sábado, 24 de junio de 2017

Brindis (MG)


Maria Guilera
Cada quince de agosto, cuando la abuela levantaba su copa de champán rebajado con agua de vichy, nos amenazaba con la profecía que por el momento no había llegado a cumplirse.
–Potser l’any que ve ja no hi seré. Però m’agradaria que seguíssiu fent com sempre un bon dinar de Festa Major i us recordéssiu de mi a l’hora de brindar.
Mi papá le respondía siempre con la misma frase.
–No pateixi, mare. Suposo que ho deixarà tot pagat, oi?
Ella le decía que no fuera tonto y se esmeraba en dar solemnidad al brindis, por eso lo hacía en castellano.
Brindo porque brindo
Porque me toca brindart
Brindo por esta familia
Que vale más que un millart
Yo, que me llamaba igual que ella me levantaba para darle un beso.
–Felicitats iaia, le decía.
Bebíamos toda la familia de pie, niños y mayores, y era obligado apurar las copas. Los protocolos del sorbo a sorbo, la degustación pausada y la contemplación de las burbujas ascendiendo hasta el borde, tardarían años en llegar. La abuela bebía lento, pero sin descanso. La mirábamos inclinar la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados y la mano izquierda sobre la mesa para ayudarla a mantener una estabilidad cada año más precaria. La animábamos.
–Amunt, amunt, amuuuunt!
Fue con el último sorbo cuando un silencio extraño pareció anunciar el final de la escena. La abuela se quedó unos segundos inmóvil con la nariz dentro de la copa vacía. Luego, al caer hacia atrás, la mano crispada arrastró el mantel y con él los platos de los domingos, la bandeja con restos de canelones Rossini, los vasos y los cubiertos. Todo se precipitó al suelo mezclando los sonidos de cada elemento al estrellarse y la loza, el cristal y la alpaca se unieron en un estrépito orquestal de fin de acto.
Vi que la copa seguía en su mano, sin romperse, y me agaché para recogerla, a la copa,  pero no pude. Sus dedos rígidos la agarraban con fuerza.
Luego recuerdo a mis primos gritar, asomados temerariamente al balcón.
–Ja arriba l’ambulància, ja arriba!
El ulular de la sirena no lograba imponerse a la música del tiovivo ni a la voz nasal del señor de la tómbola.
–¡Siempre toca, siempre toca! ¡Un durito la tira, siempre tocaaa!
A los camilleros les costó abrirse paso entre la decoración de la calle, que ese año representaba un viaje a la luna, con sus cohetes, los cráteres de cartón pegados al suelo aquí y allá, un enorme astronauta con la escafandra algo torcida y una veintena de selenitas enanos colgados de cables que cruzaban de acera a acera.
Delante del puesto de sandía y cocola gente se amontonaba sin dejar paso hasta que Remei, la de la bodega, gritó con voz de pito.
–Deixeu passar, casum tot, que hi ha una ambulància!
Justo cuando mi mamá acababa de recoger los cristales rotos, los primos desde el balcón anunciaban como poseídos.
–Ja pugen, ja pugen!
La tías seguían dando cachetes a la abuela y se miraban con cara de alarma. Yo creí que la abuela estaba muerta, que por fin había llegado el último día de su santo y que al año siguiente ya no estaría pero igual comeríamos los canelones sin ella y la recordaríamos mucho.
Pero no. Sentada en el silloncito del recibidor, les dijo a los de la ambulancia que ya se podían marchar, que lo sentía por el viaje en balde que les había obligado a hacer.
–Nena, ha quedat una mica de xampany per a aquests joves?  No me lo despresien, que hoy es mi santo.
Mi abuela era muy considerada.
Volvimos todos a la mesa con los camilleros y ella les explicó que se había sentido caer durante un buen rato y que todo estaba oscuro, como en un pozo. Y al final, patapán, era un pozo seco.
Mejort, porque no sé nadart, saben.
Uno de los camilleros resultó ser nieto de un antiguo novio de mi abuela. Se habían conocido, precisamente, durante las fiestas de Gracia.
–Lo que es la vida, dijo ella. Él no subió nunca a mi casa y ahora ustet, joven, aquí sentado hablando con mi familia.
Le informó con picardía que había enviudado hacía ya doce años. También era viudo el abuelo del camillero, su antiguo novio, pero no tuvieron ocasión de volver a verse. La abuela murió en octubre, en su cama y mientras dormía.
Para mí, el del quince de agosto hubiera sido un final más intenso. Así que muchas veces, sin querer mentir, pero mintiendo, cuento la historia con una ligera variante cronológica y explico que mi abuela murió brindando precisamente el día de mi santo, en plena Fiesta Mayor de Gracia.




jueves, 15 de junio de 2017

Burbujas (VA)


Vicente Aparicio (Foto: Brent Lynch)

Por su actitud, el hombre del bar parecía esperar una respuesta. Sus palabras me habian sobresaltado. ¿Qué había dicho en realidad? La rodaja de limón había caído al fondo del vaso y yo no sabía qué contestar. ‘Otra, por favor’, tal vez. ¿O eso lo había dicho ya antes?

El hombre permanecía de pie, junto a mi mesa. No era el alcohol, no era solo el alcohol. De un tiempo a esta parte, todo lo que pasaba a mi alrededor, fuera de mí, parecía mal sintonizado, bajo de volumen.

Siempre fui un tipo sociable. La gente no me convencía, pero sabía arreglármelas. Trabajé casi de todo durante años, coleccionando amistades y haciendo maletas. Amistades pasajeras. En cuanto a las mujeres, no siempre elegí bien..

“Otra por favor”, me pareció oír como un eco de mis pensamientos. ¿Qué había dicho aquel hombre? ¿Había conseguido su propósito? Al parecer sí, porque había regresado a su escondite, detrás de la barra, y mi inquietud se había atenuado. Afuera llovía como en las malas novelas.

Cuando bebes en compañía, casi no eres consciente de la presencia del alcohol. Así, en cambio, siempre te hace preguntas.

El hombre volvía a estar tan cerca... La rodaja de limón flotaba ahora ante mis ojos dentro del vaso. Era tan sencillo entrar dentro del vaso. Entrar una piscina, bucear sin pensar casi en nada. Alguien habla, no sabes quién es, no puedes leer ya sus labios. Las palabras son burbujas que dibujan formas y se desvanecen.

Miré al hombre y no supe qué decir. Tuve miedo.

jueves, 8 de junio de 2017

Prohibit passat (VH)


Vicenç del Hoyo (Foto: Diogo & Diamantino Jesús

Quan ens vam conèixer vam renunciar a saber res de la nostra vida anterior. Estava clar que, per a cap dels dos, la nostra relació no era la primera. Ella tenia trenta-nou anys, jo quaranta-tres. Ella un fill, jo dues filles. Malgrat que cadascú estava atrapat en la seva pròpia teranyina, tots dos ens havíem trobat just en el moment en què volíem trencar amb el nostre passat.
Ens vam lliurar l’un a l’altre amb l’ànsia d’un explorador del segle XIX. Vaig cartografiar tot el seu cos per adonar-me que cada cop que traçava un nou mapa d’un racó ja conegut del seu cos, aquest esdevenia diferent. El present era tan inabastable que no necessitàvem conjugar altres temps. I, donat que interpretava tota la meva vida anterior com una monumental equivocació sense cap possible solució em vaig prohibir a mi mateix relatar res del passat. A ella li devia passar alguna cosa semblant perquè de seguida vam estar d’acord.
Fèiem l’amor a les tardes amb una entrega cega. No necessitàvem els ulls per conèixer-nos malgrat la claror que ens rodejava. Acabàvem estirats, extasiats, suats, anestesiats com si no reconegués el meu propi cos. Després, mentre  la tarda queia deixant entrar la llum ataronjada pel finestral de l’habitació, parlàvem.
Podíem expressar els nostres sentiments, el nostre estat d’ànim, fins i tot proposàvem algun projecte, però si no érem capaços de callar i parlàvem del nostre passat, la condició era que havia de ser totalment inventat.
Vivíem l’eternitat del present. Aquest era imprevisible perquè no es deixava planificar. A vegades ella, altres cops jo, no ens podíem presentar a la nostra cita i no estàvem obligats a donar cap explicació creïble. S’ha escapat un lleó del parc i l’he d’anar a buscar, m’havia arribat a dir com explicació. Com ella sabia que jo sabia que ella era biòloga inventava històries de veterinaris.
Jo no sabia que es podia ser tan feliç. Mai havia imaginat que la ignorància oferís una protecció tan confortable. Tanmateix, parlàvem molt. Si bé no totes les converses estan guardades al meu record, sí la majoria. Eren xerrades que fèiem nus, estirats sobre el llit, lluny del món mancat de consistència que constituïa la vida fora d’aquella cambra, fora d’aquelles tardes.
Parlàvem de llibres, de pel·lícules, de sensacions, d’opinions. Tot el que dèiem era apassionadament autèntic però alhora serè, una passió tranquil·la. A vegades les nostres visions coincidien i quan no ho feien era una sort perquè ella il·luminava alguna part del tema tractat que jo encara mai havia entès del tot.
No calia el passat, no feia falta un món abans de nosaltres. Els dos ens bastàvem per delectar-nos l’un a l’altre.
Altres cops fabulàvem sobre experiències viscudes. Es notava que tot era inventat. Sabíem el mínim per poder compartir  la vida que havíem triat.
Era comprensible que algunes setmanes no tinguéssim cap trobada. A vegades, els nostres horaris no eren compatibles. Això provocava una passió renovada en la propera cita.
Però el que ha resultat més estrany és que els darrers dos mesos ens hem trobat tres cops i ella no sembla la mateixa. El pou de la nostra felicitat s’ha assecat, he conjecturat. Jo que el preveia inesgotable.
Costa d’explicar. No és que estigui malament, és que res és del tot igual. És una qüestió d’atenció, com si el present s’hagués aprimat i s’hagués tornat fràgil. Les meves carícies acaronen un cos que batega d’una altra manera. Els seus ulls tenen una lluentor diferent, més profunda.
Deu ser per això que la seva afirmació ha caigut com un meteorit provinent dels confins més llunyans de la galàxia.
—Tindrem un fill!

sábado, 3 de junio de 2017

Todo inventado (MS)

Mónica Sabbatiello

Por motivos que se me ocultan en los recovecos de la memoria, llegué a contarle a uno que se sentaba enfrente de mí en La Voz de Galicia, un hombre mayor aficionado a la poesía y a la caricatura, las aventuras que viví siendo muy joven en Tucumán. Me dijo, con una media sonrisa y en tono de sorna, que yo inventaba todo aquello. Fue como tirar mi vida a un pozo para que se secara sin verdaderos testigos. Carne seca. Dura, como el charqui que se curte con sal en el norte del país para prevenir su pudrición.
Tucumán también está en el norte. Es la provincia más dulce y más amarga. La provincia azucarera. Sus hombres gastan la vida por los surcos dándole con el machete a la caña; hombres con la piel seca como el charqui. Con arrugas tan profundas que puedes perderte en su cara si quieres leer su historia.
¿Cómo me iba a creer ese periodista, que nunca había salido del barrio de Los Castros ni de la redacción de ese diario, lo que yo le contaba?  
No podía ser verdad lo que habían hecho mis manos, con olor a pólvora, cuando  era una menor. Según la ley. Manos pequeñas de menor dentro de una escultura de dedos enormes amasados de barro. Mi despertar cubierto por la corpulencia del hombre de los cañaverales.
¿Con qué ropa andaría entonces, con 17?
¿Me habré llevado el uniforme azul y blanco del colegio?
Creo que usaba una minifalda de tela ligera, de bambula, y fumaba negros sin filtro. El pelo largo, suecos, la piel morena.
¿Cómo me iba a creer ese periodista mayor y provinciano que siendo casi una niña hacía prácticas de tiro? Ni yo me creo eso de preparar una guerrilla rural para derrocar a un gobierno. Cuatro gatos. ¡Qué imbecilidad! Y aquellos imberbes con aires de comandante, inflamados  de sueños y de hormonas. Nos jugábamos la vida en un pozo ciego. Los ideales del Che nos engatusaron.
Es verdad que cerraban los ingenios azucareros, dejando a la provincia en el vacío. Que caían en el desamparo los más pobres, por millares. Que los chicos sufrían desnutrición. Que los militares reprimían.
Pero eso ocurría como en el fondo del pozo, lejos del resto. De la población que tomaba helados en la vía peatonal, cucuruchos de chocolate y dulce de leche.
El David de aquel paisito no estaba a la altura de la leyenda.
¿Yo me sentiría una heroína entre machos y banderas?
Un año antes había liderado un clan de adolescentes en el colegio del Sagrado Corazón. Pero a quién se le ocurre asemejar a unas monjas con un ejército asesino.

Debí hacerme querer porque él se arriesgó y vino a advertirme del peligro. Y por minutos escapamos en esa camioneta polvorienta con el motor casi encima, como en un infierno, por caminos de tierra. El hombre de las cañas fue amoroso, con su mapa antiguo por cara y sus manos enormes que me rociaron agua fresca en un remanso del camino. Era puro ojos, callado.

Al otro día me fueron a buscar los de la organización, tan dueños de las palabras. Y de las verdades. Y descubrí otros surcos. Entre los intelectuales y los pobres. Yo quería liberar a esos pobres. Pero era un cuento que se tendía entre dos mundos. La piel fue más sincera conmigo que la mente que no admitía límites. Para la piba que fui, imaginar y transgredir era lo mismo.
Caminé días y noches al límite de mis fuerzas, por el monte, con botas y pasamontañas, para un plan de ataque progresivo que terminó mal, con la recuperación del territorio por el ejército en un operativo con decenas de muertos. Y ahí cayó Raulito. Mi querido Raulito.
En el exilio, en Galicia, muchos años después, cuando se me daba por cortarme el pelo casi al rape, aquel periodista mayor me regaló una caricatura en la que me parecía a La Raulito, el personaje de la película interpretado por la actriz argentina Marilina Ross.
Sin querer, me hizo recordar no a La Raulito, sino a Raulito.
A mi querido Raulito.
Y pude llorar un rato.
Poco a poco dejé de cortarme el pelo tan corto. Abandoné esa forma de castigarme por haber sobrevivido a tantos compañeros.
Raulito fue acribillado en Tucumán. Con Raulito vivimos en una casa estilo californiano en un barrio de clase alta en Córdoba. A su padre, que fue más padre que el mío, le faltaban varios dedos. Los perdió en la guerrilla de Paraguay. Es otra historia que tampoco creería mi compañero del diario gallego. Ni yo, quizás, ahora, tan lejos en el tiempo.