Por cada cosa que se gana se pierde otra (MS)


Mónica Sabbatiello (texto e ilustración)

Ganar, ganar, no sé si es el término. Salí a ver mundo. A tratar gente bien distinta de la que vivía en el barrio. Entré a ambientes inimaginables. ¿Y por qué sé que perdí algo? Por aquellos arranques de niña que me hacían llorar. Aunque no eran muy frecuentes. Estaba demasiado ocupada para atender el agujero negro que se abría en los rincones de esos cuartos ajenos en los que dormí durante meses, quizás años. Hoy ya no me acuerdo y nunca me gustó hacer cuentas. Estudiaba y militaba, cogía y hablaba durante horas con las personas más interesantes del mundo. Esas mesas de la avenida Corrientes, con tipos que sabían filosofar sin tregua. Yo absorbía como esponja y jugaba a seducir. Las sábanas de distintas camas. Los cigarrillos negros sin filtro. El olor a semen, a ceniceros llenos, las reglas dolorosas y la ausencia de lo que me faltaba, el té de mamá, su infusión justo a tiempo con el Evanol que paraba los espasmos, sus paños calientes.
Me hacía la fuerte.
Tuve varias valijas y novios. Y pertenencias políticas.
Comía alcauciles con las piernas dobladas en el enorme sofá de Iris, aquella joven que ya tenía un niño, Facundo. Estaba separada y jugaba con el pelo de mi nuca. Me gustaba ir a su casa porque olía a comida casera y ahí, en el medio de tanta vida, recuperaba lo que no quería reconocer que me faltaba: mi casa.
Aquel hogar despelotado que había dejado atrás. Esa mezcla de padre italiano severo y excesivo, y de madre andaluza frívola y casquivana. Ahí se me hizo normal la prepotencia, los ojos inyectados de furia del macho, el dominio aparente de la fuerza, el padre padrone. Descubrí la destreza instintiva de la hembra, su ficticia sumisión, el arte de ocultar. Lo serpentino. Lo zigzagueante femenino. El silencio cómplice como raíz bajo tierra, que se expande en ramificaciones infinitas. La mujer unida en el subsuelo a otras mujeres que parecen consentir, que callan sus verdades o que muy pocas veces se cuentan entre ellas.
Aquel mundo siniestro en la superficie de dominio machista ocultaba una luz opaca que calentaba mis noches cuando el padre no volvía y la piel de mi madre se acercaba a la mía. Su olor se confundía con el de los jazmines que se despertaban por las noches en aquel patio de baldosas a dos colores.
No fue clara la pérdida el primer día cuando me escapé de casa, aún menor de edad.
Ni cuando ella me trajo ropa a escondidas de mi padre.
Sino con el paso del tiempo.
Al principio mi cuerpo llenaba todo. Era mucho cuerpo mi cuerpo joven. Deseado por unos cuantos que me hacían sentir linda. Con eso y los estudios en la facultad, los descubrimientos de la lógica, el placer de la deducción, de unir conceptos de forma armoniosa, de ir comprendiendo esquemas hasta entonces ocultos, andaba casi completa.
Todo era intenso. Mis pechos generosos, mis piernas bonitas, la capacidad de jugar con mi deseo y el del otro. El sentir que había un sentido en cada uno de nosotros, los que íbamos a salvar del sufrimiento, cómo no, a tantos miserables, los obreros de la caña, los niños de las villas de emergencia, casi dioses tocados por la varita de la utopía, del Che, de Vietnam. De estrella en estrella. Pero había caídas. El tipo te cogía por atrás y te escondía que estaba casado. Y sí, había caídas, sobre todo en la cama. Y entonces lo que ganabas parecía menos que lo que perdías.

Estiu (VH)


Vicenç del Hoyo
Hi vaig anar amb poques expectatives, o això era el que pensava. Perquè quan vaig veure que la persiana del local estava abaixada vaig tenir un rampell de ràbia tan fort que li vaig etzibar una puntada de peu a la reixa metàl·lica i els vianants es van girar per buscar l’origen del soroll.
Vaig enfonsar les mans de les butxaques de la jaqueta.
—Quina mala sort! —em vaig dir.
Ara me n’adonava que estava segur de trobar el local obert. Era una mena d’espai híbrid i indefinit entre llibreria i bar alhora que freqüentava per aquella època i que estava situat a un carreró al costat de la plaça Padró. Era un lloc amb poques pretensions però amb un caliu molt especial. Podies seure en una mena de sacs plens d’alguna espècie de llavors que esdevenien còmodes butaques adaptables i passar la tarda llegint, escrivint o mantenint converses casuals amb desconeguts fins a hores indeterminades de la matinada. De la rebotiga de la llibreria una Joan Baez de l’Eixample treia, de tant en tant, uns plats amb torrades i menjars que circulaven pels grups de persones fins que es buidaven.
Era fàcil apassionar-se amb les discussions indefinides, doncs el tema anava canviant de curs com el torrent d’un riu jove, de manera que si a mitja discussió sobre el valor literari dels autors crítics amb el totalitari règim soviètic anaves al bany, quan tornaves, potser, s’estaven recitant poemes de Walt Whitman.
Que el local estés tancat era una mala jugada del destí donades les urgències d’aquells dies. Una tarda podia durar un mes i les setmanes tenien l’extensió d’un lustre. Així que llegir en un paper enganxat a la persiana: Tornaré al setembre. Vaig a la platja. EVA. I a sota del text apareixia un dibuix on es veia una posta de Sol sobre un minúscul illot amb una solitària palmera. Em va produir un desànim com si un terratrèmol s’hagués empassat una germana i s’hagués derruït la seva habitació.
—On aniré? Què faré?—em preguntava—. Quina merda!—no parava de dir-me.
Aquell va ser un estiu que va durar un segle. A la tardor, mesos més tard hi vaig tornar. El local estava igual que sempre. El mateix ambient, les xerrades casuals, els llibres i les lectures imprevistes. Tot era exactament igual. Podria haver sentit que tornava a casa, que la germana havia ressuscitat d’entre les runes estivals per cuinar les mateixes imprevistes torrades. Però, potser perquè tot era mil·limètricament igual vaig poder sentir que jo ja no era el mateix.

Gasolinera (VA)


Vicente Aparicio (Ilustración: Edward Hopper)


Aquel día mi hermanó atracó una gasolinera. Era julio y mis padres se habían marchado al pueblo. Cuando sonó el teléfono a las dos de la madrugada, yo estaba en la cama leyendo.
Llegué a la comisaría en un taxi. Recuerdo la máquina de escribir y el humo de los cigarrillos. Un policía me contó secamente lo que había ocurrido.
Iban los cuatro en un 127. Le habían puesto una navaja en la espalda al empleado de la gasolinera y se habían llevado unos cuantos billetes.
Yo los conocía a todos de verlos con mi hermano, sentados en el banco de la plaza de abajo o dando vueltas por el barrio. Eran menores de edad. Yo tenía veinte años.
A media mañana lo soltaron. Lo primero que hice fue darle un beso, a pesar de lo mal que me lo había hecho pasar. Después fui con él todo lo dura que pude. Más tarde llamé a mis padres.
Preparé la comida. En casa cocinábamos las mujeres. Comimos en silencio. Cuando le hice las preguntas que tenía que hacer, no me gustaron sus respuestas. Utilizó palabras que no me parecieron suyas.
Al final de todo no salió mal parado. Pero hubo una siguiente vez. Y luego otras. Nunca sabré por qué.
Mi hermano se convirtó en un delincuente. Un quinqui, como los de las películas de la época. E igual que la mayoría de sus protagonistas, él no puede verlas ya.