viernes, 7 de julio de 2017

Pa-ta-ta (VA)



Vicente Aparicio (Foto: Bill Gekas) 

Ángela fue la primera en llegar. Habia madrugado para preparar un pastel de zanahoria. No salía mucho últimamente: a unos meses de descontrol habían seguido unos meses de recogimiento. Cocinar la relajaba. Ser capaz de madrugar hacía que se sintiera secretamente satisfecha a pesar de todo. Hacía tiempo que no trabajaba, ni siquiera dando clases de inglés, y el principal propósito de su vida actual era intentar olvidar una mala experiencia. Una experiencia decepcionante y vergonzosa, por la que tendría que seguir pagando un alto precio. Hoy, por ejemplo, iba a ser todo un mal trago. Pero no quería mentir. No quería esconderse ni dar feas excusas.

Su padre le abrió la puerta. Llevaba puesto el jersey que ella le había regalado para su cumpleaños.
-Hola, hija, pasa. Qué delgada estás, no haces buena cara. No hacía falta que trajeras nada, mujer.



Beatriz tenía motivos de sobra para estar cansada, pero su alegría era tan grande que restaba importancia a todo lo demás. A Gerrit se le había puesto cara de bobo. A veces lo sorprendía mirándola con disimulo, sonriente. Eso era para ella el amor. Salieron de casa cogidos de la mano, con tiempo de sobra para dar un paseo antes de la reunión familiar. Les hacía falta tomar aire: las semanas siempre acababan convirtiéndose en una carrera de fondo. Así es la vida cuando te van bien las cosas, se decían para consolarse. Tomaron un café en el bar de abajo. En la escalera, un inconfundible olor a sofrito les dio la bienvenida. No había duda: aunque fuera sábado, iban a comer paella.
-Hombre, ya van llegando -les saludó el dueño de la casa-. Ven aquí conmigo, yerno, que me vas a ayudar con un par de chapucillas.

Celia había ido de compras. La ropa del año pasado le venía justa esta temporada. Se le había hecho tan tarde que no había tenido tiempo de pasar por casa. Estaba de muy mal humor, harta de hacerlo siempre todo por los demás. Por los demás, sí, aunque ellos ni se enteraran. Iban a estar en familia, ¿no? Pues si no había podido cambiarse, por qué tenía que sentirse culpable. Como si no tuviera otra cosa en la que pensar. Lógicamente, se sentía intranquila. Lo notaba en la boca del estómago: hoy más que nunca, le iba a costar controlar los nervios. Llevaba varias bolsas en las manos. Los zapatos le hacían daño. Ya en la calle de sus padres, cuando llegaba al paso cebra, vio a lo lejos a David con la niña. Cristina, al verla, la llamó a gritos agitando los brazos. Ellos dos se saludaron secamente. David le dio un beso a la niña y se marchó.
-Oh, qué contento estoy. Ha llegado mi nieta preferida -dijo el abuelo-. ¿Y el papá dónde está, aparcando?

Ademas del arroz, mamá había hecho unos huevos rellenos con pasta de atún y pimiento, como cuando eran pequeñas. A las tres les encantaban. Los platos que cocinaba siempre despertaban elogios sinceros por parte de toda la familia. Ella los aceptaba con una tímida sonrisa. David solía ser el más efusivo. Cuando le preguntaron por su ausencia, Celia dijo escuetamente que le habían llamado a última hora para cubrir una rueda de prensa.
A la hora de los postres, Ángela fue a la nevera a por el pastel de zanahoria y empezó a partir porciones.
-Atención todos -dijo Gerrit con su inconfundible acento, y su mujer volvió a verle pintada aquella cara de tontorrón que la tenía rendida a sus pies-. Tenemos que daros un notición. Beatriz tiene un embarazo. En familia vamos a ser un miembra más.
Papá abrió una botella de cava. A mamá casi se le escaparon las lágrimas. Hubo abrazos, bromas, besos y felicitaciones. Brindaron.
Celia se había descalzado. Su talón golpeaba con insistencia el suelo de terrazo. Hasta que no estuvieron servidos todos los cafés, no se decidió a tomar la palabra.
-Pues yo también tengo un notición -dijo imitando la mueca y el movimiento de cabeza que había hecho antes su cuñado. Miró hacia el pasillo. Se oía a la niña a lo lejos, en la habitacion de adentro-. Tarde o temprano teníais que saberlo y siento que tenga que ser precisamente hoy, pero no puedo esperar más porque sino, voy a explotar. Lo siento mucho.
Levantó la cabeza. Los ojos de toda la familia estaban observándola. Respiró fuerte.
-David no está en una rueda de prensa. Nos vamos a separar. En realidad, ya ni siquiera vivimos juntos.  -Arrancó a llorar-. La niña estaba con él este fin de semana, pero yo le he pedido que me la trajera. Bea, Gerrit, siento mucho aguaros la fiesta con mis problemas, de verdad que lo siento mucho. Y a los demás también. Lo siento muchísimo.
Caminó hasta el cuarto de baño y cerró la puerta con el pestillo. Solo su hermana Ángela pareció salir tras ella. A mitad del pasillo, entró en la habitación. Hacía años que los abuelos habían sustituido los escritorios y las literas de cuando eran pequeñas por un largo sofá con un televisor muy grande enfrente y, al fondo, una cama plegable que solo abrían cuando Cristina se quedaba a dormir. La niña jugaba ahora en el sofá con su muñeca.
-Hola, cariño. -le dijo a su sobrina-. ¿A qué jugáis?
-No sé. Yo le cuento secretos y ella me cuenta secretos.
Se le ocurrió hacerle una foto.
-¿Quieres que os haga una foto?
Mientras sostenía el teléfono para encuadrar, el aparato vibró. Un nombre apareció en la pantalla. Sostuvo el teléfono en la misma posición durante unos segundos, atónita, tratando de buscarle un sentido aceptable a la presencia de aquellas cinco letras frente a sus ojos. Una gran fuerza que en las últimas semanas había creído poder dominar volvía a empujarla violentamente, incitándola contra su voluntad y contra toda lógica a descolgar el teléfono. Bastaba con pulsar el icono de color verde. Pero no lo hizo.
La cámara volvió a activarse.
-Cristina, guapa, mira aquí. Tienes que decir: pa-ta-ta. Y ella también -dijo Ángela señalando a la muñeca.
Oyó abrirse la puerta del cuarto de baño. La desnudez de los pies huesudos de su hermana mayor resonó en las baldosas del pasillo. No podía entender por qué nadie de su familia, ya que ella no podía tolerarse semejante hipocresia, había ido a darle a Celia un abrazo, a interesarse por ella. -¿Qué habían estado haciendo durante todo ese rato?- Y no podía admitir, después de todo lo que había pasado, que alguien pudiera ser tan cabrón, tan obscenamente provocador, como para volverla a llamar justamente hoy, a esta hora, en estos precisos momentos.

2 comentarios:

  1. Esa intimidad compleja, con tantos matices u con esa sorpresa final tan fuerte. Me encanta.

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  2. Todo sería más sencillo si en las familias cada uno se limitara a comer su huevo relleno con pasta de atún.

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