martes, 25 de abril de 2017

Ciencias naturales (VA)




Vicente Aparicio (Foto: Cornell Capa)
Pasábamos algunos domingos en la torre. La tía Carmen iba y venía entre la casa y el jardín. La recuerdo siempre en bata, orgullosa de sus buganvilias y dando de comer a los gatos que tenían allí su posada. Siempre era ella quien encendía las brasas. La ocupación preferida del tío José Ramón era dejar reluciente su Ford Taunus granate. Tenía una desmesurada cantidad de útiles de limpieza que guardaba pulcramente en las estanterías del garaje: esponjas, cubos, cepillos, esprays. Mi padre sulfataba las tomateras o preparaba los caballones para poder empezar a plantar. Sudando, siempre sudando por el esfuerzo, y por el fervor. Mi madre no solía venir.

Yo estaba la mayor parte del tiempo arriba, haciendo ver que estudiaba. El libro de Ciencias Naturales, cuadrado y de tapas marrones, me exigía un grado de concentración que no estaba capacitado para alcanzar. A veces, cansado del lento avance de los minutos en el reloj de pared de la habitación de invitados, bajaba las escaleras y daba la vuelta a la casa, acomodando el ritmo de mis pasos a la distancia que guardaban entre sí las baldosas de granito. Me gustaba oír cantar a los pájaros. De tanto en tanto pasaba alguna moto, exhibiéndose. Detrás de la casa había unas matas de fresas que en primavera daban sus frutos pequeños y sabrosos. A la tía no le gustaba verme merodear por allí.

Después hubo un desencuentro. Se acabaron aquellos domingos, se acabaron los viajes de vuelta con la compañía de Carrusel Deportivo en la radio del Dyane 6. Papá le decía siempre a mamá: ‘Qué razón tenias’. Y ella movia la cabeza y arrugaba la barbilla en señal de asentimiento. Luego la tía murió de una embolia -papá y yo fuimos al entierro- y, poco después, el tío se volvió a Asturias. Solo el rencor permaneció con nosotros, como si nos lo hubieramos traído desde la torre.

Eran días tranquilos, sencillos, y cada uno de nosotros parecía tener asignado su papel. Me gustaria ser capaz de verme así ahora, formando parte de una estampa cotidiana de mi época, ocupando mi lugar antes de que todo pase a ser un recuerdo dañado por el tiempo. Pero ya no está en mis manos verme así.




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