viernes, 17 de febrero de 2017

Pabralas (VA)

Vicente Aparicio Bádenas


Ernesto Mate había pasado la mañana en la biblioteca estudiando para su examen de inglés de la Escuela Oficial de Idiomas. Sonó la música que avisaba a los usuarios de que tocaba ir recogiendo. Apagó el ordenador. Cuando lo guardaba en su maletín, vio sobre la mesa una hoja de revista.

Seguramente se la había dejado allí la chica que había estado estudiando a su lado hasta poco antes. Era una hoja suelta con un pliegue muy marcado que indicaba que había sido doblada por la mitad en algún momento. Ahora, sin embargo, estaba desplegada y, en su parte superior, podía leerse este titular: “El misterio de las palabras que no tienen traducción”.

Un tal José Araztimuño firmaba el artículo, por así llamarlo, pues no era sino una lista de palabras distribuidas en tres columnas. Aparecían recuadradas una por una, impresas en negrita con una tipografía redondeada y seguidas de una breve definición. También constaba, en letras versalitas, el idioma al que pertenecían.

La primera palabra en la que se fijó fue ‘gurfa’. ‘La cantidad de agua que cabe en una mano’, leyó Ernesto Mate. Se imaginó bebiendo en una fuente en el pueblo de su mujer, con cara de tonto, intentando encontrar sin éxito la palabra adecuada para definir la cantidad de agua que acababa de sorber. Pues ahora ya la sabía: ‘Gurfa’. Puede que perteneciera a otro idioma, pero sonaba increíblemente apropiada para expresar exactamente lo que expresaba. Y además, en hawaiano, al menos según José Araztimuño. Siempre se aprende algo, ni siquiera sabía que en Hawai tuvieran un idioma propio.

Siguió paseando la vista por la hoja. ‘Boketto’ significaba en japonés —un idioma que le inspiraba una placentera sensación de familiaridad—, ‘fijar la mirada en el infinito sin pensar en nada en particular’. Qué interesante. Se vio ahora a sí mismo, en el pueblo de su mujer, con una ‘gurfa’ en la mano, agachado junto a la fuente y mirando hacia el infinito sin pensar en nada en particular. Justamente la cara de tonto que había intuido al leer la palabra anterior. Eso era ‘boketto’. Si yo fuera de los que creen en las coincidencias, se dijo.

Sus ojos saltaron de columna y se detuvieron en la que parecía el más largo de todos los vocablos contenidos en la hoja: ‘mamihlapinatapai’, que pertenecía al idioma ‘yámana’. Ese sí que no le sonaba absolutamente de nada. Antes de conseguir pronunciar mentalmente la palabra de un tirón, hubo de repetirla en voz baja varias veces, no sin atrancarse varias veces en la mayoría de sus sílabas. ‘Ma-mih-la-pi-na-ta-pai’ hacía referencia al ‘entendimiento silencioso entre dos personas que están pensando o deseando lo mismo, pero ninguna se atreve a expresarlo’. De inmediato se presentó a la mente de Ernesto Mate la expresión ‘Vete a tomar por viento’, sorprendentemente dirigida a su cuñado Andrés que, cuando jugaba a cartas en el pueblo, hacía siempre un ruido con la boca que le ponía —debía reconocerlo— extremadamente nervioso. Por supuesto nunca se hubiera atrevido a decírselo a la cara, y mucho menos de forma inconveniente. También vio el rostro de Amparo, su mujer, dedicándole una sonrisa de complicidad, apenas perceptible, mientras cantaba las veinte en copas jugando con él de pareja y teniendo a su hermana y a Andrés de contrarios —como solía ocurrir. ‘No le des importancia, nene’, parecía expresar aquella mirada, ‘bastante desgracia tiene’. La música, que volvió a irrumpir en la biblioteca a modo de ultimátum, interrumpió el vagar de sus pensamientos.

Dobló la hoja por la mitad y la guardó en el bolsillo exterior del maletín. Ya en el autobús, anticipando el sabor y el olor de la paella mar y montaña que Amparo le había prometido para comer, se preguntó: ¿Qué idioma debe de ser el ‘yámana’? Utilizó su iPhone 7 para buscar ayuda en Internet. La cuarta entrada propuesta por Google era un artículo del diario El País titulado ‘La última yámana’, en el que pudo averiguar que el yámana, también llamado yagán, es una lengua de los nómadas canoeros de la Tierra del Fuego que en septiembre de 2014 contaba con una única hablante, de nombre Cristina Calderón y edad de 86 años, ‘última representante’, decía el artículo —firmado por Joaquim M. Pujals—, ‘de una cultura que desaparece’. Qué hermosa historia, se dijo Ernesto Mate, tengo que explicársela a Andrés, que a él en realidad le parecía en realidad un hombre razonable, amistoso y bastante culto de quien no tenía grandes quejas. El autobús dio un frenazo que le hizo distraerse mirando a los escaparates durante unos segundos. Aún quedaba alguna que otra parada para llegar.

‘Palegg’ era una palabra noruega cuya definicion le revolvió el estómago, pues hacía referencia a ‘cualquier alimento que se ponga sobre o entre rebanadas de pan’, lo cual le remitió sin remedio al queso. Qué asco. ‘Sgriob’, que en gaélico escocés significaba ‘el cosquilleo que se siente en los labios antes de beber whisqui’ le hizo recuperar, por contra, el buen sabor de boca.

Y la palabra ‘hiraeth’, que se refería en galés —siempre según José Araztimuño—, a la ‘nostalgia’ de lugares a los que no se puede volver o no han existido’, trajo a su memoria algunos míticos locales —restaurantes, mayormente— en los que había gozado sobre todo en otro tiempo de suculentos placeres.  

Tenía gracia la hoja. Ernesto Mate siguió leyendo. En yidis se llamaba ‘trepveter’ a la ‘respuesta ingeniosa que se ocurre cuando es demasiado tarde para utilizarla’. Cuántas veces no hubiera necesitado saber de la existencia de esa palabra para consolarse a sí mismo por su frustrante lentitud de reflejos, especialmente en el transcurso de ciertas reuniones laborales en las que después de venírsele a la mente una ‘trepveter’ —se dijo no sin cierta dosis de ironía autocomplaciente—, le habían tenido que llamar la atención por haberse quedado completamente ‘boketto’ —es decir, con cara de llevar una ‘gurfa’ en la mano. Llegados a este punto, no pudo sino reconocerse a sí mismo que acababa de hacer un chiste malísimo. Es que yo no sirvo para chistes, concluyó.

‘Resfeber’ era en sueco ‘la inquietud previa a un viaje’, ‘naz’ el orgullo y la confianza con que los hablantes del urdu designan al hecho de saberse queridos incondicionalmente y ‘karelu’ la marca que deja en la piel llevar algo muy ajustado en un idioma de la India llamado ‘tulu’. ‘Cafune’, ‘forelsket’, ‘gezellig’, ‘iksuarpok’, ‘jayus’. Qué curioso, se dijo, todas esas palabras podían no significar nada y, a la vez, podían significar cualquier cosa.

La siguiente —’kummerspeck— procedía del alemán, una lengua geográficamente próxima, y tan ajena a la vez. Le hubiera encantado entender a Angela Merkel, de quien tenía una alta opinion, pero si ya era de manual su incapacidad para el aprendizaje del inglés, qué podía decirse de una lengua que se declina y, más aún, de una lengua que se declina tratando de introducirse en la cocorota de un tipo que fue incapaz de aprender la más fácil de las declinaciones del latín —el rosa rosae y todo eso— en la época del instituto.

El autobús le dejó como siempre frente al portal de su casa. Mientras subía las escaleras —vivían en el entresuelo—, leyó la definición. Olía a gambas en el edificio. ‘Kummerspeck’ aludía al ‘peso que se gana al tragarse las propias emociones’. Tuvo una ocurrencia. Si todos los gramos de ‘kummerspeck’, se dijo Ernesto Mate, que había acumulado a lo largo de su vida, se hubieran quedado con él, a estas alturas estaría más gordo que una ‘dispotela’. Esta palabra no pertenecía a ningún idioma. Estaba seguro de ello, porque acababa de inventársela —casi seguro, en realidad—.

—Papi, papi, corre, que se enfría el arroz —oyó decir a su hija Juani, la mayor, a través de la puerta mientras volvía a guardar la hoja dentro del maletin.

Este verano, en el pueblo, tenía que contar la anécdota de la ‘dispotela’. Vaya con las ‘pabralas’, se dijo, y entró.

2 comentarios:

  1. Jajajjaja muy divertido!! Tamaña Obsesión!
    No quisiera ser neurona en esa cabecita.
    Muy creativo y sensible como siempre Vicente.
    Saludos
    La lectora mas austral (muy cerca de la Tierra del Fuego)

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  2. Monica Sabbatiello1 de abril de 2017, 16:02

    No sé si existirá en alguna lengua una palabra para un comentario que se vuelve a escribir un mes más tarde, para el que se escribe sin recordar el anterior y supongamos que otra para el que se escribe recordándolo. En mi caso usaría la primera acepción, considerando que mi memoria es un desastre. En este caso sí recuerdo, ahora al releerlo, que me gustó muchísimo ya entonces. Es evocativo de tantas cosas. Me quedo con varias de estas palabras para mi vida, con "hiraeth" de lo que sufro intensamente, con la alemana, tan psicoanalítica, y la del protagonista, "dispotela" , con la Yamana, con la sueca, con "trepveter" de la que hace un par de días oí una expresión en francés, que es algo así como lo que hubieras dicho y te das cuenta ahora, bajando la escalera, cuando te vas. Me encanta todo lo relacionado con las palabras. Y este relaro además de instructivo, es (como dice tu lectora más austral) muy divertido,

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