viernes, 21 de julio de 2017

La casi desconocida (MS)


Mónica Sabbatiello (Foto: Rossella Scalia)

Cuando vuelvo a casa, después de mucho tiempo, me gusta leer mis viejos diarios personales.


Por azar escogí aquel día un cuaderno de sueños.
 
En esos folios hay un registro minucioso, con interpretaciones y bocetos, que abarca los meses de invierno de 1980 en La Coruña.
 
Entre estaciones de metro me sumergí en aquel universo de mujer de mediana edad que, según me parece ahora, vivía en el fondo de una cueva.
 
Estratos subterráneos de mi historia.
 
Capa tras capa. Señal tras señal.
 
Leí absorta antes de salir al bochorno de la calle en una primavera que parece predecir el fin del mundo, asfixiado por el fuego.
 
En la zona profunda de la ciudad, con luces frías y neutras, me pasó lo que otras veces en los túneles: me asomé a parajes extraños aunque propios, difuminados en una especie de cine en blanco y negro.
 
Los viajes en metro, sobre todo en verano, aportan sorpresas.
 
Hay un gran hacedor en el subterráneo que proyecta sueños sobre lo cotidiano. Y le da otra textura, distinta cualidad, quintas y sextas dimensiones.
 
Pude ver en aquel diario a la que ya no soy. La casi desconocida.
 
Estación tras estación, línea tras línea, descodificaba.
 
Cuestión de distancia y años.
 
Tanto desee y temí el despertar hace tiempo.
 
Y ahora me doy cuenta que al fin me ocurrió de noche.
 
Dormida, en paz, sin dolor.

El vagón refrigerado me ayudó a la comprensión antes de salir a la calle que quemaba.
 
No fui yo la que me curé.
 
Se produjo.
 
No siento demasiada alegría porque ocurrió en la oscuridad de la ignorancia.
 
Tanto había aullado para salir a la superficie y sólo conseguía nuevas babas y más proyecciones.
 
Enredada en la niebla que entraba por el noroeste peninsular entre presagios y pesadillas.
 
A mayor intento por romper la membrana y asomar al aire limpio, más me dormía en la fantasía de historias atractivas.
 
Da rabia ahora.  Aunque respire con amplitud.

jueves, 13 de julio de 2017

Gossos (VH)



Vicenç del Hoyo (Foto: Robert Doisneau)

Mirar el món des de la finestra. Molt diferent a mirar la T.V. Saber que és molt diferent estar dins que estar a fora. A dins tot era previsible. El ritme dels esdeveniments tenia un horari tan marcat que feia innecessària l’existència del rellotge. Un dia rere l’altre. Despertar-se era com tornar de viatge. Dormir era com estar a fora. A dins, a casa, res era emocionant, tot era fix i immòbil, com si els mobles fossin de pedra. Tot tenia el seu lloc des de temps immemorials. Els llums eren els mateixos des que havia nascut. Els mateixos exactament no, ja que si algun cop s’havia esquerdat algun dels globus o floró, allà havia quedat per constatar el lent pas del temps.
A fora de casa hi havia vida, moviment i activitat. Era un barri popular i, per aquesta raó, la gent vivia bona part de la seva vida al carrer. Al carrer els nens jugaven a pilota, els avis fatigaven els bancs, les dones es trobaven quan anaven o venien del mercat i podien passar el matí xerrant i simulant tenir molta pressa com si a casa la cassola estés al foc. Mirar per la finestra era una forma d’atansar-se a la vida real i vertadera. Obrir-la i escoltar el xivarri i sorolls del món exterior era una manera de tranquil·litzar-me i poder respirar profundament: hi ha un món real, on passen coses veritables encara que siguin tan insignificants com que un nen prem un botó de la font i fa rajar aigua i el seu gos posa la boca sota el rajolí i treu la llengua insistentment per aconseguir atrapar espurnes de líquid.
Tancar la finestra era retornar al silenci expectant. A casa meva sempre s’estava esperant. Res passava en el moment que volia. Sempre m’avançava. Tenia gana abans que estés preparat el sopar. Volia anar a jugar abans que fos el moment de fer-ho. Volia dutxar-me abans que l’aigua estès calenta. Només a l’hora d’anar a dormir semblava que em retardava. Tots em volien veure adormit abans que tingués son.
D’aquesta època deu provenir l’afició a la lectura. Un llibre era una finestra. Però hi havia un no-sé-què de mal vist en l’evasió, com en totes les presons. Et volien tenir tancat i molt conscient. Havia de mirar per la finestra dissimuladament. Es podia fer quan ningú et veia.
Segons ells, a fora tothom era mesquí i fals. Sempre s’havia de malfiar dels estranys. Els que feien vida al carrer eren els més dropos.
La fortuna em va somriure quan un germà de la mare, un bala perduda segons el meu pare, va aparèixer un diumenge amb un cadell de gos. Va dir que era per a mi, que era un regal. Malgrat totes les reticències familiars, no van tenir el valor de negar-me’l. Era un gosset negre, amb la cua cargolada com un porquet, del qual jo tenia les esperances que arribés a fer-se alt i gran com un pastor alemany però que, per a alegria dels meus pares, va resultar ser un gos de pota curta i amb un aspecte abotifarrat. Femella!, va  exclamar la mare quan es va adonar del sexe.
Per a mi va ser com si el meu tiet m’hagués aconseguit un passaport per poder viatjar. Amb l’excusa de passejar al gos podia fer vida a fora i oblidar les pacients esperes a casa. Ara era al revés, ens havien d’esperar a nosaltres. A vegades, s’escapava i em costava recuperar-lo.
Va ser una temporada feliç, fins que un dia que la gosseta s’havia escapat, la vaig trobar enganxada a un mascle. Era un gos que mai havia vist, però no hi va haver manera de separar-los.
No vull recordar quan, setmanes més tard, el pare va descobrir el que li passava a la gossa. Van esperar que parís quatre cadells i, després, van desaparèixer tots.
Amb la seva partida es va esfumar el meu passaport i vaig poder recuperar les meves desil·lusions.

viernes, 7 de julio de 2017

Pa-ta-ta (VA)



Vicente Aparicio (Foto: Bill Gekas) 

Ángela fue la primera en llegar. Habia madrugado para preparar un pastel de zanahoria. No salía mucho últimamente: a unos meses de descontrol habían seguido unos meses de recogimiento. Cocinar la relajaba. Ser capaz de madrugar hacía que se sintiera secretamente satisfecha a pesar de todo. Hacía tiempo que no trabajaba, ni siquiera dando clases de inglés, y el principal propósito de su vida actual era intentar olvidar una mala experiencia. Una experiencia decepcionante y vergonzosa, por la que tendría que seguir pagando un alto precio. Hoy, por ejemplo, iba a ser todo un mal trago. Pero no quería mentir. No quería esconderse ni dar feas excusas.

Su padre le abrió la puerta. Llevaba puesto el jersey que ella le había regalado para su cumpleaños.
-Hola, hija, pasa. Qué delgada estás, no haces buena cara. No hacía falta que trajeras nada, mujer.



Beatriz tenía motivos de sobra para estar cansada, pero su alegría era tan grande que restaba importancia a todo lo demás. A Gerrit se le había puesto cara de bobo. A veces lo sorprendía mirándola con disimulo, sonriente. Eso era para ella el amor. Salieron de casa cogidos de la mano, con tiempo de sobra para dar un paseo antes de la reunión familiar. Les hacía falta tomar aire: las semanas siempre acababan convirtiéndose en una carrera de fondo. Así es la vida cuando te van bien las cosas, se decían para consolarse. Tomaron un café en el bar de abajo. En la escalera, un inconfundible olor a sofrito les dio la bienvenida. No había duda: aunque fuera sábado, iban a comer paella.
-Hombre, ya van llegando -les saludó el dueño de la casa-. Ven aquí conmigo, yerno, que me vas a ayudar con un par de chapucillas.

Celia había ido de compras. La ropa del año pasado le venía justa esta temporada. Se le había hecho tan tarde que no había tenido tiempo de pasar por casa. Estaba de muy mal humor, harta de hacerlo siempre todo por los demás. Por los demás, sí, aunque ellos ni se enteraran. Iban a estar en familia, ¿no? Pues si no había podido cambiarse, por qué tenía que sentirse culpable. Como si no tuviera otra cosa en la que pensar. Lógicamente, se sentía intranquila. Lo notaba en la boca del estómago: hoy más que nunca, le iba a costar controlar los nervios. Llevaba varias bolsas en las manos. Los zapatos le hacían daño. Ya en la calle de sus padres, cuando llegaba al paso cebra, vio a lo lejos a David con la niña. Cristina, al verla, la llamó a gritos agitando los brazos. Ellos dos se saludaron secamente. David le dio un beso a la niña y se marchó.
-Oh, qué contento estoy. Ha llegado mi nieta preferida -dijo el abuelo-. ¿Y el papá dónde está, aparcando?

Ademas del arroz, mamá había hecho unos huevos rellenos con pasta de atún y pimiento, como cuando eran pequeñas. A las tres les encantaban. Los platos que cocinaba siempre despertaban elogios sinceros por parte de toda la familia. Ella los aceptaba con una tímida sonrisa. David solía ser el más efusivo. Cuando le preguntaron por su ausencia, Celia dijo escuetamente que le habían llamado a última hora para cubrir una rueda de prensa.
A la hora de los postres, Ángela fue a la nevera a por el pastel de zanahoria y empezó a partir porciones.
-Atención todos -dijo Gerrit con su inconfundible acento, y su mujer volvió a verle pintada aquella cara de tontorrón que la tenía rendida a sus pies-. Tenemos que daros un notición. Beatriz tiene un embarazo. En familia vamos a ser un miembra más.
Papá abrió una botella de cava. A mamá casi se le escaparon las lágrimas. Hubo abrazos, bromas, besos y felicitaciones. Brindaron.
Celia se había descalzado. Su talón golpeaba con insistencia el suelo de terrazo. Hasta que no estuvieron servidos todos los cafés, no se decidió a tomar la palabra.
-Pues yo también tengo un notición -dijo imitando la mueca y el movimiento de cabeza que había hecho antes su cuñado. Miró hacia el pasillo. Se oía a la niña a lo lejos, en la habitacion de adentro-. Tarde o temprano teníais que saberlo y siento que tenga que ser precisamente hoy, pero no puedo esperar más porque sino, voy a explotar. Lo siento mucho.
Levantó la cabeza. Los ojos de toda la familia estaban observándola. Respiró fuerte.
-David no está en una rueda de prensa. Nos vamos a separar. En realidad, ya ni siquiera vivimos juntos.  -Arrancó a llorar-. La niña estaba con él este fin de semana, pero yo le he pedido que me la trajera. Bea, Gerrit, siento mucho aguaros la fiesta con mis problemas, de verdad que lo siento mucho. Y a los demás también. Lo siento muchísimo.
Caminó hasta el cuarto de baño y cerró la puerta con el pestillo. Solo su hermana Ángela pareció salir tras ella. A mitad del pasillo, entró en la habitación. Hacía años que los abuelos habían sustituido los escritorios y las literas de cuando eran pequeñas por un largo sofá con un televisor muy grande enfrente y, al fondo, una cama plegable que solo abrían cuando Cristina se quedaba a dormir. La niña jugaba ahora en el sofá con su muñeca.
-Hola, cariño. -le dijo a su sobrina-. ¿A qué jugáis?
-No sé. Yo le cuento secretos y ella me cuenta secretos.
Se le ocurrió hacerle una foto.
-¿Quieres que os haga una foto?
Mientras sostenía el teléfono para encuadrar, el aparato vibró. Un nombre apareció en la pantalla. Sostuvo el teléfono en la misma posición durante unos segundos, atónita, tratando de buscarle un sentido aceptable a la presencia de aquellas cinco letras frente a sus ojos. Una gran fuerza que en las últimas semanas había creído poder dominar volvía a empujarla violentamente, incitándola contra su voluntad y contra toda lógica a descolgar el teléfono. Bastaba con pulsar el icono de color verde. Pero no lo hizo.
La cámara volvió a activarse.
-Cristina, guapa, mira aquí. Tienes que decir: pa-ta-ta. Y ella también -dijo Ángela señalando a la muñeca.
Oyó abrirse la puerta del cuarto de baño. La desnudez de los pies huesudos de su hermana mayor resonó en las baldosas del pasillo. No podía entender por qué nadie de su familia, ya que ella no podía tolerarse semejante hipocresia, había ido a darle a Celia un abrazo, a interesarse por ella. -¿Qué habían estado haciendo durante todo ese rato?- Y no podía admitir, después de todo lo que había pasado, que alguien pudiera ser tan cabrón, tan obscenamente provocador, como para volverla a llamar justamente hoy, a esta hora, en estos precisos momentos.

sábado, 1 de julio de 2017

Durango y la Santa Muerte (MS)



Mónica Sabbatiello (Ilustración: David Alfaro Siqueiros)


La casa estilo Zorro estaba agarrada a un desierto que se imponía aún en medio de la ciudad. Con sus vientos secos y cielos de western. Con su música de corridos y pasitos duranguenses. Con el modo de vestir de los hombres, las botas de piel de serpiente y sombreros de ala ancha. Los cactus enormes. La amenaza legendaria de los alacranes. Los bailes por las tardes en salones abiertos a la calle, con temperaturas que sobrepasaban los 30 grados.
 
La casa estilo Zorro estaba bien, lujosa, colonial, ornamentada, pero la propietaria buscaba excusas para ir a tocarle el timbre. Una mujer antigua de misa diaria. Ella tardó poco en sacársela de encima. Lo logró cuando pintó una pareja desnuda, un óleo de dos metros por uno, sobre tela.
 
En cambio, adoraba a Amalia. Menuda y proporcionada. La piel como miel oscura, contrapunto perfecto para sus ojos verdes oblicuos. El pelo de tan negro parecía azul.
Con el contrato de alquiler, además de mil adornos, aceptó que viniera para la limpieza. A veces con sus niños, Eladio y Juanito, de tres y cinco.
 
-Está muy sola, señora, le dijo Amalia. ¿No se ofende si le regalo una pareja de cotorras? Mi abuelita las cría.
Al macho matón lo llamaron Pancho Villa y a la hembra de plumas blancas, Adolfina.
El patio tomó vida. Después llegaron más cotorras y enormes plantas.
 
Por las tardes, Amalia ponía un mantel, vasos altos y una jarra con té verde helado con hierbabuena, en la mesita redonda del porche. Y la llamaba. Se sentaban las dos a conversar. Los niños de ojos enormes jugaban cerca, sonreían plácidos, no alzaban la voz.
A esa hora se sentía el perfume de los jazmines.
Y Amalia le fue contando lo que pasaba en ese pueblo.
 
Muy pronto lo pudo ver de cerca. La segunda o tercera vez que salió a comprar encontró un caos en la avenida. Coches atravesados, luces, gritos, uniformes. Un policía le dijo que se alejara. Con el corazón acelerado, obedeció. También estaba el ejército. Llevaban pasamontañas. Armas largas y antiaéreas en los camiones. Le gritaron otra vez. Siguió andando y descubrió a un hombre de camisa con tachuelas y sombrero de vaquero que lloraba recostado en una pared cochambrosa.
Se acercó con la intención de preguntarle qué pasaba, cuando dos tipos, que no supo de dónde salieron,  lo obligaron a subir a rastras a una camioneta que, como todas en Durango, tenía los vidrios entintados y circulaba sin matrícula. Haciendo chirriar las llantas se lo llevaron.
 
Era imposible ignorar que los ajusticiamientos ocurrían a diario. La lucha por los territorios de paso de la droga entre los cárteles se expresaban con una maldad extrema. Rituales de teatro bárbaro.
 
Habían transcurrido dos o tres días de aquel suceso, cuando se despertó empapada. Lo que soñaba estaba ocurriendo. Extendió el brazo y notó la ausencia. Fue al patio. Su marido estaba allí. Estruendos, explosiones, tableteos de metralla. El cielo manchado de relumbrones. Olía a pólvora. Se abrazaron, sin hablar. Imposible oírse con tanto ruido.
 
El domingo quisieron espantar los presagios con un paseo por el desierto. Fueron a Villa del Oeste. Un set de wéstern a pocos kilómetros de la ciudad. En sus calles polvorientas vieron simulacros de escenas de cine. Bebieron cerveza en un salón de mampostería donde se rememoraban los filmes Pat Garret y Billy the Kid, rodados allí.
Parecía un día normal, en un sitio normal, pero en el viaje de vuelta los coches comenzaron a disminuir la velocidad. Algo colgaba del puente. Cuatro cadáveres envueltos en cobijas. Unas horas antes no estaban.
Ese fue el principio de las visiones abyectas. Y también de su aprendizaje de la terminología del espanto, encobijados, levantados, encajuelados…
 
Amalia le habló de sus temores.
Vestida con una blusa de lino bordada por su abuela, se abrazaba a sí misma mientras le contaba.
-En mi barrio pasan cosas feas, como las “cenas”. En esas cenas descuartizan  a las víctimas y se las comen. Eso cuentan. Y debe ser verdad, porque ya aparecieron restos humanos con esas señales. Uno de esos lo encontró el Manu, mi cuñado.
-Amalia, cuánto horror.
-Los sicarios lo hacen para poner a prueba a los nuevos, eso dicen. Y después van y rezan. ¿No vio usted los altares a La Santísima, que también llaman Niña Blanca o Santa Muerte. Y a Jesús Malverde, el santo de los narcos, que en vida fue un salteador de caminos?
 
Si, los había visto. Y también había visto hombres armados, de civil, por la calle de su casa.
 
En la obra en la que trabajaba su marido como ingeniero, se abrían enormes zanjas y era habitual que encontraran cadáveres decapitados, quemados, o con señales de tortura. Ella quiso luchar contra esas visiones. Y que no la ganara el miedo. Dejó de comprar la revista mejor informada, Proceso, y en vez de las noticias oía música clásica en Radio Universidad. Se apuntó a cursos y conoció a intelectuales y artistas.
 
Pero no se puede huir de realidades tan persistentes.
Ni del desasosiego.
Como el que sintió cuando encontró destrozada por los tiros su librería preferida. Enormes tablones cubrían el escaparate. El interior sembrado de cristales. El tiroteo, con víctimas, afectó a varios comercios de esa calle.
Otra día fue testigo del asesinato de una mujer con uniforme. Acaso una camarera o empleada de hotel o auxiliar hospitalaria, no supo distinguirlo. Le dispararon desde una camioneta. La vio saltar por el aire. Le pareció que resplandecía antes de caer. No pudo recordar los minutos que siguieron. El tiempo desapareció en su memoria, sólo imágenes nubladas y confusas. Como una autómata llegó andando a su casa. Su marido la recibió asustado. Eran las once de la noche.
 
Lo empezó a pelear, nos tenemos que ir, basta de México, le decía. Le mencionaba los asesinatos en las puertas de colegios, en el aparcamiento del supermercado, en algunos pubs. Había fugas y matanzas en la cárcel de Durango. Rescates de narcos heridos de los hospitales que se saldaban con muertos.
Pero por entonces no había otra opción laboral.
 
Era un círculo de Dante, Durango en negro.
Como aquella noche eterna en que los tiros duraron hasta al amanecer. Esa fue la noche en que una bala alcanzó al hijo de Amalia de cinco años.
 
Le avisaron unos parientes. Fue al hospital a toda prisa. Los familiares, con rostros demudados por el espanto, se consolaban unos a otros en el pasillo. Le contaron que Juanito estaba grave. En terapia intensiva.
Amalia salió a saludarla. Se abrazaron. Lloraron.
Como otras veces, esa noche habían arrastrado muebles y colchones contra las puertas y ventanas para impedir que entrasen los proyectiles. Y se habían apretujado en el suelo de la cocina.
-Pero ahora usan balas especiales -dijo Amalia.
 
Santa Muerte tiene sus caprichos en México, y a Juanito lo respetó. A los dos meses, delgado y pálido, volvió a jugar en el porche mientras ellas tomaban, en vez de té verde, chupitos de tequila. Estaban ensayando volver a reír.