sábado, 1 de julio de 2017

Durango y la Santa Muerte (MS)



Mónica Sabbatiello (Ilustración: David Alfaro Siqueiros)


La casa estilo Zorro estaba agarrada a un desierto que se imponía aún en medio de la ciudad. Con sus vientos secos y cielos de western. Con su música de corridos y pasitos duranguenses. Con el modo de vestir de los hombres, las botas de piel de serpiente y sombreros de ala ancha. Los cactus enormes. La amenaza legendaria de los alacranes. Los bailes por las tardes en salones abiertos a la calle, con temperaturas que sobrepasaban los 30 grados.
 
La casa estilo Zorro estaba bien, lujosa, colonial, ornamentada, pero la propietaria buscaba excusas para ir a tocarle el timbre. Una mujer antigua de misa diaria. Ella tardó poco en sacársela de encima. Lo logró cuando pintó una pareja desnuda, un óleo de dos metros por uno, sobre tela.
 
En cambio, adoraba a Amalia. Menuda y proporcionada. La piel como miel oscura, contrapunto perfecto para sus ojos verdes oblicuos. El pelo de tan negro parecía azul.
Con el contrato de alquiler, además de mil adornos, aceptó que viniera para la limpieza. A veces con sus niños, Eladio y Juanito, de tres y cinco.
 
-Está muy sola, señora, le dijo Amalia. ¿No se ofende si le regalo una pareja de cotorras? Mi abuelita las cría.
Al macho matón lo llamaron Pancho Villa y a la hembra de plumas blancas, Adolfina.
El patio tomó vida. Después llegaron más cotorras y enormes plantas.
 
Por las tardes, Amalia ponía un mantel, vasos altos y una jarra con té verde helado con hierbabuena, en la mesita redonda del porche. Y la llamaba. Se sentaban las dos a conversar. Los niños de ojos enormes jugaban cerca, sonreían plácidos, no alzaban la voz.
A esa hora se sentía el perfume de los jazmines.
Y Amalia le fue contando lo que pasaba en ese pueblo.
 
Muy pronto lo pudo ver de cerca. La segunda o tercera vez que salió a comprar encontró un caos en la avenida. Coches atravesados, luces, gritos, uniformes. Un policía le dijo que se alejara. Con el corazón acelerado, obedeció. También estaba el ejército. Llevaban pasamontañas. Armas largas y antiaéreas en los camiones. Le gritaron otra vez. Siguió andando y descubrió a un hombre de camisa con tachuelas y sombrero de vaquero que lloraba recostado en una pared cochambrosa.
Se acercó con la intención de preguntarle qué pasaba, cuando dos tipos, que no supo de dónde salieron,  lo obligaron a subir a rastras a una camioneta que, como todas en Durango, tenía los vidrios entintados y circulaba sin matrícula. Haciendo chirriar las llantas se lo llevaron.
 
Era imposible ignorar que los ajusticiamientos ocurrían a diario. La lucha por los territorios de paso de la droga entre los cárteles se expresaban con una maldad extrema. Rituales de teatro bárbaro.
 
Habían transcurrido dos o tres días de aquel suceso, cuando se despertó empapada. Lo que soñaba estaba ocurriendo. Extendió el brazo y notó la ausencia. Fue al patio. Su marido estaba allí. Estruendos, explosiones, tableteos de metralla. El cielo manchado de relumbrones. Olía a pólvora. Se abrazaron, sin hablar. Imposible oírse con tanto ruido.
 
El domingo quisieron espantar los presagios con un paseo por el desierto. Fueron a Villa del Oeste. Un set de wéstern a pocos kilómetros de la ciudad. En sus calles polvorientas vieron simulacros de escenas de cine. Bebieron cerveza en un salón de mampostería donde se rememoraban los filmes Pat Garret y Billy the Kid, rodados allí.
Parecía un día normal, en un sitio normal, pero en el viaje de vuelta los coches comenzaron a disminuir la velocidad. Algo colgaba del puente. Cuatro cadáveres envueltos en cobijas. Unas horas antes no estaban.
Ese fue el principio de las visiones abyectas. Y también de su aprendizaje de la terminología del espanto, encobijados, levantados, encajuelados…
 
Amalia le habló de sus temores.
Vestida con una blusa de lino bordada por su abuela, se abrazaba a sí misma mientras le contaba.
-En mi barrio pasan cosas feas, como las “cenas”. En esas cenas descuartizan  a las víctimas y se las comen. Eso cuentan. Y debe ser verdad, porque ya aparecieron restos humanos con esas señales. Uno de esos lo encontró el Manu, mi cuñado.
-Amalia, cuánto horror.
-Los sicarios lo hacen para poner a prueba a los nuevos, eso dicen. Y después van y rezan. ¿No vio usted los altares a La Santísima, que también llaman Niña Blanca o Santa Muerte. Y a Jesús Malverde, el santo de los narcos, que en vida fue un salteador de caminos?
 
Si, los había visto. Y también había visto hombres armados, de civil, por la calle de su casa.
 
En la obra en la que trabajaba su marido como ingeniero, se abrían enormes zanjas y era habitual que encontraran cadáveres decapitados, quemados, o con señales de tortura. Ella quiso luchar contra esas visiones. Y que no la ganara el miedo. Dejó de comprar la revista mejor informada, Proceso, y en vez de las noticias oía música clásica en Radio Universidad. Se apuntó a cursos y conoció a intelectuales y artistas.
 
Pero no se puede huir de realidades tan persistentes.
Ni del desasosiego.
Como el que sintió cuando encontró destrozada por los tiros su librería preferida. Enormes tablones cubrían el escaparate. El interior sembrado de cristales. El tiroteo, con víctimas, afectó a varios comercios de esa calle.
Otra día fue testigo del asesinato de una mujer con uniforme. Acaso una camarera o empleada de hotel o auxiliar hospitalaria, no supo distinguirlo. Le dispararon desde una camioneta. La vio saltar por el aire. Le pareció que resplandecía antes de caer. No pudo recordar los minutos que siguieron. El tiempo desapareció en su memoria, sólo imágenes nubladas y confusas. Como una autómata llegó andando a su casa. Su marido la recibió asustado. Eran las once de la noche.
 
Lo empezó a pelear, nos tenemos que ir, basta de México, le decía. Le mencionaba los asesinatos en las puertas de colegios, en el aparcamiento del supermercado, en algunos pubs. Había fugas y matanzas en la cárcel de Durango. Rescates de narcos heridos de los hospitales que se saldaban con muertos.
Pero por entonces no había otra opción laboral.
 
Era un círculo de Dante, Durango en negro.
Como aquella noche eterna en que los tiros duraron hasta al amanecer. Esa fue la noche en que una bala alcanzó al hijo de Amalia de cinco años.
 
Le avisaron unos parientes. Fue al hospital a toda prisa. Los familiares, con rostros demudados por el espanto, se consolaban unos a otros en el pasillo. Le contaron que Juanito estaba grave. En terapia intensiva.
Amalia salió a saludarla. Se abrazaron. Lloraron.
Como otras veces, esa noche habían arrastrado muebles y colchones contra las puertas y ventanas para impedir que entrasen los proyectiles. Y se habían apretujado en el suelo de la cocina.
-Pero ahora usan balas especiales -dijo Amalia.
 
Santa Muerte tiene sus caprichos en México, y a Juanito lo respetó. A los dos meses, delgado y pálido, volvió a jugar en el porche mientras ellas tomaban, en vez de té verde, chupitos de tequila. Estaban ensayando volver a reír.


1 comentario:

  1. Esa forma de contar, como a cuchilladas, es perfecta para mostrar el horror y el dolor sin paliativos. Si creíste haber perdido el ritmo en la escritura, ahí está la prueba de lo rápido que lo has recuperado y lo afinada que suena la música de tus historias. Tienes mucho que contar, no te lo guardes,

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