Agulles d'estendre (VH)


Vicenç del Hoyo (Foto: Martine Franck)
―Jo crec que no tenim edat per fer això!
En Jaume estava assegut a terra. La seva incipient panxa l’incomodava per estar-hi i havia de sostenir-se amb les dues mans recolzant-les a l’esquena. Una cassola amb aigua començava a bullir sobre un fogonet de gas. Va esparracar amb les dents el plàstic d’un paquet d’espaguetis per abocar-los a dins l’olla però l’embolcall va cedir i alguns es van escampar sobre la sorra.
 ―La mare que la va parir!
Un cap va emergir de dins d’una tenda de campanya. A l’interior es veien arrenglerades dues màrfegues i a sobre d’elles uns sacs de dormir. Tot estava ben endreçat. D’algun lloc del sostre de la tenda penjava una lot oscil·lant que escampava la llum per l’estret receptacle.
―Com va la pasta, senyor peperoni?
L’Agnès era una noia amb el cabell curt però que contribuïa a mostrar el seu aspecte femení. Era set anys més jove que en Jaume i es notava en l’agilitat felina que desplegava per desplaçar-se per terra.
―Avui menjaràs espaguetis a la piccola sorra d’aquesta platja de la Púglia. Què et sembla?
En Jaume ha enterrat un extrem dels espaguetis sota la sorra, aquells que havien relliscat del paquet i formen un ram al costat del fogó de gas.
―Mmmm! I també li posaràs una mica d’aquesta salsa a l’amanida? La piccola sorra és boníssima!
L’Agnès no es podia estar de fer broma amb el Jaume. Ella havia insistit a fer un viatge assilvestrat, sense les duanes dels hotels, gaudint del lloc i del moment, despreocupant-se de les comoditats. Un petit cotxe per a dos i quatre artefactes per poder improvisar. La novetat de la relació havia fet claudicar a en Jaume. Feia temps que el seu esperit havia aburgesat el seu cos. Ell només patia per les incomoditats. Li era difícil gaudir d’horitzons amplis i dels cels estrellats. Potser la causa era que ell duia ulleres i quan a mitjanit, estirat sobre el sac de dormir, alçava el cap per mirar el cel era incapaç de distingir cap constel·lació.
―Em pica tot el cos, Agnès.
Havien arribat a mitja tarda. El mar semblava transparent. Les onades dòcils els llepaven els peus. Havien passat la tarda submergits sota l’aigua i assecant-se al sol. Saber que a aquella llunyana platja de l’Adriàtic no hi havia cap dutxa l’havia posat de mal humor. De sobte havia odiat tanta bellesa incòmoda. Havia patit una indigestió de tant sol inclement, de l’erosió salina que li provocava tibantor a la pell. Un odi sec va surar dins seu com si fos, primer una fina boira, després un espès i opac fum.
L’Agnès vivia aliena als sentiments que generen els combatents i la guerra. Tot era bonic i preciós i, sobretot, molt autèntic. No es sentia ni triomfadora ni victoriosa perquè no tenia consciència d’haver lluitat per estar a aquesta banda de la fi del món.
L’aigua de la cassola va començar a bullir. Va ser un bull brusc. Es va desestabilitzar i la cassola va lliscar i es va bolcar sobre la sorra. Ara sí que la salsa de sorra seria una realitat indestriable.
En Jaume va esclatar d’una manera sorda. Era un odi mut contra el món i contra ell mateix. Es va aixecar i amb el peu va tirar més sorra sobre els espaguetis crus. L’Agnès era incapaç d’entendre els sentiments d’en Jaume. Un accident és un accident. No hi ha causes, no hi ha culpables. Tot és casual i no és el pronòstic de res, a no ser que caldrà improvisar. Per això l’Agnès va agafar de la mà al Jaume i el va arrossegar sorra endins fins a l’aigua. El mar tenia el color del Chianti. La solitud els va fer atrevits. Sense banyadors, que onejaven agafats per agulles d’estendre als vents de la tenda, el contacte dels cossos va encendre el polsador de l’amor. Ella va identificar una de les raons per haver triat aquesta modalitat de viatjar. Ell es va cobrar la recompensa per la modalitat de viatge que ella havia imposat. Més tard, quan per fi es va apagar l’interruptor de l’amor, van recollir els quatre trastos i van anar a sopar uns espaguetis de debò al primer restaurant de carretera que van trobar.

Más vale tarde (MG)

Maria Guilera
Obedeciendo la última orden del folleto turístico, me despido de La Habana sentada en el Malecón, con el olor intenso que tanto me molestó a mi llegada y al que he logrado acostumbrarme al final de mis vacaciones. Un mes largo en Cuba da para algo, tampoco tanto. Puedo imitar el acento dulzón, emplear giros y palabras desconocidas hasta bien poco. Vivir en casas particulares tiene mucho de incómodo, pero fue el precio a pagar por mi exigencia de un viaje pretendida e imgenuamente auténtico.
Sufrí un huracán intenso y un cólico de igual magnitud, bailé en la Casa de la Trova sin vergüenza ninguna, escuché un interminable discurso de Fidel en televisión, temblé en ceremonias terribles con gallos descabezados, comí día tras día arroz con pollo y pollo con arroz, mango en ensaladas, batidos y helados.
Hubo también visita a la peluquería cubana: tú me peinas, me haces la manicura y ya luego me llevo esas cartas para enviar en España. Me bañé en playas en las que los turistas no ponen los pies sin arriesgarse a pisar botellas rotas de ron y me llevaron a una comisaría acusada de difamar al dueño de un hotel por permitir el turismo sexual.
Hubo emociones fuertes, pero algo falta. Con toda seguridad, en el avión de regreso, seré la única mujer que no tuvo su aventura erótica, la dosis de sexo caribeño que se supone adherida a un viaje en solitario. Y lo más deprimente es que no he tenido que rechazar ninguna invitación ni desdeñar a los buscadores de divorciadas, viudas o viajeras solitarias. Será que no me he movido en los circuitos adecuados o que no he captado las miradas insinuantes, los gestos de invitación o las palabras de camelo.
Me quedan unas horas y sucumbo a la ruta de Hemingway y al mítico daiquiri en el Floridita. Las mesas ocupadas me obligan a trepar a un taburete, justo bajo las enormes aspas de un ventilador. Tengo sed y bebo el primero casi sin respirar. Otro, pido casi inmediatemente.
La música es la que espero, los camareros son atentos, profesionales, elegantes. ¿Por qué será que no sudan? Huelen bien, tienen los dientes blanquísimos. Me pregunto si se les permite llevarse a los clientes a la cama, si la policía les persigue o el jefe les puede despedir.
¿Me atrevería yo a irme con un desconocido?¿Tendría tan solo el el valor de mirar, sonreir, brindar para aceptar una invitación? Más aún, con la implacable lucidez que llega tras el coito, podría evitar un juicio conmiserativo hacia mí misma? ¿Me tildaría de inconsciente, temeraria o peor aún, patética?
El tercer daiquiri tiene una consecuencia predecible.
Apoyo la mano en el hombro quemado del turista inglés, tan afectado como yo por la bebida, e intento bajar del taburete con dignidad. Aún así, me tambaleo de manera ridícula.
La voz del camarero tiene un fondo musical de guajira.
¿La puedo ayudar? ¿Le ordeno un taxi o prefiere que la acompañe a su hotel?

Desilusión (VA)

Vicente Aparicio
-¿Me pone otra cerveza? -Llevaba casi media hora esperando.
Ella se llamaba Gabriela. Los mensajes que habían intercambiado el día de antes no dejaban lugar a dudas: a las nueve, en el restaurante Harpo. Irazusta, 52.
Antes de concertar su primera cita, habían estado hablando de muchos temas. Compartían afición por el cine. A Gabriela le encantaba Lo que queda del día, que también era una de sus películas preferidas. ¡Qué maravilla! Ese mayordomo: tan pulcro, tan contenido, tan inglés. Qué grandes actores.
Con la copa en la mano, pidió permiso para entrar al comedor. Siguió a un camarero hasta el fondo de la sala. Mesa para dos, escrupulosamente servida.
El móvil le confirmó que ella seguía sin leer siquiera sus mensajes de hoy.
También habían hablado del amor. De su expectativa. Un tema en el que ambos, al parecer, se habían convertido en verdaderos expertos. Cada uno con su biografía.

Hacía tiempo que no comía cordero al horno. Le pareció exquisito. No tanto las berenjenas rellenas, aunque también habían merecido la pena. En lugar de postre, pidió un café. Era evidente que no le convenía, pero hoy no tenía ninguna intención de irse a dormir hasta pasadas unas cuantas horas.
Puso un terrón en la cucharilla y la introdujo lentamente en la taza. El azúcar se tiñó de color marrón. Había visto un cuadro en una exposición, no hacía mucho, hecho precisamente con terrones de azúcar teñidos de café, con diferentes intesidades de color. Los habían puesto juntos, como teselas de un mosaico. Le había hecho una foto, incluso. ¿Había sido con Carmen? O con Alicia…
Disfrutó con la sensación del terrón que se deshacía dentro de su boca. Se sintió avergonzado, como un niño cazado en una travesura.
El restaurante estaba casi lleno. Había parejas de mediana edad en la mayoría de las mesas. Un par de familias con niños, y un grupo de amigos, más bullicioso. Siguiendo un impulso, secó la cucharilla con la servilleta y se la echó al bolsillo. Fueron 33.60 euros. Dejó de propina todo el suelto.

No era la primera vez que acababa la noche en el Roxy. Quizás la tercera o la cuarta. Una chica alta, con un vestido negro, llegó a la barra. Llevaba los labios pintados de un tono oscuro.
-Un daiquiri -pidió con voz algo pastosa-. ¿Eso es una coca cola, en serio? -añadió dirigiéndose a él-. Debe de ser hasta light.
Vivía en un ático, cerca del Roxy. La habitación de aquella chica era casi tan grande como todo su piso. Había espejos en las paredes. Ella se quitó el jersey. Sus pechos, bonitos, se veían por todas partes. Cuando él se desvistió, la cucharilla cayó de sus pantalones al suelo. Se dio cuenta unas horas más tarde. La devolvió a su bolsillo mientras ella, la chica del vestido negro, dormía.
Gabriela había leído ya sus mensajes de anoche, pero no había contestación.