jueves, 16 de marzo de 2017

Batallando (VA)

Vicente Aparicio


La foto me sobrecoge siempre que la miro. Un hombre delgado está bocabajo con la camiseta arremangada hasta el cuello. En la espalda desnuda lleva tatuada una imagen de Jesucrito que mide unos 30 cm. Es un Cristo estilizado, de bellos ojos grandes y una barba negra y picuda. A la derecha del hombre hay una gran mancha de sangre, amplia e irregular, fresca aún.

Los asesinos y las víctimas, todos eran personas. Eso es terrible. Fueron años horribles sin más.

Te metían prisa, ibas corriendo sin saber qué había pasado. Tenían sintonizada la radio de la policía y te enviaban a ver qué habia ocurrido, a ciegas. Nunca era agradable, pero me parecía estar haciendo lo que debía. Yo era guapa, una rubia con buenas piernas. Al principio incluso la policía no me quería dejar trabajar, pero luego acabaron entendiendo que iba muy en serio.

Las fotos son siempre en blanco y negro, me parecen mas naturales, más elegantes. El color distrae. Nunca hubiera aceptado el rojo de la sangre.

Siempre que las miro ahora, lo hago yo sola, como si me escondiera. Todavía me duelen. Hombres envueltos en sábanas, sangre, viudas que lloran... Las mujeres me vienen a menudo a la cabeza. Y los niños, había niños mirando mientras se comían un helado. Hacía mucho calor. Es un asco recordarlo todo. La violencia, el dolor, mucho dolor. Y el silencio. Recuerdo los silencios, tan difíciles y elocuentes, como cuando de pequeños estábamos en guerra y se hablaba bajito.

Una vez, un domingo por la mañana, montamos una exposición en una plaza. Éramos valientes, no puedo decir otra cosa. La gente vino a ver qué eran esas fotos y, en cuanto lo hicieron, en cuanto vieron a su vecino arrestado, con las esposas, la plaza se vació inmediatamente. Encontrarte con la plaza vacía y en silencio era peor que una muchedumbre que te quisiera pegar. Pensabas que estaba a punto de suceder algo. Nada bueno.

Podría haberme marchado. Había ganado uno de los premios más importantes del mundo, podría haber vivido en cualquier parte y ahorrarme muchas cosas. Pero era mi propia gente y yo no hacía solo fotos de los muertos. También de los que se quedaban.

Irme, solo lo hice más tarde. Fue cuando todos votaron por Berlusconi. Setenta y un diputados de setenta y uno. Puede parecer una tontería, después de tantos cadáveres, las amenazas y algún amigo muerto. Pero fue entonces cuando no pude más. Escapé. Estuve dos años en París, huida, angustiada, incapaz de hacer abasolutamente nada. Sin esperanza. Fue horrible, una tremenda depresión. Además de la violencia y el dolor, se había impuesto la vulgaridad.

Después volví. He sido libre a pesar de todo. Nadie ha podido arrebatarme eso, que es importantísimo. Pero esta tristeza no se acabará nunca. Una va para adelante, pasea con su perro, se pinta los labios, concede entrevistas e incluso sigue haciendo fotos, pero…

Y aun así, hay que seguir batallando. 

(Este texto se basa en declaraciones de Leticia Batagglia, extraídas principalmente de la entrevista firmada por Íñigo Domínguez que se publicó en el número de junio de 2015 de la revista Jot Down)

1 comentario:

  1. Mónica Sabbatiello1 de abril de 2017, 16:01

    Puede ser Italia, y lo es, y puede ser un país de otro continente, y ella puede ser Leticia Batagglia, y puede ser otra/ s periodistas que recuerdo, valientes y siempre un paso por delante. Me gusta lo que dice, y más aún lo que calla tu relato en blanco y negro, como las buenas fotos, con sangre en gris.

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