No saber dir que no (MG)


Maria Guilera

–Estic tan cansada, va dir la Carla mentre es deixava caure al sofà.

Les sabates, amb una sola molt gruixuda, van caure a terra tot fent un soroll pesant i les faldilles li van quedar fetes un nyap sota les cuixes. Jo tenia ganes de parlar amb la meva néta, però vaig adonar-me que aclucava els ulls i semblava adormir-se.

–No sé què ho fa, que la gent jove estigui sempre tan cansada, va fer ma germana. Te’n recordes quan tu i jo sortíem de la feina a les vuit del vespre i anàvem al Centre Moral a assajar? Allò era un no parar i mai no vam necessitar estirar-nos al sofà.

A banda del detall que a casa nostra no n’hi havia, de sofà, era ben cert que voltàvem del matí al vespre i la sensació d’esgotament mai no la sentíem. I això que ma germana era l’ànima del grup de teatre, s’hi entregava, ho feia tot, des d’anar a buscar les obres a la Llibreria Millà i remenar prestatges i capses polsegoses com una fura, fins repartir els papers, buscar les músiques, quedar amb els dels llums, demanar la roba per al vestuari…

Ens ho preníem tot molt seriosament i teníem una il·lusió tan gran que ella no gosava decebre ningú. Hi havia un paper per a tothom i, si quedava algú a fora, era capaç de crear un nou personatge per poder incloure’l. Recordo aquella vegada que, a L’ànec salvatge, va corregir el gran Ibsen i el fill dels Ekdal ja no va ser només un, perquè li va enganxar -literalment- un altre actor i van sortir a escena com a siamesos. Contràriament al que es pugui pensar, la nova situació no va resultar còmica, al contrari. El públic va quedar impactat i semblava com si el drama s’hagués duplicat.

Un altre cop, quan vam representar La muerte de un viajante, dos dels millors actors es mig barallaven pel paper principal. Com que l’obra es representava quatre vegades, els va proposar fer el paper de Willy Loman a la tarda i el de Charley a la funció de la nit i ells es van aprendre els dos papers a la perfecció. Vam tenir un gran èxit, el públic repetia per veure l’un i l’altre i comparar-los.

L’únic que no tenia ma germana, i encara no té, eren allò que se’n diu “dotes de mando”. Això no. Ella es guanyava la gent buscant la manera d’accedir als seus desitjos, mai imposant el seu criteri.

–Però dona, que la felicitat del món no depèn de tu, li deia el meu cunyat. Algun dia hauràs d’aprendre a dir que no. 

Eren un matrimoni ben avingut, és clar, i tot el mèrit era d’ella. L’agost passat el marit es va trobar malament. Una malaltia d’aquelles que pateix poca gent i que no té cura. Tot anava molt de pressa, massa. Van deixar de venir a dinar a casa els dissabtes a la tarda i de sortir a passejar amb el seu llibre de rutes per Catalunya.

–Hem estat tan bé, li va dir un dia, que hem d’acabar-ho de la mateixa manera, bonica. No vull que em vegis tremolar, arronsar-me, babejar, oblidar-te i desaparèixer com algú diferent a qui he sigut sempre.

La meva germana m’ho va explicar tot. Com s’havien informat i comprat de mica en mica tot el que calia. Com havien picat les pastilles amb la mà de morter i abans de prendre’s els dos gots d’aigua amb el polsim ben desfet, van mirar junts els àlbums amb fotografies de les representacions, els programes de teatre, els retalls de les crítiques, sempre tan elogioses perquè les escrivia la secció literària del mateix Centre Moral.            

–I saps, va dir-me ella, el nostre amic, el qui havia compartit amb ell els papers de Willy Loman i de Charley, com que és metge de familia, va certificar la defunció.

M’ho explicava tot molt calmada mentre plegàvem els llençols.

–I mira, va afegir mentre els desava a l’armari, al capdevall suposo que devia agraïr que la seva dona no tingués mai un no per a ningú.


La Carla, ajaguda al sofà,  va obrir els ulls i va mirar el rellotge.

–Ostres, les set! Me’n vaig pitant, que avui tinc assaig al Centre.

Hombres (VA)


Vicente Aparicio

El tío Gregorio murió un jueves. Su corazón dijo basta.
Cuando nos avisaron de que el entierro sería el sábado a mediodía, Alberto ofreció su coche para que fuéramos al pueblo los tres juntos.
Me levanté temprano. Tanto, que al llegar a la boca del metro me la encontré aún cerrada. Pensé que no me vendría mal andar un rato.

Después de atravesar la Diagonal, en la calle Provença me llamó la atención un alboroto. Junto al semáforo, un par de chicas discutían con un hombre de mediana edad que las miraba con descaro.
-¡No es no! -gritó la más alta de las dos, levantando un dedo acusador mientras su compañera se encaraba también con él. Me pareció oír un insulto.
El hombre quedó atrás. Siguieron caminando por la misma acera, unos metros por delante de mí. La chica que había gritado llevaba unos leggins estampados y unos zapatos de plataforma. La otra, más discreta, vestía toda de negro.

Se cruzaron con un grupo de chavales que iban empujándose unos a otros y armando jaleo. Llevaban latas de cerveza en las manos. A primera hora de un sábado, toparse con gente pasada de vueltas debe de ser de lo más normal.
-¡La calle es nuestra! -vociferó la chica de los leggins-. ¡Vuestra violencia es vuestra impotencia!
Estaba fuera de sí. Temí que la situación pudiera complicarse, pero ellos no se dieron por aludidos. Solo uno de los chicos se volvió al cabo de unos segundos, después de llegar a mi altura, y les hizo un gesto obsceno con el dedo, a cámara lenta. Ellas, por suerte, ya no estaban mirando.

Caminaban deprisa, con decisión. Cerca de la esquina con Passeig de Gràcia, un hombre trajeado salió de un deportivo rojo que estaba aparcado en la acera.
-¿Qué coño miras? -dijo la chica de los zapatos de plataforma-. ¿Qué coño mira? -pareció decirnos a todos quienes podíamos oírla, levantando sus brazos hacia el cielo. De pronto su amiga le dio una fuerte patada a un contenedor.
-Hasta la polla de machismo -exclamó riendo-. ¡Reventamos cabezas!
El hombre del traje buscó mi complicidad con una mirada de desagrado. No hice nada. Luego él apretó el paso. Al pasar yo junto a ellas, me ignoraron por completo. Ni siquiera repararon en mí. Giré por la rambla de Catalunya y después me metí en el metro, que ya estaba abierto.



Nos reímos bastante durante el trayecto. Javier iba delante con Alberto, poniendo música y contando sus chistes habituales. No hablamos del tío Gregorio. Mejor así.
Llegamos al tanatorio pasadas las once. Cuando éramos pequeños, en esta parte del pueblo todo eran campos de cerezos. Ahora habían levantado un feo edificio de obra vista. Había bastantes caras conocidas dentro. A la mayoría de ellas les habían caído veinte o treinta años encima.
Al acercarme a la tía Engracia, ella se puso a temblar. Nos abrazamos. Lloraba desconsoladamente. Mi madre estaba a su lado, muy seria pero entera. Le di un beso.
-¿Y tus hermanos? -preguntó.
-Por ahí andan.

Entré a ver al tío Gregorio. Su cara era la de siempre. El rostro de una persona digna. Me pareció un poco más delgado. Me acordé de su Renault 4, que olía a campo, y de su sombrero de paja.
Volví a la sala con los demás. La tía Engracia seguía temblando, derrumbándose cada vez que alguien se acercaba a darle el pésame. Mamá me dijo que se quedaría un par de días más, a hacerle compañía.

Salí a la calle a fumar un cigarro. Pedro vino a saludarme.
-Qué alegría verte -exclamó mientras me daba un abrazo-, aunque sea aquí.
Jugábamos juntos a menudo. Era un buen atleta, por aquella época. No tenía rival en la media distancia.
-No me lo esperaba -dijo-. El señor Gregorio estaba delicado del corazón últimamente, ya lo sabemos, pero cuando pasa, chico, nunca te lo esperas.

A Carmencita fui a saludarla yo. Estuve enamorado de ella durante un tiempo.
-Qué pena. Tu tío era tan buena persona. Es la mejor persona que he conocido en toda mi vida. Seguro que aquí todos piensan lo mismo.

De regreso a Barcelona estuvimos en silencio la mayor parte del tiempo. Se había hecho de noche y en la radio del coche mis hermanos habían puesto fútbol.
Les hablé de lo de aquella mañana, de las chicas que gritaban consignas feministas.
-Por dios, qué agresividad -dijo Alberto-.
-Las cosas están cambiando, chavales -dijo Javier-. Las tías ya no están para hostias. Y yo en realidad me alegro, qué queréis que os diga.
Como iba solo atrás, me tumbé ocupando los tres asientos.
Pensé en la tía Engracia. Había sido triste verla así en el tanatorio, llorando de esa manera. Pero ella, me dije, en realidad ha tenido mucha suerte. Aun perteneciendo a una generación de mierda. Aun siendo mujer en una generación de mierda.
Eligió al tío Gregorio y no se equivocó. Quizás por eso lloraba así. No por la desgracia de estos días, sino por toda una vida de suerte.

Las chicas de Divito (MS)


Mónica Sabbatiello

Hasta aquella tarde mi barrio me resultaba normal, aceptable, con sus vivendas bajas, veredas limpias y acacias robustas. Y también nuestra casa con un jardín mínimo en el que a veces comía el tero, un patio con cuarto de herramientas,  salón-comedor y un dormitorio. No tenía quejas por irme quedando dormida en el sofá que se transformaba en cama por las noches, junto a mis padres quegidos en las sillas miraban El Fugitivo en un televisor en blanco y negro. Ni por preparame en mecanografía en una academia para un futuro modesto.

Elba, mi amiga, residía en los últimos cuartos de una casa larga, grande y antigua, un conventillo en el que varias familias compartían uno o dos baños. No recuerdo que se quejara.

A Rulo lo conocimos en la discoteca. Era un buen conversador y nos cayó bien. Una tarde nos invitó a su casa para escuchar música. No desconfiamos. Caminamos hacia la zona alta y subimos una tras otra las escalas sociales que se hacían explícitas en los detalles. Aparecieron los edificios de enormes vestíbulos con sofás de piel, cuadros al óleo y metales relustrados. Porteros con uniforme, jardines repletos de flores y aceras cada vez más amplias.

En uno de estos inmuebles un ascensorista nos llevó al piso diecisiete. La vivienda ocupaba toda la planta. Me produjo desasosiego ese espejismo lujoso. El mobiliario caro, las alfombras de ensueño, los balcones desde los que se podía ver hasta la lejana costa uruguaya y esas chicas que parecían la encarnación de obras de arte. Mucho dinero y largas cadenas familiares de refinamiento debieron ser necesarias para alcanzar esa exhibición de aristocracia.

an a los Beatles. Habían traído los discos de Londres. Una de ellas, Alejandra, me llevó de la cintura a bailar.  No podía controlar mi rubor. De pronto me sentí bajita, con ropa demasiado sencilla, tan alejada de aquellas esculturales mujeres en las que veía a Gina Lollobrigida, Claudia Cardinale y Brigitte Bardot. El pelo ideal, la piel tornasolada, talles resaltados con cinturones que debían costar lo que yo gastaba en un año.

Cuando me relajé un poco y se debilitó ese indómito sentimiento de humillación, fui a la cocina a prepararme un cóctel. Gracias al alcohol, el tabaco y la música, el atávico abismo se esfumó.

Ellas bailaban descalzas en lo que era como un altar de diosas. Aunque algo oculto en esas mujeres me recordó, por un momento, a las chicas de Divito. Unas caricaturas de moda.

La  tarde enrojeció y la brisa fresca trajo aromas del río. Me sentía como en un barco.

A eso de las diez de la noche llegaron cuatro amigos que me parecieron desfasados con el ambiente, no pegaban nada. Eran semejantes entre sí, quizás fueran parientes. Fornidos, con ropa cara y pelo corto, demasiado corto. Sacaron un polvo blanco; merca, dijeron. No quise probar. Bajaron las luces y subieron el volumen. Rulo había desaparecido en alguna habitación con mi amiga. Yo estaba nerviosa. Cada vez más incómoda.

Un rubio a cepillo y con una cicatriz que le dividía la barbilla en un lado bueno y otro malo, me empujó contra una mampara. Sentí un poco de miedo. Le dije que me dejara, que me quería ir. Apoyó su cuerpo contra el mío, pesado y caliente, y me besó en el cuello. Sentí sus labios húmedos y de pronto una mano que bajaba y me restregaba el pubis, el clítoris, que se introducía. Sentí asco.

-¿Qué hacés, loco?
-No te resistas, linda, ¿para qué viniste, sino?
-Vine con Rulo a oír música.
-Acá se viene a amar.
-Esto no es amor, le repliqué.

El hombre se rió con su boca pegada a mi oído.
Me lamió la oreja. Y se fue agachando hasta que plantó su boca en mi  sexo. No pude evitar el temblor.

Poco antes de irme, unas horas más tarde, me contaron que a aquel piso lo llamaban La casita mercenaria. Ahí se iniciaron esas chicas diseñadas para parecer perfectas, todas nacidas en hogares humildes. Si optabas por participar podías pagarte los estudios universitarios. Elba hoy es arquitecta. Yo preferí montar otra casita mercenaria en la zona bohemia de la ciudad.