viernes, 10 de noviembre de 2017

Arte, matrimonio, fotografía, whisky (VA)


Vicente Aparicio (Foto: Weegee)

Cuando murió su marido, pensó que debía buscarse un entretenimiento, algo que la ayudara a no pensar demasiado en lo que no quería pensar. Era una persona resolutiva, así que pronto tomó una decisión: iría a aprender fotografía. Encuadrar, enfocar, disparar...; no le daba ningún miedo.
Se apuntó a un par de cursos en un centro cívico. En uno de ellos se hablaba de técnicas fotográficas; el otro trataba sobre los principales autores de la historia de la fotografía.
En el curso de los martes conoció a Fernando, un hombre muy amable que sabía más de fotografía que la profesora. Era una chica bastante joven y, durante las clases, se apoyaba descaradamente en él.

Lo que aprendió el primer martes fue que la fotografía es, por encima de todo, luz. Ajustando diferentes parámetros, la cámara ayuda al ‘artista’ a captar la luz del modo más fiel posible a sus intenciones. Oír en las clases esa palabra, ‘artista’, referida a ella, aunque solo fuera de un modo tan indirecto, le hacía sonrojarse.
Con el paso de las sesiones fue familiarizándose con palabras como ‘diafragma’, ‘profundidad de campo, ‘obturación’, ‘temperatura de color’... Le gustaba. Era un mundo nuevo que se abría ante sus ojos; un mundo de conceptos que ella podía entender con menos esfuerzo del que había imaginado.
Hubiera preferido, en cualquier caso, que la fotografía siguiera siendo como años atrás. Su marido había tenido una cámara Leica que apreciaba como un trofeo; algún día dejó de funcionar, pero seguro que aún debía de andar por ahí, en algún rincón, en la habitación de los trastos que ella todavía no se había atrevido a tocar. Las cámaras como aquellas eran muy bonitas; las de ahora no tenían la misma magia. La fotografía, como casi todo, había cambiado.
Cuando se llega a cierta edad, se decía ella, el mundo te hace comprender que le traen sin cuidado tus deseos; no por maldad, sino porque es su obligación. Sí, era una manera inocente de verlo, pero pensar así, en esos términos, a ella le había hecho más bien que mal.

Contra su idea inicial, el taller de los jueves, al que también asistía Fernando, resultó ser el más interesante. Allí fue descubriendo a algunos fotógrafos -y fotógrafas- cuyo trabajo le fascinó. No recordaba haber oído hablar de casi ninguno de ellos, pero descubrió en cambio que algunas de sus obras le resultaban familiares. De las primeras clases le interesaron, por ejemplo, las fotografías de un reportero de prensa que tenía un nombre raro, con varias letras repetidas. Muchas de sus fotos eran de asesinatos, en blanco y negro. Fernando se acordaba de todos esos nombres, pero ella no; nunca había sido buena para los nombres. Una de las fotografías, en la que se veía el cadáver de un hombre tumbado boca abajo sobre la acera, cerca de un revólver, la había visto antes en alguna parte, puede que en la televisión. Fernando le contó que aquel fotógrafo había conseguido conectar su radio a la emisora de la policía y que así era como podía llegar antes que nadie a los lugares donde se cometían crímenes; además, había montado un laboratorio fotográfico en el maletero de su coche para enviar cuanto antes su trabajo a su periódico. Qué interesante debía de ser, se decía ella, una vida así. Peligrosa, tal vez, horrible también en cierto modo, pero interesante.

La joven profesora les habló de otro fotógrafo cuya obsesión era retratar aspectos cutres de la sociedad. También era americano. Su marido se hubiera quejado; ¿por qué todo lo que pasa en el mundo tiene que venir de América?, habría dicho. En las imágenes de ese fotógrafo se veia a gente con sandalias y calcetines tomando el sol en la playa, torsos desnudos enrojecidos por el sol, grupos numerosos de turistas haciéndose fotos delante de monumentos famosos, relojes baratos con imágenes religiosas  grabadas en sus esferas… cosas así. Nunca hubiera pensado que el trabajo de un fotógrafo pudiera consistir en retratar cosas tan feas, tan desprovistas de gusto. Sin embargo, eso le parecía un gran descubrimiento. ¿Por qué poner el ojo siempre en las cosas bonitas: modelos con cuerpos increíbles, actrices, monumentos, ciudades con aspecto de postal…? Bien pensado, el mundo no era tan maravilloso. Estaba lleno de lugares insulsos, de barrios pobres, de personas vulgares y gente irresponsable que no era capaz de preocuparse ni de ponerse un poco de crema para prevenir un cáncer de piel. Y de cosas peores, por supuesto, cosas mucho peores en las que ella prefería no pensar.

Siempre se había considerado una persona más bien optimista. Quizás era la ausencia de su marido, tan reciente, tan injusta -y cuál no lo es, se decía-, lo que la llevaba hacia pensamientos sombríos. Al salir de clase, solía hablar con Fernando de estas cosas en la cafetería del centro cívico. Pobre Fernando, qué culpa tendría él de sus tristezas, pero era un hombre tan atento, que su actitud la invitaba a sincerarse. Alguna vez se le habían escapado incluso las lágrimas ante él. Se sentía sola, esa era la verdad. No dejaba de ser normal. Si al menos hubieran tenido hijos...; pero no había podido ser.

Un día, en clase, tuvo una revelación. La chica dedicó toda la clase al trabajo de una fotógrafa, una mujer. Se había pasado muchos años fotografiando las vidas de la gente que conocía, de sus amigos. Pero se trataba de fotografias que, una vez más, no dejaban constancia de la belleza, o de momentos felices, sino de un mundo nada fácil, protagonizado por la violencia, las drogas, el sexo, la pobreza, la enfermedad… Un mundo triste; y, por lo menos, podía replicar ella, igual de real que el otro. Un mundo de morados, traumas, cicatrices, camas revueltas…, jeringuillas, sida. Y también de gente abrazándose, queriéndose sin alegría, pero de un modo que no admitía dudas. Mientras asistía a las explicaciones de la profesora y veía esas imágenes, algunas de ellas bastante duras, pensó que las vidas que mostraban nada tenían que ver con la que ella había vivido. Afortunadamente. Y aun así, ella también había tenido una vida. Y sus propias cicatrices.

Un chico que asistía a las clases intervino para decir que quizás aquellas fotografías estuvieran tratando de mostrar otro tipo de belleza. Y la profesora, que le había dado la razón, había añadido que la autora era muy valiente, porque se había empeñado en contar justamente lo que se esperaría que permaneciera escondido. Por ejemplo, su propio paso por una clínica de desintoxicación o, más aún, la paliza que en cierta ocasion le había dado su marido.

Todo aquello era mucho más interesante que las prosaicas clases de los martes sobre la profundidad de campo, el tiempo de exposición o el revelado, que habían pasado a un segundo plano para ella. Su vida, desde luego, no había tenido gran interés, ni grandes trastornos. Había tenido una infancia sin sobresaltos, se había casado pronto, tal vez demasiado pronto, y su marido no le había pegado nunca; y no solo no había probado ninguna droga, sino que ni siquiera le había dado por fumar, ni siquiera de vez en cuando. Tampoco había llegado a tener un empleo de verdad, salvo muy al principio. Después de que compraron el piso, para poder pagar la hipoteca, estuvo trabajando un par de años en el taller de una casa de costura que luego se hizo bastante famosa. Hacía patrones. Fue una época bonita, la única de su vida en la que logró sentirse importante. Se le daba bien; por eso solían encargarle los vestidos de novia. Pero después su marido dijo que con el sueldo de él ya les llegaba, y ya se sabe que en aquella época no era la voluntad ni el criterio de las mujeres lo que solía imponerse en un matrimonio. En cualquier matrimonio de la época. Le siguieron ofreciendo encargos durante un tiempo, pero ya no era lo mismo. En casa trabajaba una sola y no eran fáciles de llevar las urgencias, las noches sin dormir y lo mal que le seguían pagando.

Le hubiera gustado dedicarse a la alta costura, si eso hubiera sido posible. Si hubiera vivido en una época más alegre, si hubiera tenido estudios, si hubiera sido un hombre… Pero no había sido así. Quizás también podría haberse dedicado a la fotografía, y ocupar su tiempo en algún proyecto que la hubiera hecho vibrar, que hubiera reflejado su personalidad y su forma de ver las cosas. En resumidas cuentas, ser algo parecido a una artista, sin grandes pretensiones. ¿Hubiera sido ella capaz?

Uno de aquellos jueves, a la salida de clase, en el bar, Fernando le preguntó si le gustaría acompañarlo el sábado a la exposición de un fotógrafo catalán muy conocido por sus fotos de gente en la calle, en blanco y negro. Fotos de la posguerra. Por qué no. Sin pensárselo dos veces, le dijo que sí. Quién se lo iba a reprochar.

Al día siguiente, viernes, tenía programada una visita médica a primera hora de la tarde. Nada importante. Como que ya estaba en el centro, aprovechó para acercarse a las calles en la que se habían concentrado en los últimos años la mayor parte de las tiendas de fotografía de la ciudad. Sabía lo que buscaba; lo llevaba apuntado en un papel. Se acercó un empleado y le pidió que le enseñara el modelo de cámara que, en clase, varias personas habían elogiado más de una vez. Una buena réflex, habian dicho, ideal para principiantes con ganas de trabajar a gusto desde el primer momento. Y aunque costaba algo más de 500 euros, podía permitírselo. La decisión ya estaba tomada.

Al llegar a casa, sin cambiarse siquiera, se dirigió directamente a la habitación de los trastos. No le llevó demasiado tiempo localizar la Leica de su marido dentro del armario, en una caja. Le sorprendió su tamaño: era más pequeña de lo que recordaba. Y muy bonita, eso ya lo sabía, aunque ella nunca se hubiera fijado mucho en ella. En el reparto de papeles de su matrimonio, las fotografías no le habían correspondido a ella. Estuvo tocando los botones de la cámara. Ahora sabía cuál era su utilidad. Sus manos temblaban.

Desembaló la otra cámara, la que acababa de comprar, y le hizo una foto a la Leica de su marido, y después otra, y otra, y muchas más. De más cerca, de más lejos, dentro y fuera de la caja y con la caja dentro y fuera del armario. En diferentes posiciones y desde diferentes ángulos. También le hizo fotos al armario. A las estanterías repletas de trastos, de las que tantas veces se había quejado. A su colección de revistas (Historia y vida, National Geographic, Investigación y Ciencia, Muy Interesante, …). A sus guía de viaje (Sicilia, las islas griegas, Dinamarca, Turquía…) . A sus aparatos electrónicos, sus cables, sus DVD y sus discos (Gardel, Machín, Nino Bravo, Joan Baez…). Hizo fotos de sus fotos antiguas y de sus álbumes de fotografías. Del suelo de parquet, de las lámparas, de los cuadros de la pared. Del techo. Y después hizo fotos de ella misma: sentada en el suelo, cansada, soñadora, burlona, llorosa...

Se había hecho muy tarde. La habitación estaba completamente revuelta y ella, agotada. El bolso se había quedado en el comedor, encima de la mesa. Le escribió un mensaje a Fernando. Eran las cuatro de la madrugada. No podría ir a ver la exposición. De pronto, se había sentido fatal; algo le debía de haber sentado mal. Quizás en otra ocasión. Se sentó en el sofá. Fernando solo era una persona normal. Una buena persona, nada más. ¿Para qué quería ella a un hombre como su marido? ¿Para no estar sola?

Se acercó al mueble bar. Él no había sido un hombre bebedor; alguna que otra cerveza, en verano, y, de tanto en tanto, una copa en la sobremesa de una comida familiar. Había una botella de whisky apenas empezada dentro del mueble. Sacó de la vitrina uno de aquellos vasos anchos que les había regalado su sobrina unas navidades. En la cocina, puso la bandeja del hielo bajo el grifo. Puso un par de cubitos en el vaso. Era así como se hacía, ¿no? Encendió el televisor y dio un trago. Daban una película del oeste, en blanco y negro. El sabor era extraño. Decían que sabía a madera. No iba a volver a las clases; ya no las necesitaba. Iba a cambiar de arriba abajo aquel piso. Iba a hacer fotografías. Fotografías de todo: lo viejo y lo nuevo. Iba a hacer fotografías para explicar lo que le pasaba. Lo que le pasara, lo que le pasara por fuera y por dentro. Iba a explicarse antes de quedarse sin luz, antes de que fuera demasiado tarde. Iba a salir al encuentro.

1 comentario:

  1. Me gusta la aproximación a las posibildiades "negras" de la fotografía y a la sensabilidad y reflexiones de la protagonista en ese momento duro que atraviesa, y, sobre todo, su explosión creativa. MUY BUENO!.

    ResponderEliminar

Escribe aquí tu opinión: tus comentarios y tus críticas nos ayudan a mejorar