprende un nuevo viaje, ahora en dirección contraria, hacia los pisos superiores del edificio, todos ellos ocupados por personas a quienes reconoceremos fácilmente en el futuro inmediato. Ya estamos aquí, vecinos, somos nosotros, ¡los nuevos!

Rellano de escalera número 3
Sin separar la vista de la pantalla del PC -como si lo viera-, Ñoño dice que habría que comprar detergente, un desatascador y servilletas de papel. Todo eso por lo menos, añade cuando yo ya estoy en el rellano camino de mi merecida ronda de birras de antes de la cena. Habría que comprar... Es hábil, su uso del condicional. La casa está que da asco y ponerle remedio no parece sencillo. Yo trabajo -de llenapáginas, más que periodista-, y no tengo puñeteras ganas de ir a estas horas al súper, ni siquiera por si sonara la flauta con la mulata que han puesto al frente de la caja registradora -licenciada en Ciencias Políticas por la Universidad de Bogotá, según sus melosas palabras-. Y con Ñoño quién va a contar, si ha sido irreversiblemente abducido por el Civilización 3. Vivir juntos no fue muy buena idea -qué fácil se ve ahora- por muy amigos que hayamos sido siempre, desde aquellos iniciáticos años de la bata salesiana azul a cuadros hasta este difícil hoy desganadamente compartido. Siempre nos quedará CSI, poder poner a parir a Grissom juntos. Poco más. La bombilla del techo del rellano se ha fundido y alguien -quizá en el ático- ha vuelto a darle cuerda a Manu Chao. Soy una raya en el mar, fantasma en la ciudad, mi vida va prohibida, dice la autoridad... Salgo por patas escaleras abajo y me adentro en un barrio que resplandece a la luz del atardecer y la multiculturalidad. El mío.

Rellano de escalera número 4
La luz del descansillo parpadea. Luna -aún no me he acostumbrado al nombre- se ha revelado como una consumada especialista en chapuzas del hogar, desde el montaje y desmontaje de muebles de todo pelaje hasta la instalación de sofisticados sistemas de luz y sonido de múltiple commutación. Una mujer caída del cielo. Que la luz temblaba lo he visto mientras esperaba el ascensor para ir a hablar con el jefe de la escalera -léase presidente en cualquier otra comunidad-. Una tarea compensatoria, un guiño a la igualdad de géneros, unos cuantos puntos para el carnet de puntos de la pareja recién emparejada. Y es que el jefe de la escalera es un plato de mal gusto que a mi chica le causa problemas de digestión. 'Luuuna', he llamado hacia adentro como para empezar a encargar otra faena. Pero por suerte, creo, solo me ha oído su hija, que ocupa la primera habitacion del pasillo. Frente al cuarto de baño. Extrañamente, la música que llega a mis oídos mientras ensayo mi discurso de inquilino exaltado -consorte- no procede de OT 2018, la religión adolescente de la niña. Ese cristalito roto, yo sentí como crujía, antes de caerse al suelo, ya sabía que se rompía (¡uh"). Es un fenómeno mediático engendrado a escasos kilómetros de aquí, en Sant Esteve, al otro lado del río, y yo casi me echo a llorar. No es broma -si es que hasta suena bien. Huele a col. Soy yo quien cocina, pero tengo margen para la negociación vecinal, porque aún queda un buen rato hasta que toque apagar el fuego. Sueño que el ascensor se tambalea. Ay, Rosalía. Subo por la escalera. Se va a enterar, el tipo este, primo, se va a enterar. Me pongo flamenco. Cosas de la edad.

Continuará...




Per cada cosa que es guanya, se'n perd una altra (MG)

Maria Guilera (Foto: Lee Davidson)

Els avis dormien a l’habitació més gran de la casa, tot i que no era la millor. Només tenia la llum miserable que entrava per la finestra del celobert i que solia estar tancada per no empudegar l’ambient amb la barreja d’oli fregit i les fórmules màgiques de l’herbolari dels baixos.
Quan els avis van morir, primer l’un i després l’altra, la meva padrina es va endur la calaixera i l’armari mirall, però va deixar el llit, que no era exactament de la mida d’un de matrimoni, sinó de sis pams, o com deia la meva mare, “de cuerpo y medio”, una expressió que a mi em sonava estranya perquè m’imaginava tal qual un cos sencer i un altre tallat de dalt a baix per la meitat i la imatge em feia molta angúnia.
La meva germana i jo vam dormir uns quants anys juntes en aquell llit. El matalàs era de llana i feia un sot al mig dins el qual quèiem quan estàvem adormides. Això no ens molestava a l’hivern, però a l’estiu recordo que fins i tot treia una cama fora del llit i m’agafava a la vora del matalàs per evitar el descens al sot i trobar-hi l’escalfor del cos de la meva germana petita, que malgrat ser-ho, era tan alta com jo i més corpulenta.
Ella i jo, abans d’adormir-nos, havíem jugat a moltes coses. A fer-nos pessigolles, a caragolar braços i cames i entortolligar-nos amb tota mena de contorsions, a mirar-nos fixament sense que se’ns escapés el riure… i també a jocs més truculents, com el de “Molokai”, el nom d’una illa de leprosos als quals cuidava "el Padre Damián” i sobre la qual vèiem cada Setmana Santa una pel·lícula al col·legi de les monges. Gràcies a la peli havíem après que la lepra tenia un símptoma inicial, la pèrdua de sensibilitat a les extremitats. A la terrible escena en la qual un nen ajudant del "Padre Damián" li abocava una gerra d’aigua bullint a la palangana per rentar-li  els peus i el missioner es quedava tan ample.
Quan de vegades la meva germana em tocava la cama per tal que m’apartés ­–era un dels nostres codis nocturns­– jo feia veure que no me n’adonava. Ella insistia:
–Va, aparta’t.
I jo li deia amb veu fingidament endormiscada:
–Per què no em toques el peu com sempre?
–Però si ja te l’he tocat! –contestava.
Jo llavors feia veure que m’espantava, que no havia sentit res i això només podia significar una cosa: tenia la lepra.
Pobra nena, per moltes vegades que la sotmetés al mateix joc cruel, ella mai no acabava de saber si aquell cop era de debò.
També hi havia nits de secrets, de confidències infantils i de pors compartides quan els pares marxaven a casa dels veïns a veure Perry Mason o les Galas del Sábado i ens quedàvem soles. Llavors era freqüent sentir passes d’un lladre pel passadís, grunys d’un gos rabiós o corredisses de rates que pujaven per les parets del celobert.
Un dia els pares van decidir comprar un moble per a la nostra habitació. El senyor de la botiga va posar-se a dibuixar davant nostre fent línies a tota velocitat amb un llapis i un regle llarg i transparent. Després, fiu, fiuuu, vinga fer divisions:
–Anirà de paret a paret. Aquí al mig, un armari per penjar la roba amb dues baldes a dalt i tres calaixos a sota. I separats, a banda i banda els dos llits, que de dia s’alçaran per fer guanyar espai a l’habitació.
Vam guanyar l’espai i vam perdre la fantasia.