Las chicas de Divito (MS)


Mónica Sabbatiello

Hasta aquella tarde mi barrio me resultaba normal, aceptable, con sus vivendas bajas, veredas limpias y acacias robustas. Y también nuestra casa con un jardín mínimo en el que a veces comía el tero, un patio con cuarto de herramientas,  salón-comedor y un dormitorio. No tenía quejas por irme quedando dormida en el sofá que se transformaba en cama por las noches, junto a mis padres quegidos en las sillas miraban El Fugitivo en un televisor en blanco y negro. Ni por preparame en mecanografía en una academia para un futuro modesto.

Elba, mi amiga, residía en los últimos cuartos de una casa larga, grande y antigua, un conventillo en el que varias familias compartían uno o dos baños. No recuerdo que se quejara.

A Rulo lo conocimos en la discoteca. Era un buen conversador y nos cayó bien. Una tarde nos invitó a su casa para escuchar música. No desconfiamos. Caminamos hacia la zona alta y subimos una tras otra las escalas sociales que se hacían explícitas en los detalles. Aparecieron los edificios de enormes vestíbulos con sofás de piel, cuadros al óleo y metales relustrados. Porteros con uniforme, jardines repletos de flores y aceras cada vez más amplias.

En uno de estos inmuebles un ascensorista nos llevó al piso diecisiete. La vivienda ocupaba toda la planta. Me produjo desasosiego ese espejismo lujoso. El mobiliario caro, las alfombras de ensueño, los balcones desde los que se podía ver hasta la lejana costa uruguaya y esas chicas que parecían la encarnación de obras de arte. Mucho dinero y largas cadenas familiares de refinamiento debieron ser necesarias para alcanzar esa exhibición de aristocracia.

an a los Beatles. Habían traído los discos de Londres. Una de ellas, Alejandra, me llevó de la cintura a bailar.  No podía controlar mi rubor. De pronto me sentí bajita, con ropa demasiado sencilla, tan alejada de aquellas esculturales mujeres en las que veía a Gina Lollobrigida, Claudia Cardinale y Brigitte Bardot. El pelo ideal, la piel tornasolada, talles resaltados con cinturones que debían costar lo que yo gastaba en un año.

Cuando me relajé un poco y se debilitó ese indómito sentimiento de humillación, fui a la cocina a prepararme un cóctel. Gracias al alcohol, el tabaco y la música, el atávico abismo se esfumó.

Ellas bailaban descalzas en lo que era como un altar de diosas. Aunque algo oculto en esas mujeres me recordó, por un momento, a las chicas de Divito. Unas caricaturas de moda.

La  tarde enrojeció y la brisa fresca trajo aromas del río. Me sentía como en un barco.

A eso de las diez de la noche llegaron cuatro amigos que me parecieron desfasados con el ambiente, no pegaban nada. Eran semejantes entre sí, quizás fueran parientes. Fornidos, con ropa cara y pelo corto, demasiado corto. Sacaron un polvo blanco; merca, dijeron. No quise probar. Bajaron las luces y subieron el volumen. Rulo había desaparecido en alguna habitación con mi amiga. Yo estaba nerviosa. Cada vez más incómoda.

Un rubio a cepillo y con una cicatriz que le dividía la barbilla en un lado bueno y otro malo, me empujó contra una mampara. Sentí un poco de miedo. Le dije que me dejara, que me quería ir. Apoyó su cuerpo contra el mío, pesado y caliente, y me besó en el cuello. Sentí sus labios húmedos y de pronto una mano que bajaba y me restregaba el pubis, el clítoris, que se introducía. Sentí asco.

-¿Qué hacés, loco?
-No te resistas, linda, ¿para qué viniste, sino?
-Vine con Rulo a oír música.
-Acá se viene a amar.
-Esto no es amor, le repliqué.

El hombre se rió con su boca pegada a mi oído.
Me lamió la oreja. Y se fue agachando hasta que plantó su boca en mi  sexo. No pude evitar el temblor.

Poco antes de irme, unas horas más tarde, me contaron que a aquel piso lo llamaban La casita mercenaria. Ahí se iniciaron esas chicas diseñadas para parecer perfectas, todas nacidas en hogares humildes. Si optabas por participar podías pagarte los estudios universitarios. Elba hoy es arquitecta. Yo preferí montar otra casita mercenaria en la zona bohemia de la ciudad.

Comentarios

  1. Hasta hoy no he releído el cuento.
    No es exacta la afirmación, la primera vez lo escuché de tu lectura entrecortada un viernes no tan lejano.Esa lectura tuya que salva las líneas tachadas, busca el párrafo al que conduce una flecha para situarlo en el lugar preciso. Y entonces dices, ay, no, perdón, esto está repetido, bueno, lo arreglaré.
    Recuerdo como fui creando imágenes a partir de las palabras, cómo supe que esas chicas del Divito bonaerense eran mis chicas del còmic Can-Can. Y acerté, porque lo que logras con tu forma de escribir es darle vida al concepto y que cada cual lo adapte a su realidad.
    De la angustia del lector ante la angustia de la chica, de esa nerviosa y compartida respuesta ante el miedo a lo desconocido y al ridículo, nos salvas con un final gozoso. En lugar de la víctima, nos confiesa, seré la competencia.
    Bravo.

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