jueves, 25 de mayo de 2017

Navaja de Albacete (MG)

Maria Guilera (Foto: Philip-Lorca di Corcia)

-¡Si una hija me llega a casa preñada, la rajo!
Olguita sabía que era cierto, que además de un alto sentido del honor su papá tenía en el cajón de la mesilla una navaja de proporciones considerables. Cabía allí, en el cajón, porque se cerraba por la mitad para proteger el filo amenazante dentro del mango.
–Ni se le ocurra a nadie abrirla. Un corte con ella os desangra, ni tiempo tendríais de pedir auxilio.
 
Eso lo decía el papá mucho antes de que Olguita y sus hermanas tuvieran edad de ser rajadas por embarazo prematrimonial. A ella, ahora, le parecía escuchar esas palabras terribles como un trueno rompiendo el pequeño cielo encajonado en el patio de luces por el que caía una lluvia vertical. Al llegar al techado de uralita de los vecinos del entresuelo, cada gota acompañaba la frase como un estribillo, “La rajo, la rajo, la rajo a una hija si me llega preñada” y a ella le sonaba a grupo caribeño con camisas floreadas y maraca. Por un momento olvidaba el miedo y bailaba delante del espejo. “Tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, maaaambo. La rajo, que sí que sí, a la niña preñada la rajo sí, que sí que sí. “
 
Se bajó las bragas sin mirarlas, dándose un momento de esperanza, el tiempo de imaginar una mancha roja luciendo como una mariquita sobre una flor blanca. Sentada en la taza del wáter, tan doblada que la nariz le tocaba las rodillas, deseó el conocido dolor de tripa que la liberaría de la angustia y sobre todo del niño que sin lugar a dudas sería la desgracia de la familia, del bebé que nunca llegaría a nacer porque su papá iría a por la navaja en cuanto se enterara y cuando rojo de rabia y de pena la rajara, sus hermanas y su madre le denunciarían y se le llevarían preso, sería condenado seguramente a cadena perpetua, dejándolas a ellas sin recursos, en la calle y en pocas semanas robando en el súper y siendo a su vez detenidas. Su hermana, la que sufría asma alérgica, moriría en el calabozo de un ataque antes de ser debidamente atendida por culpa de la burocracia carcelaria. Y Julio Lázaro, el embarazador, lo sentiría un ratito, pero suspiraría de alivio por no tener que casarse y cargar con un bebé a los diecisiete años, sacaría del bolsillo el peine de plástico para repeinarse y luego se acercaría a la discoteca para olvidar.
 
Después de atreverse a mirar sus bragas, inmaculadas, caminó hacia el dormitorio de los papás durante un tiempo que le pareció como un viaje en tren; ella misma era el tren y recorría el suelo sobre una vía que tenía un solo destino, la estación Mesilla de Noche. Allí dejó de ser tren y fue ella de nuevo, se apeó y abrió el cajón.
Abierta, la navaja no le pareció tan enorme como recordaba. Clic, escuchó al abrirla, y al pasar los dedos sobre el metal notó el ligero relieve de las manchas de óxido. Supo que aquello no podría desangrar a nadie, esa mentira de filo no cortaría ni un papel, estaba viejo. La cerró y volvió a abrirla un par de veces antes de dejarla en donde siempre había estado.
 
Se tumbó en la cama hasta que llamaron a la mesa para cenar. Mamá servía tres cucharones de sopa de pescado a cada uno, llenaba los platos hasta el borde y les decía que esperasen, la sopa estaba caliente y si se quemaban la lengua luego ya no iban a encontrar sabor a nada.
Olguita le tocó el brazo a su papá, que se sentaba a su izquierda, y esperó a que la mirase.
–¡Papá, rájame!




jueves, 18 de mayo de 2017

Barça-Juventus (VA)


Vicente Aparicio (Foto: Shaun Botterill)
El Barça jugaba contra la Juventus. Yo y mamá fuimos al dentista. Ella siempre dice que no conoce a ningún otro niño a quien le guste el dentista. Cuando era más pequeño le insistía para que fuéramos. Las revistas, estar medio tumbado en el sillón, beber agua de la maquinita… No sé, me relaja.

El fútbol nunca me ha llamado la atención. Mi padre dice que soy un friqui. Un partido importante, un Barça-Madrid, igual sí, pero los demás, pues más bien no. Él los ve todos y se emociona como un niño. No lo acabo de entender.

Al día siguiente teníamos examen de Inglés. Vocabulario. El profe se llama Facundo y viene al instituto en una Harley. Os podéis imaginar la pinta que lleva. Y encima, tiene una mancha morada muy grande en un lado de la cara. Pero nadie se ríe de él ni de casualidad. Cada dos semanas nos hace aprender una lista de más de 300 palabras. Está loco. ¿Pretende que se nos quede todo eso en la cabeza?

Mamá quería que repasáramos en la sala de espera del dentista, pero yo estaba muy cansado y le dije: “En casa, mamá, por favor”. Tuve que prometérselo. Nada más llegar, quedó claro que no se le había olvidado: “A estudiar”, dijo. Intenté escabullirme con la excusa de la ducha, pero ella dijo. “Vaya, qué sorpresa, a mi hijo le han entrado ganas de meterse en la bañera”. Vamos, que no coló.

Estuve estudiando unos tres cuartos de hora. Todavía me acuerdo de una palabra: “Vidiot”. Es alguien que ve mucho la tele, pero sin fijarse mucho. Ja, ja. Qué bueno. Buenisimo. Al Facu le gusta colar siempre alguna palabra rara. También pone muchas de vampiros y de zombies, reptiles, cosas así.

Cuando llegó papá nos pusimos a cenar. En todas las cadenas estaban dando la previa de la Champions. El Barça tenía que remontar varios goles. Me costaba un poco comer, porque las encías estaban sensibles. Yo no estaba muy pendiente de la tele, pero en casa es difícil centrarse en otra cosa cuando hay fútbol. Messi tuvo un par de ocasiones, pero no hubo suerte. No va a meterlas todas, ¿no?

Después del yogur mamá fue muy clara: “Inglés”. Cogí el plato y los cubiertos para recoger. Ella formó una pistola con los dedos y volvio a decir: “Inglés”. Desde el sofá, papá vino en mi ayuda: “Mujer, un día es un día, que hoy toca otra vez remuntada”. Así que tuve permiso hasta aproximadamente las 22.30 horas, que es cuando acaban los partidos de la Champions. Más el añadido.

Pero de remuntada. Quedaron 0-0 y, como el año pasado, no pasaron de cuartos. Después del partido se me cerraban los ojos delante de la lista y terminé no estudiando casi nada y el examen me fue fatal. En casa esa noche mis padres discutieron por mi culpa. Mamá dijo que estaba de fútbol hasta el gorro. Bueno, dijo otra palabra, en realidad. Empieza por c... Y yo me gané una buena bronca.

Y eso que aún no sabian la nota. Al día siguiente el Facundo ya le había dado tiempo de corregirlo todo. “Mendoza, ¿cómo quedó el Barça el otro día? -me dijo con la hoja de mi examen colgando entre sus dedos peludos. “Empate” contesté. “Estan fuera de la Champions”, añadí, y luego cogí carrerilla: “Cuando tuvieron ocasiones, la pelota no quiso entrar, y al final el partido se hizo largo y se les fundieron los plomos. Normal.”. Me miró con cara de desprecio: “A ti si que se te han fundido los plomos”, dijo. “Qué pasa”, seguí yo. “Me mola el fútbol. No es tan grave, ¿no?”. Y algunos de mis compañeros se rieron. Mi madre también se hubiera reído.

jueves, 11 de mayo de 2017

Profanadors (VH)



Vicenç del Hoyo (Foto: Luis Beltrán)

No sé què em va impulsar a obrir el calaix. Impossible recordar una raó perquè tirés del mànec del calaix. De seguida vaig adonar-me que ja no el podria tancar i que la nostàlgia m’esguerraria la tarda. El primer que vaig veure va ser el document de l’Ajuntament que certificava que jo era propietari d’un nínxol. Era a Montjuic i era el del pare. No havia tornat a veure aquesta certificació des de l'enterrament, ara fa catorze anys. Suposo que l’havia amagat al calaix i no n'havia volgut saber res més. Quin mal record! És probablement l’esdeveniment que ha fet que odiés profundament l’Ajuntament de Barcelona. I sé que és per sempre i que no hi haurà mai una reconciliació possible. Potser és irracional i no del tot comprensible però a mi em sembla que maltractar els morts i el record que en tenim els vius és d’una baixesa indescriptible, en especial si es fa des de la impunitat que atorga l’anonimat de les institucions. Al calaix també vaig trobar el rellotge del pare, un Duward antic d’esfera grogosa que tenia una corretja metàl·lica i elàstica que s’adaptava perfectament al canell i que jo tantes vegades havia vist a la tauleta de l’entrada, que era on el deixava només arribar a casa.


Si ell hagués estat viu, el conflicte no s’hauria acabat comprant un nou nínxol, que és el que vaig fer jo. Ell, com a mínim, al funcionari li hauria fet una cara nova quan s’hagués assabentat que el nínxol en què estaven enterrats els seus pares, l’Ajuntament l’havia expropiat sense informar-lo feia escassos anys. Jo crec que no hauria escoltat raons ni arguments. La sang li hauria pujat al cap a galop i sense pensar l’hauria agafat del coll i l’hauria convertit en un parrac que mai més hauria oblidat com és d’important establir la diferència entre el missatger i el missatge. Als seus pares, que jo mai vaig arribar a conèixer perquè havien mort temps abans que jo naixés, ell més que estimar-los els venerava amb una devoció religiosa. De ben segur que no hauria pogut contenir la ràbia al saber que havien agafat les humils restes de la seva mare i del seu pare i les havien llençat a una fossa comuna per impagament, impagament que s’havia produït perquè l’Ajuntament havia canviat la numeració del carrer on havia viscut des que havia arribat a Barcelona i, aleshores les cartes, com l’Ajuntament les enviava amb l’antiga numeració, ja no li arribaven a ell i, d’aquesta manera, va resultar que després d’estar pagant durant més de trenta anys els tributs, l’Ajuntament que no tenia cap interès a localitzar als contribuents, havia confiscat el nínxol i s’havia desfet del que hi havia dins com si fossin les restes d’uns molestos rosegadors.

Potser va ser una sort que ell ja s’hagués mort quan em vaig assabentar del que li havien fet a la seva mare i al seu pare. Jo només vaig poder mirar amb menyspreu profund al funcionari municipal de Sancho d’Àvila i vaig acceptar comprar un nou nínxol, el més a la vora d’on havien descansat durant tants anys els meus avis. El mateix, ja em van dir que ara era ocupat per uns nous inquilins, això sí, només per als propers cinquanta anys, perquè ara les condicions de propietat havien canviat, ja no seríem propietaris a perpetuïtat, com abans, sinó que com a màxim podíem posseir-lo durant mig segle, després retornava a l’Ajuntament i si la família el volia continuar tenint l’havia de tornar a comprar.


S’ha de ser rata i cuc per a dedicar-se a aquest ofici de robar-nos els nostres morts.


Vaig tancar el calaix. La caixa amb els seus records ja l’obriria un altre dia.

jueves, 4 de mayo de 2017

Balnearios de España (MG)

Maria Guilera (Foto: Philip-Lorca di Corcia)


No em digueu que vau callar per no ferir els meus sentiments, tota aquesta tonteria de la mentida pietosa me la passo per l’arc de triomf. Sou uns amics de merda, si és que encara us puc dir amics, i el que més ràbia em fa és haver estat tan bleda i no haver-me adonat de res. Segur que quan jo no hi era us compadieu de mi, la pobra Marieta no se’n refà, aquell tio l’ha deixada feta un nyap, hauriem d’engrescar-la… De qui va ser la idea, potser ni us en recordeu, l’un engresca l’altre i sense saber com es pren la decisió. De bona fe, és clar, només per mirar de fer-me sortir del pou.
A l’Andrés li agrades, em va dir la Mercè amb aquella cara d’espavilada. I jo, què dius, i ara.
Després vas ser tu, Ernest, tan seriós. Que sortiu, l’Andrés i tu?, vas preguntar en acabar l’assaig, mentre tornàvem a casa amb el metro. No, i ara, per què ho dius? I tu, ah perdona, m’havia semblat que..
A l’acte de comiat de l’Helena vau ser tres que m’asseguràveu que si no ho veia és que no tenia ulls a la cara. L’Andrés estava colat, em tirava els trastos, es notava tant, però tant.
Vaig començar a fixar-m’hi. Jo, que no tenia ganes de res, que encara somiava amb les barallles amb el meu ex i amb les nits amb mocadors de paper xops al costat del llit. Jo, que encara tenia els ulls inflats i el nas vermell de tantes llàgrimes, que m’havia aprimat cinc quilos, feia cara de mico i havia jurat que mai més, però mai, mai més.
O sigui que l’Andrés va per mi. Però com pot ser, si té una vida tan interessant, si el criden per fer conferències, guanya una pasta i s’acaba de fer una casa al Montseny.
I just ahir, quan li acabava de regalar un vale de cap de semana Balnearios de España amb aquella dedicatòria, “Para que lo disfrutes con alguien especial”. Just ahir, a les postres del sopar del seu cumple, quan li havíem donat els regals i jo estava tota neguitosa i pensava t’has passat Marieta, t’has passat. Va ell i l’obre, llegeix la cursilada de la targeta, s’aixeca i ve cap a on jo estic, m’agafa la cara amb les dues mans i em mira els ulls. Com t’estimo, Marieta, que maca ets. Com és que tot ho endevines?
Llavors pica la copa amb una cullereta, ning ning. Atenció, atenció, us vull dir una cosa. I la deixa anar, som els primers en saber-ho, ens vol presentar l’Ivan, un noi que ara mateix entra i alça la mà. Duu un mocador molt gran cargolat al coll i en fa un somriure. Aquest és l’Ivan, ens volem casar.
Noto els vostres sis parells d’ulls que em miren fugaçment, m’entra una mena de rialleta imbècil i l’abraço mentre amago la cara al seu jersei.
Que t’emociones, maca? diu mentre em passa les mans pel cabell. Que dolça és, oi Iván?
No us vull tornar a veure. Us aixafaria a tots.