Paisatge somiat (VH)

Vicenç del Hoyo (Foto: John Vink)

T’agradaria passar la tarda al museu?, em vas preguntar,  i jo et vaig respondre que m’aniria molt bé, ja que havia de fer un text creatiu per l’escola i contemplar quadres sempre em deixa amb un ànim peculiarment predisposat per deixar volar la imaginació. Era l’exposició d’un pintor francès molt influent i no gaire conegut al nostre país. Vaig descobrir que se’l considerava un fill bastard i anònim de l’impressionisme, un infidel progenitor del fauvisme que havia pintat, al final de la seva vida, algunes peces que anticipaven l’expressionisme. Havies de fer una memòria de l’exposició per una assignatura de la facultat, em vas explicar. Havies decidit fixar-te en el tractament que feia l’autor sobre els paisatges industrials. Els volies comparar amb els paisatges rurals. T’interessava la paleta de colors, afirmaves. Especialment tota la gamma de vermells, marrons, colors oxidats. Jo no entenia un borrall del que m’explicaves però no me n’adonava, al contrari, creia que ho comprenia perfectament i establia connexions entre experiències viscudes molt allunyades, entre la infantesa a l’extraradi de Barcelona i les fàbriques del Prat del Llobregat on anaven a treballar molts dels adults del bloc on vivia, entre la ferralla rovellada i els troncs  d’arbres podrits, entre els bassals que es produïen al carrer de casa i les postes de sol. M’explicaves que, a banda de la gamma de colors, també hi havia un altre element important, el traç del pinzell. Deies que els pèls del pinzell dansen sobre la superfície del quadre. Assenyalaves passetes curtes, petits saltirons, llargs derrapatges sobre el llenç. A mi em va captivar un quadre que havia convertit l’aigua del port en un prat verd ondulant, com si fos un mar agrari. També s’hi veia l’esquelet de les grues del port que fan servir els estibadors. No hi apareixia ningú, cap individu. Tot i que la imatge era de ple dia el paisatge estava desert, com si fos un diumenge o l’hora de dinar. Passàvem d’un quadre a un altre lentament, a vegades tornàvem a veure una obra ja vista però que al contemplar una de nova volíem tornar a recordar. Vam descobrir que el pintor tenia més temes estivals que hivernals. Vas assegurar que determinat quadre estava pintat a l’hivern malgrat el contingut era estiuenc. S’havia fet servir una pinzellada trèmula del fred de l’hivern per pintar un tòrrid paisatge mediterrani, m’explicaves assenyalant uns intermitents blaus escombrats que representaven el cel. Un paisatge somiat, em vas dir i jo m’imaginava un prat nevat on tu i jo ens poguéssim arrebossar amb flocs blancs, executat amb la pinzellada inequívoca del tòrrid estiu. La meva imaginació pintava altres quadres, teixia escenes de nosaltres com a protagonistes en futurs vespres inexistents. Després d’aquella tarda ens vàrem trobar altres cops però cap altre em va estimular tant la imaginació com aquella estona al museu.

Hijos, leucemia, Kubrick, bolos, café (VA)

Vicente Aparicio

Voy al cine una vez por semana. Antes que probar un restaurante nuevo, prefiero volver a uno que ya sé que me gusta. Soy pesimista. No me importa mucho mi imagen. Bebo más alcohol de lo que sería aconsejable. Mi padre murió yo tenía veinticuatro años. En el instituto se reían de mí porque me gustaba el cine español. Carmen quería tener dos hijos y, aunque yo no quería ninguno, hemos acabado teniendo dos. Me gusta viajar. He estado en cuatro continentes. Nunca tuve un LP de Led Zepellin, ni de los Rolling, ni siquiera de Loquillo y los Trogloditas. Soy del Atlético de Madrid. Disfruto conduciendo durante horas. Estudié Sociología. Trabajo en la Diputación de Barcelona. Mi padre tuvo leucemia. En los encuentros familiares, suelo encargarme de las fotos. Me gusta clasificar archivos en el ordenador y hacer listas. Nunca he escrito un diario. Tengo un hermano tres años mayor que yo. Víctor, que es periodista, sale a menudo en la tele hablando de política. A lo largo de mi vida, he sido infiel en dos ocasiones, hace ya mucho tiempo. No me gustan ni el queso ni el fuet. Juego a tenis regularmente. Aunque voy a pocos partidos, soy socio del Espanyol. Todos los sábados quedo con mis amigos en el bar del Quim para tomar el aperitivo. Aprendí a tocar el piano. Si me quieres ver feliz, dame una bolsa de pipas. Mi hijo mayor tiene talento para dibujar. Prefiero las películas que no duelen. No necesito gafas. Voté a Ciudadanos una vez. Carmen se empeñó en que tuviéramos una segunda residencia, pero no me pareció buena idea. Los dos preferimos la escuela pública. Mi hijo pequeño saca unas notas brillantes, tanto que siempre evito mencionarlas en presencia de otras personas. Hace al menos dos años que mi hermano y yo no nos hablamos. En casa, las paredes están pintadas de blanco. Las películas del oeste son mis favoritas. Detesto que se descalifique una opinión a causa de quién la sostiene. En mi época universitaria, valoré seriamente la idea de crear un partido político. Las mujeres blancas de piel me parecen las más atractivas. No voy a apuntarme a la causa del feminismo. Formé parte durante un tiempo de la junta del AMPA. Mi expediente académico era mediocre. Carmen suele volver a casa más tarde que yo. Me divorcié de mi primera mujer porque no podía soportar su ambición, la manera en que su ambición me presionaba. Soy más mayor que mi padre cuando murió. Me da un poco de vergüenza tener tantos días de fiesta. Cómo me gustaba L’escurçó negre. He visto todas las películas de Scorsese, Berlanga y Kubrick. A veces me fumo un puro. Barro y pongo lavadoras, pero nunca plancho la ropa. Al parecer, el estómago y las cervicales son mis puntos débiles. Si mis hijos quieren ser veganos, tendrán que esperar a vivir solos. Cuando el Barça juega contra un equipo extranjero, yo también soy culé. Me pregunto cuántos independentistas aceptarían de buen grado un referéndum de regreso a España cuando la secesión sea ya un hecho. Me caía bien Clinton, mejor que Obama. De joven miraba mucho a las estrellas. Decir que el sol volverá a salir mañana es un pronóstico. Acostumbro a subir al punto más alto de todas las ciudades. Hace doce años que tengo las mismas zapatillas de estar por casa. A la vecina de abajo la han ingresado por anorexia. Soy el presidente de la escalera. Mi mejor amigo juega a bolos en la División de Honor. Cada primavera Carmen y yo pasamos un fin de semana en un balneario, nosotros solos. Italia es el país que más veces he visitado. Me caen mal los franceses. Trabajé de probador de colchones para un hotel de lujo. Cuando me jubile, sabré qué hacer. De joven pensaba que me sería imposible odiar a alguien. Si bebo vino, prefiero que sea tinto. Hice la Primera Comunión vestido de marinero. El 1 de noviembre, voy al cementerio. Siempre he vivido con alegría los preparativos de las fiestas de cumpleaños de mis hijos. Me he comprado una moto. Soy un negado para los idiomas. Si alguna vez fui a una discoteca, nunca fue con la intención de bailar, ni de ligar. Por debilidad de carácter, siempre volvía a casa el último. Caminar por la ciudad de madrugada es una maravilla. Una sola vez, y a plena luz del sol, me pusieron una navaja en el cuello. El día que a mí me operaron del menisco en el hospital de Bellvitge, en Cincinatti falleció Neil Armstrong, el primer hombre que pisó la Luna. Desde casa de mis padres se oía pasar el tren. La lluvia siempre me hace pensar en canciones. He estado enamorado tres veces. Suelo ganar cuando juego a las cartas. El paraíso, estoy seguro, huele a café.

Visitas (MG)

Maria Guilera (Foto: Rosita Delfino)
Coincidí en el rellano con la vecina de enfrente.  Hasta ayer tan solo nos habíamos saludado, hola y adiós. Según dijo llevan aquí muchos años, esta ya era la casa de sus padres.
Es una mujer menuda, con una sonrisa apenas perceptible que me pareció algo irónica. Me hablaba con amabilidad y eso me animó a preguntarle sobre las voces que a veces oigo por las noches.
–Me ha parecido escuchar a su marido que la llama algo alterado. Si se encuentra mal y podemos echar una mano… sea la hora que sea.
La mujer suspiró mientras movía la cabeza de un lado a otro.
–¿Les despertamos? -preguntó-. Ay, cómo lo siento…
Me pareció que quería contarme algo más y le pedí que entrase en mi casa. No se hizo de rogar, dejó en el recibidor el cesto de la compra y se sentó conmigo en la cocina. 
–Cómo se lo diría -empezó-. Mi marido ve gente en casa. Por la noche cree que le visitan en su habitación.
Aunque con algo de esfuerzo, logré mantener una expresión serena, como si me hablase de un hecho normal. Ella se animó a continuar.
–Son unos hombres muy altos, vestidos de blanco, que le miran desde la puerta antes de entrar en el dormitorio y luego, según me cuenta, se sientan a los pies de la cama. Algunas veces le miran a él, pero parece que por regla general lo hacen al infinito. Entonces mi marido me despierta para que les vea yo también, pero claro, eso no es posible.
–Quizás está dormido y confunde los sueños con la realidad.
Mi vecina sonrió.
–No, no…, está bien despierto. Yo no puedo verles porque apenas distingo algunas sombras, he perdido casi completamente la vista.
–¿Qué me dice? Pero si yo la he visto en la calle ir de acá para allá. Nunca lo hubiera imaginado.
–Sí, bueno… conozco bien la escalera, nuestra calle y las de los alrededores. Son muchos años de vivir en el barrio y tengo buena memoria. Pero ver, lo que se dice ver, no veo. Así que a esos hombres, en caso de que estuvieran ahí, tampoco les distinguiría.
Aproveché un silencio para calentar el agua y servirnos una tila a cada una. Ella cogió la taza y se calentó las manos antes de seguir con su relato.
–Yo intento calmar a mi marido, pero es un hombre de poca paciencia. Cuando está de buen humor recibe bien a los visitantes, pero si no es así agarra el vaso de agua que le dejo sobre la mesilla de noche y se lo lanza a la cara. O la zapatilla, si la tiene a mano. Si no se van, les insulta con malos modos. Es eso lo que usted debe escuchar.
Me quedé callada. No me pareció que pudiera contarle a mi vecina que mi marido había querido llamar a los “Mossos” más de una vez, ni que yo seguía los gritos por el pasillo con la oreja pegada a la pared.
–Usted debe pensar que estamos locos. Y bueno, él muy bien no está, es cierto, y yo ya empiezo a hartarme de tanto ir y venir de gente.
–Es natural -asentí.
Mi vecina removió con la cucharilla la tila y tomó un par de sorbos. Eso la animó a continuar la charla.
–Aparte de los hombres altos, ayer entró un oso.
–¿Polar? -pregunté por decir algo.
–No, no. Era un oso pardo, cómo le diría yo, más de los nuestros. Se paseó tranquilamente por el dormitorio y abrió el armario. Mi marido es un amante de los animales, pero claro, todo tiene un límite. Más por defenderse de un posible ataque que por hacerle daño, le lanzó una silla. El animal se marchó despacio, sin inmutarse. Ustedes deben despertarse con tanto trajín, que mal me sabe.
Le dije que no, que nos acostábamos tarde y que no se preocupara. Ella se disculpó de nuevo, pero dijo que no veía cómo evitarlo.
–Mire -continuó-, el verano pasado vinieron sus abuelos a visitarle. Por lo visto entraron por el balcón. Me dijo que les había encontrado muy bien conservados. Haciendo cuentas, les calculamos unos 130 años. La pena era que él les preguntaba cosas pero no le contestaban nunca. Esa fue muy buena época, estábamos tranquilos, pero a primeros de octubre se retiraron.
–¿Sus hijos lo saben? -pregunté.
–Uy sí, sí. Quisieron convencer a su padre de que todo lo que le ocurría eran alucinaciones, pero él, erre que erre. La novia del mayor vino un día con unas ramas de romero y otras hierbas y nos obligó a seguirla en procesión mientras las sacudía por el cabezal y los pies de la cama, también por la colcha, las mesillas de noche, el armario y la cómoda. Repetíamos unas letanías y al final nos frotó a todos, sobre todo a él, para limpiarnos de malas energías. Pero ni así.
–Por probar no se pierde nada, claro -le contesté.
La señora parecía encantada de explicarme los detalles.
–Para demostrarle que no entraba nadie, que todo eran imágenes en su mente, los chicos montaron una cámara de video sobre un trípode y la dejaron funcionando para grabar la llegada de las visitas. Lástima que al levantarme yo sobre las cinco de la madrugada para ir al lavabo, tiré al suelo todo el artilugio. Al no ser un objeto usual, no lo tenía controlado. Me llevé una bronca, la cámara se rompió. Mi marido no quiso volver a probar el experimento, dijo que por lo de los derechos de imagen, que ahora por lo visto las cosas se están poniendo muy serias.
Suspiró otra vez y me preguntó la hora.
–Casi la una -le dije.
–Me voy -contestó al tiempo que se levantaba-. Comemos a las dos y voy un poco lenta en la cocina.
La acompañé hasta la puerta y le di el cesto que había dejado en el suelo. Antes de que saliera le sujeté un momento el brazo.
–Pero dígame, ¿usted también cree que vienen?
Se encogió de hombros y mientras rebuscaba las llaves me explicó que hubo un tiempo en el que pensó en cambiar de piso.
–No sé, por ver si a mi marido se le pasaban esas manías o por si les despistábamos. Pero luego, dándole vueltas, llegué a la conclusión de que las visitas ya eran tan de casa como nosotros. Y romper con ellas quizás sería peor, a saber quién ocuparía su lugar.
Metió la llave en el cerrojo con destreza y se giró para despedirse.
–Ya pasaré otro día y seguiremos hablando. En su casa, si no le sabe mal. Aquí nunca te dejan tranquila.

L'arquitectura d'un adéu (VH)

Vicenç del Hoyo (Foto: Luis Beltrán)
No has estat mai capaç de posar-te al meu lloc. Quan parles del món o de les coses sempre apareixen com a deficitàries de consistència. Ets un nostàlgic i et sorprens que els altres no compartim el mateix enyor. T’agrada caminar per camins que no saps on duen. L’herba creix entre les pedres. Minerals i vegetals barrejats a parts iguals. La motivació no està en el destí. Si t’equivoques, no te n’adones. No té importància. No volies arribar a cap indret concret. Només per gaudir de la frescor ja valia la pena l’esforç, penses. No soc com tu. No saps viure una vida sense esforç. No tinc els mateixos afanys, ni disposo de molta tenacitat. Segons el teu punt de vista, jo viuré a l’infern, al futur. Potser som línies paral·leles condemnades a no trobar-se mai, com les vies per on corre aquest tren. Tu ets a qui deixo enrere. El paisatge, com el present, és fugisser, s’escapa veloçment per les finestres. És la catenària dels cables elèctrics que oscil.la saltant de pal en pal. El futur és la promesa. Tot m’allunya de tu. Malgrat que parlem la mateixa llengua, no parlem el mateix idioma. Les paraules s’escriuen igual però la semàntica ens separa com un abisme que creix i creix sota els nostres peus. Sé que m’estimes de la mateixa manera que sé que t’agrada que arribi el fred a l’hivern. Pots encendre la llar de foc, posar les mantes al llit, prendre un cafè amb llet fumejant a primera hora del matí. Tens la capacitat de convertir els problemes i dificultats personals en un fenomen natural o accidental. Ets invulnerable a la tristesa encara que visquis una vida penosa. El present no va amb tu. Tot el que havia de passar, tot el que es podia esperar, ja ha esdevingut. No hi ha espai per a la decepció, Des que soc adult no hem tornat a discutir. No puc admirar la teva invulnerabilitat. Em redueix a la insignificança. També jo t’estimo i et respecto com un ésser singular, com una peça única, que viu en una mena de museu que mai es deixa en préstec, i que sempre sé on puc trobar: a la casa on vaig néixer. Durant molts anys he pensat: tot podria ser diferent. No sé si ara ho voldria. M’he acostumat a la teva manera de ser, pare. Però em fa feliç anar a estudiar els dos semestres vinents a Itàlia. Sé que no em trucaràs i que viuràs l’estiu de la meva absència. No podria tenir un pare que m’ajudés tant a allunyar-me de casa.

Aún (VA)

Vicente Aparicio (Foto: Grace Robertson)

Nos gustaba no hacer planes. Los sábados nos levantábamos temprano -a veces- y cuando ya habíamos recorrido media hora hacia el sur en el Seat Ritmo, nos acordábamos de que en el pueblo medieval que habíamos visitado el año pasado, justo este fin de semana montaban una feria del vino, o del aceite, o del espárrago triguero. Dábamos la vuelta. Pero parábamos un momento a comer unos bocatas en un bar de carretera y el dueño acababa recomendádonos una excursión que no nos podíamos perder. El bosque era tan verde que nos entreteníamos haciendo miles de fotos, de modo que llegar hasta la cascada nos llevaba dos buenas horas, y una vez allí, como no había nadie más, nos animábamos a descalzarnos y quitarnos la ropa para darnos un chapuzón y luego nos tumbábamos al sol desnudos hasta que nos hartábamos y decidíamos volver. En la radio del coche poníamos a los Smiths, o a Bowie, y cantábamos a grito pelado, y pasábamos por delante de casa y le decíamos adiós, ahí te quedas, atravesábamos la ciudad hasta la otra punta y dejábamos atrás también los bloques de ladrillo en los que hasta no hacía mucho tiempo habíamos vivido con nuestros padres, en el extrarradio. Y ocurría -a veces- que conducíamos y conducíamos, y después de mucho conducir, llegábamos al mar. Se nos hacía de noche percibiendo su olor y fumando en la orilla, recitando poemas y compartiendo historias que no nos habíamos contado aún, y como empezaba a hacer frío, nos abrazábamos y nos seguíamos riendo y oíamos ladrar a los perros de la urbanización y nos quedábamos dormidos hasta que nos despertaban los primeros bañistas. Mientras tomábamos café en un vaso de plástico, bostezando, caíamos en la cuenta de que ya era domingo y se nos había vuelto a olvidar ir al Dia, y decidíamos aprovechar una mañana tan radiante tomando unas cañas en una terraza mientras leíamos a Carver en edición de bolsillo, a Carson McCullers o a Malraux. Debatíamos sobre qué era más importante, si la igualdad o la libertad, porque ambas cosas no se podían elegir, improvisábamos argumentos a favor y en contra e intecambiábamos amables sonrisas para suavizar nuestros tímidos desacuerdos. Comprábamos cucuruchos de nata en una heladería del paseo marítimo, cerca de la estación, y caíamos en la cuenta de que quizás merecería la pena subir al próximo tren y hacerles una visita a Maite y a Gabriel, a quienes veíamos muy poco desde que se habían mudado a la costa, pero resultaba que no estaban en casa, y en su misma calle nos encantaba descubrir un monumento recién inaugurado que representaba una caja de zapatos que en su interior guardaba unos pies. De pura pereza nos saltábamos pagar el viaje de vuelta, que hacíamos sentados en el suelo del vagón, rodeados de jóvenes como nosotros vestidos con su reglamentario disfraz de discoteca. Por fin regresábamos a nuestro coche, tan satisfechos como cansados, e incluso tristes, porque en la luz del atardecer ya debíamos de ver la rigidez de un nuevo lunes acechando, y tarareábamos en voz baja alguna canción de los Doors hasta que, ya cerca de casa, el Ritmo se nos plantaba en un arcén en represalia por el abandono al que lo habíamos sometido sin previo aviso, y nos dejaba en punto muerto hasta la llegada del operario de la grúa, un hombre hosco y parco en palabras que se transformaba en una máquina de lanzar improperios al prójimo tan pronto se incorporaba a la corriente del tráfico, camino del taller. Cuando ya nos habíamos despedido de nuestro amigo de cuatro ruedas, dudábamos si serle infiel con un taxi o ir mejor a esperar el autobús y coger luego el metro para ahorrarnos un gasto, y de un modo o del otro acabábamos poniéndole fin a nuestro week end. Transitábamos el tramo laborable de la semana siguiente sin mayor novedad que, en todo caso, el pago de la factura por la reparación la avería. El sábado nos levantábamos -a veces- a la hora de comer y no teníamos claro si picar cualquier cosa y ver una peli grabada de Kubrick o de Orson Welles en VHS, o bien cocinar como dios manda y montar después unas estanterías, e ir de una vez al Dia, pero lo que solíamos hacer era volvernos a la cama, y se nos acababa haciendo de noche entretenidos más que otra cosa en cotidianos pasatiempos horizontales, y rebasada la medianoche nos levantábamos para jugar al Scrabble -a veces- o al Trivial Pursuit y nos duchábamos juntos tratando de no hacer demasiado ruido y hablábamos de qué hacer las próximas vacaciones. Aunque siempre decidíamos no decidir, aún, porque nos gustaba no hacer planes y aún nos quedaba mucho tiempo.

Una cançó xiulada (MG)

Maria Guilera (Foto: Xavier Miserachs)
(Publicat al núm. 1 de la revista Espiral, abril 2019)



Va ser un estiu dels 60, quan la llum del dia s’allargava fins gairebé les deu i la calor ens feia fora de casa, que va néixer el costum de trobar-nos a la plaça. Els qui arribàvem primer agafàvem taula i li dèiem al Quim, el noi del bar,  si podíem ajuntar-ne una altra. Ell arronsava les espatlles. Tant se me’n fot, semblava contestar.
En Ramon, el Joan i la Nuri treballaven i venien suats, amb ganes de canviar d’aires. Els qui fèiem vacances teníem la pell torrada d’hores de platja, malgrat el Pep i jo havíem suspès alguna assignatura i gandulejàvem estones a casa fent veure que ens preparàvem per als examens de setembre.
Aquelles setmanes van ser propicies per als primers amors. Una rera l’altra aparexien parelles sense que calgués explicar res. Vèiem l’Helena que inclinava el cap damunt l’espatlla del Joan, el Pep i la Nuri que arribàven agafats de la mà i com la Montse acaronava els cabells del Ramon sense amagar-se’n.
Quan vam començar a posar-nos les jaquetes, els dies s’escurçaven  i ja no ens calia l’ombra de les veles del bar, me’n vaig adonar que jo era l’única sense parella, la que es quedava xerrant amb el Quim mentre els altres anaven marxant de dos en dos. No em decidia a anar-me’n i l’ajudava a escriure a la pissarra el menú de l’endemà. El Quim feia faltes d’ortografia.
–És que… vols que t’ho digui, Cristina? Sempre he estat un desastre amb els estudis.
Jo agafava la darrera cervesa de la nevera i l’esperava mentre ell recollia taules i cadires de fora, passava la baieta pel taulell i escombrava el terra.
 Algunes nits m’acompanyava a casa. Caminàvem sense dir gairebé res, tots dos érem de poques paraules. M’agradava escoltar com xiulava aquella  cançó francesa que sonava tant a la ràdio. Ho feia deixant escapar entre les dents la melodia, que ressonava pels carrers estrets del nostre barri.
–I tu què, noia? –va deixar anar el Quim aquell vespre –Com és que no has agafat parella? A quants els has donat carabasses?
No vaig contestar. Mentre pujava l’escala de casa em demanava a mi mateixa si algú d’aquella colla m’agradava, si me’n podria enamorar. Potser anaven així, les coses, i es tractava de començar a sortir plegats, abraçar-se, donar-se les mans, fer-se petons… i llavors, sense saber d’on, neixia el sentiment. El cert era que a mi ningú no m’havia mirat amb aquells ulls que jo veia a les parelles de la colla, ningú no m’havia parlat tan fluix per a què només jo  el sentís. De mica en mica la tristor em va recórrer l’esquena i el cor se’m va encongir.
–No tinc gana, mare. He menjat al bar.
Va ser un descans ajeure’m al llit i sentir com el coixí s’humitejava mentre la meva mà, a les fosques, buscava el transistor.
Tampoco hoy faltamos a nuestra cita, noctámbulos.  Aquí estamos de nuevo, con la música que acompaña a los solitarios.
La veu de la Françoise Hardy sonava ronca. Els acords de la guitarra acompanyaven la cançó que feia poca estona havia sentit xiular tan a prop meu. Les paraules agafaven un significat que fins ara no m’havia entretingut a dexifrar. Allà hi érem tots, els amics del bar, les garçons et les filles que s’agafaven de les mans i també jo, la que anava sola pels carrers amb l’ànima en pena sense que ningú murmurés je t’aime a cau d’orella.
Vaig adormir-me, com sempre, amb la ràdio encesa. L’endemà començaven les classes.

–Quim, ja dorm el nen?
El meu company surt de l’habitació i ajusta la porta sense fer soroll. El nostre fill té el son lleuger, hem d’anar amb molt de compte.
S’apropa a mi i pregunta si falta gaire per sopar.
–Potser un quart d’hora, no gaire més.
Obre l’armari on tenim les ampolles i el sento remenar una mica. Després entra a la cuina, tria una llimona i la talla amb destreça. Treu els glaçons del congelador, alça els ulls i fa un somriure que segueixo trobant irresistible. Agafa dos gots alhora amb un gest professional i em diu:
–El de sempre, guapa?