sábado, 3 de junio de 2017

Todo inventado (MS)

Mónica Sabbatiello

Por motivos que se me ocultan en los recovecos de la memoria, llegué a contarle a uno que se sentaba enfrente de mí en La Voz de Galicia, un hombre mayor aficionado a la poesía y a la caricatura, las aventuras que viví siendo muy joven en Tucumán. Me dijo, con una media sonrisa y en tono de sorna, que yo inventaba todo aquello. Fue como tirar mi vida a un pozo para que se secara sin verdaderos testigos. Carne seca. Dura, como el charqui que se curte con sal en el norte del país para prevenir su pudrición.
Tucumán también está en el norte. Es la provincia más dulce y más amarga. La provincia azucarera. Sus hombres gastan la vida por los surcos dándole con el machete a la caña; hombres con la piel seca como el charqui. Con arrugas tan profundas que puedes perderte en su cara si quieres leer su historia.
¿Cómo me iba a creer ese periodista, que nunca había salido del barrio de Los Castros ni de la redacción de ese diario, lo que yo le contaba?  
No podía ser verdad lo que habían hecho mis manos, con olor a pólvora, cuando  era una menor. Según la ley. Manos pequeñas de menor dentro de una escultura de dedos enormes amasados de barro. Mi despertar cubierto por la corpulencia del hombre de los cañaverales.
¿Con qué ropa andaría entonces, con 17?
¿Me habré llevado el uniforme azul y blanco del colegio?
Creo que usaba una minifalda de tela ligera, de bambula, y fumaba negros sin filtro. El pelo largo, suecos, la piel morena.
¿Cómo me iba a creer ese periodista mayor y provinciano que siendo casi una niña hacía prácticas de tiro? Ni yo me creo eso de preparar una guerrilla rural para derrocar a un gobierno. Cuatro gatos. ¡Qué imbecilidad! Y aquellos imberbes con aires de comandante, inflamados  de sueños y de hormonas. Nos jugábamos la vida en un pozo ciego. Los ideales del Che nos engatusaron.
Es verdad que cerraban los ingenios azucareros, dejando a la provincia en el vacío. Que caían en el desamparo los más pobres, por millares. Que los chicos sufrían desnutrición. Que los militares reprimían.
Pero eso ocurría como en el fondo del pozo, lejos del resto. De la población que tomaba helados en la vía peatonal, cucuruchos de chocolate y dulce de leche.
El David de aquel paisito no estaba a la altura de la leyenda.
¿Yo me sentiría una heroína entre machos y banderas?
Un año antes había liderado un clan de adolescentes en el colegio del Sagrado Corazón. Pero a quién se le ocurre asemejar a unas monjas con un ejército asesino.

Debí hacerme querer porque él se arriesgó y vino a advertirme del peligro. Y por minutos escapamos en esa camioneta polvorienta con el motor casi encima, como en un infierno, por caminos de tierra. El hombre de las cañas fue amoroso, con su mapa antiguo por cara y sus manos enormes que me rociaron agua fresca en un remanso del camino. Era puro ojos, callado.

Al otro día me fueron a buscar los de la organización, tan dueños de las palabras. Y de las verdades. Y descubrí otros surcos. Entre los intelectuales y los pobres. Yo quería liberar a esos pobres. Pero era un cuento que se tendía entre dos mundos. La piel fue más sincera conmigo que la mente que no admitía límites. Para la piba que fui, imaginar y transgredir era lo mismo.
Caminé días y noches al límite de mis fuerzas, por el monte, con botas y pasamontañas, para un plan de ataque progresivo que terminó mal, con la recuperación del territorio por el ejército en un operativo con decenas de muertos. Y ahí cayó Raulito. Mi querido Raulito.
En el exilio, en Galicia, muchos años después, cuando se me daba por cortarme el pelo casi al rape, aquel periodista mayor me regaló una caricatura en la que me parecía a La Raulito, el personaje de la película interpretado por la actriz argentina Marilina Ross.
Sin querer, me hizo recordar no a La Raulito, sino a Raulito.
A mi querido Raulito.
Y pude llorar un rato.
Poco a poco dejé de cortarme el pelo tan corto. Abandoné esa forma de castigarme por haber sobrevivido a tantos compañeros.
Raulito fue acribillado en Tucumán. Con Raulito vivimos en una casa estilo californiano en un barrio de clase alta en Córdoba. A su padre, que fue más padre que el mío, le faltaban varios dedos. Los perdió en la guerrilla de Paraguay. Es otra historia que tampoco creería mi compañero del diario gallego. Ni yo, quizás, ahora, tan lejos en el tiempo.

7 comentarios:

  1. Nos llevas sobre una tabla de surf hasta la cresta del pasado y luego nos dejas caer, realidad abajo, para ascender de nuevo, en difícil equilibrio entre las verdades inventadas y las que fueron. Una y otra vez, con la maestría de quien no le teme a las tempestades del recuerdo. Hay otras Sabbatiello, pero están en esta.

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  2. Gracias Mariona, me animan muchísimo tus comentarios. Son un bálsamo para darle la espalda a la inseguridad. Eres muy generosa.

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  3. Hay relatos en los que cuesta distinguir entre la realidad y la ficción. Cuando leo los tuyos siempre me parecen reales. Transmiten verdad además de historia. Son trepidantes, ricos y sacuden conciencias. Nos transportan a través de las vivencias de sus protagonistas a épocas históricas que imposibles de vivir por tiempo y distancia se nos hacen familiares, hasta el punto de reconocerlas como propias. Posees el arte de implicar al lector en la memoria individual y le permites que la haga propia.
    Bravo cronista !!!

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  4. Lola, me quedo en blanco, no sé cómo agradecer lo que dices, es muuucho. Eres muy amorosa. Gracias y más que en blanco lo digo colorada.

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  5. Que hermosura... trágico, pleno... hermoso relato.
    En tan poquitas líneas una historia tan intensa.
    Bravo!! pero un bravo más de dulce de leche y cucurucho de chocolate que de pasamontañas.

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  6. Algunas veces el pasado es tan lejano que no parece nuestro, es como si fuera de otra vida, de la que cuesta encontrar un vínculo con la de ahora. Podríamos decir que es de otro continente.

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