viernes, 24 de febrero de 2017

La disfressa (MG)

Maria Guilera (Foto: Víctor Encinas)

 
Entre les pàgines de “Si això és un home”, el professor Torres de Cuixart va trobar un trèvol ressec, només tres fulles d’un verd marronós que es trencarien si gosés agafar-les. Va imaginar qui l’havia posat allà, d’ón el devia haver agafat, per quina raó ningú no l’havia espolsat de la página 134 on s’havia conservat fins llavors. 

Com que res del que tenia al seu abast li provocava desig ni sentia cap plaer estètic contemplant el que l’envoltava, l’únic que ara l’entretenia era divagar a l’entorn d’un objecte o una circumstància inesperada. El llibre de Primo Levi l’havia agafat del primer prestatge d’un moble antic que havia trobat als Encants en aquell temps en que tot l’encisava. Encabir-lo al cotxe va costar-li déu i ajut i mentre conduia ja l’imaginava sota la finestra. Era senzill però tenia un toc de casa bona, aquella pàtina d’objecte familiar que ell sempre havia enyorat. En poc temps va estar ple de llibres de butxaca, els únics que hi cabien, i que sovint els alumnes se li enduien. El llegiré i el comentarem, professor, li deien, però el més freqüent era que no ho fessin i el llibre no tornés mai al seu lloc.  

Fruit dels passejos de diumenge al matí pel mercat de Sant Antoni, els prestatges s’omplien de nou amb exemplars rars i d’autors gairebé desconeguts que feien créixer la seva fama de professor excèntric. Com si fos un nen gran, l’afalagaven els comentaris dels nois, i sobretot de les noies, que el consideraven el més interessant de la facultat, el més atractiu d’entre els seus companys, funcionaris avorrits o desenganyats de la seva feina. El maletí de pell gastada, les ulleres entelades com si no l’importés veure-hi clar, com si estés més atent a allò que era imperceptible a la mirada i només s’apreciés amb els ulls de la sensibilitat. Els cabells a mig pentinar, la roba mal girbada, una bufanda que no es treia fins ben entrada la primavera. Tot dibuixava una figura dedicada als alumnes, que li professaven una admiració repetida cada any acadèmic i que ell feia créixer amb parlaments agosarats, treballs originals, recerca de fonts llunyanes i materials sorprenents.

El darrer curs havia obert les portes de la seva jubilació. Va rebre homenatges, poemes anònims, fotografies dedicades, sopars amb parlaments emotius i regals tan ben trobats que demostraven com n’havia estat d’observada la seva vida o més ben dit, la vida que mostrava.

I des de llavors, res. Ja no tenia motiu per seguir omplint prestatges amb llibres vells. Tot el que tenia se li mostrava com a testimoni sarcàstic de la mentida i quan contemplava l’habitació, les menudes figures record dels viatges a Grècia, al nord d’Àfrica o Egipte, les carpetes amb documents i la butaca de llegir on tant de temps s’havia assegut voltat de deixebles, tot el que veia era el buit paorós amagat sota l’espai que ocupaven les coses.

viernes, 17 de febrero de 2017

Pabralas (VA)

Vicente Aparicio Bádenas


Ernesto Mate había pasado la mañana en la biblioteca estudiando para su examen de inglés de la Escuela Oficial de Idiomas. Sonó la música que avisaba a los usuarios de que tocaba ir recogiendo. Apagó el ordenador. Cuando lo guardaba en su maletín, vio sobre la mesa una hoja de revista.

Seguramente se la había dejado allí la chica que había estado estudiando a su lado hasta poco antes. Era una hoja suelta con un pliegue muy marcado que indicaba que había sido doblada por la mitad en algún momento. Ahora, sin embargo, estaba desplegada y, en su parte superior, podía leerse este titular: “El misterio de las palabras que no tienen traducción”.

Un tal José Araztimuño firmaba el artículo, por así llamarlo, pues no era sino una lista de palabras distribuidas en tres columnas. Aparecían recuadradas una por una, impresas en negrita con una tipografía redondeada y seguidas de una breve definición. También constaba, en letras versalitas, el idioma al que pertenecían.

La primera palabra en la que se fijó fue ‘gurfa’. ‘La cantidad de agua que cabe en una mano’, leyó Ernesto Mate. Se imaginó bebiendo en una fuente en el pueblo de su mujer, con cara de tonto, intentando encontrar sin éxito la palabra adecuada para definir la cantidad de agua que acababa de sorber. Pues ahora ya la sabía: ‘Gurfa’. Puede que perteneciera a otro idioma, pero sonaba increíblemente apropiada para expresar exactamente lo que expresaba. Y además, en hawaiano, al menos según José Araztimuño. Siempre se aprende algo, ni siquiera sabía que en Hawai tuvieran un idioma propio.

Siguió paseando la vista por la hoja. ‘Boketto’ significaba en japonés —un idioma que le inspiraba una placentera sensación de familiaridad—, ‘fijar la mirada en el infinito sin pensar en nada en particular’. Qué interesante. Se vio ahora a sí mismo, en el pueblo de su mujer, con una ‘gurfa’ en la mano, agachado junto a la fuente y mirando hacia el infinito sin pensar en nada en particular. Justamente la cara de tonto que había intuido al leer la palabra anterior. Eso era ‘boketto’. Si yo fuera de los que creen en las coincidencias, se dijo.

Sus ojos saltaron de columna y se detuvieron en la que parecía el más largo de todos los vocablos contenidos en la hoja: ‘mamihlapinatapai’, que pertenecía al idioma ‘yámana’. Ese sí que no le sonaba absolutamente de nada. Antes de conseguir pronunciar mentalmente la palabra de un tirón, hubo de repetirla en voz baja varias veces, no sin atrancarse varias veces en la mayoría de sus sílabas. ‘Ma-mih-la-pi-na-ta-pai’ hacía referencia al ‘entendimiento silencioso entre dos personas que están pensando o deseando lo mismo, pero ninguna se atreve a expresarlo’. De inmediato se presentó a la mente de Ernesto Mate la expresión ‘Vete a tomar por viento’, sorprendentemente dirigida a su cuñado Andrés que, cuando jugaba a cartas en el pueblo, hacía siempre un ruido con la boca que le ponía —debía reconocerlo— extremadamente nervioso. Por supuesto nunca se hubiera atrevido a decírselo a la cara, y mucho menos de forma inconveniente. También vio el rostro de Amparo, su mujer, dedicándole una sonrisa de complicidad, apenas perceptible, mientras cantaba las veinte en copas jugando con él de pareja y teniendo a su hermana y a Andrés de contrarios —como solía ocurrir. ‘No le des importancia, nene’, parecía expresar aquella mirada, ‘bastante desgracia tiene’. La música, que volvió a irrumpir en la biblioteca a modo de ultimátum, interrumpió el vagar de sus pensamientos.

Dobló la hoja por la mitad y la guardó en el bolsillo exterior del maletín. Ya en el autobús, anticipando el sabor y el olor de la paella mar y montaña que Amparo le había prometido para comer, se preguntó: ¿Qué idioma debe de ser el ‘yámana’? Utilizó su iPhone 7 para buscar ayuda en Internet. La cuarta entrada propuesta por Google era un artículo del diario El País titulado ‘La última yámana’, en el que pudo averiguar que el yámana, también llamado yagán, es una lengua de los nómadas canoeros de la Tierra del Fuego que en septiembre de 2014 contaba con una única hablante, de nombre Cristina Calderón y edad de 86 años, ‘última representante’, decía el artículo —firmado por Joaquim M. Pujals—, ‘de una cultura que desaparece’. Qué hermosa historia, se dijo Ernesto Mate, tengo que explicársela a Andrés, que a él en realidad le parecía en realidad un hombre razonable, amistoso y bastante culto de quien no tenía grandes quejas. El autobús dio un frenazo que le hizo distraerse mirando a los escaparates durante unos segundos. Aún quedaba alguna que otra parada para llegar.

‘Palegg’ era una palabra noruega cuya definicion le revolvió el estómago, pues hacía referencia a ‘cualquier alimento que se ponga sobre o entre rebanadas de pan’, lo cual le remitió sin remedio al queso. Qué asco. ‘Sgriob’, que en gaélico escocés significaba ‘el cosquilleo que se siente en los labios antes de beber whisqui’ le hizo recuperar, por contra, el buen sabor de boca.

Y la palabra ‘hiraeth’, que se refería en galés —siempre según José Araztimuño—, a la ‘nostalgia’ de lugares a los que no se puede volver o no han existido’, trajo a su memoria algunos míticos locales —restaurantes, mayormente— en los que había gozado sobre todo en otro tiempo de suculentos placeres.  

Tenía gracia la hoja. Ernesto Mate siguió leyendo. En yidis se llamaba ‘trepveter’ a la ‘respuesta ingeniosa que se ocurre cuando es demasiado tarde para utilizarla’. Cuántas veces no hubiera necesitado saber de la existencia de esa palabra para consolarse a sí mismo por su frustrante lentitud de reflejos, especialmente en el transcurso de ciertas reuniones laborales en las que después de venírsele a la mente una ‘trepveter’ —se dijo no sin cierta dosis de ironía autocomplaciente—, le habían tenido que llamar la atención por haberse quedado completamente ‘boketto’ —es decir, con cara de llevar una ‘gurfa’ en la mano. Llegados a este punto, no pudo sino reconocerse a sí mismo que acababa de hacer un chiste malísimo. Es que yo no sirvo para chistes, concluyó.

‘Resfeber’ era en sueco ‘la inquietud previa a un viaje’, ‘naz’ el orgullo y la confianza con que los hablantes del urdu designan al hecho de saberse queridos incondicionalmente y ‘karelu’ la marca que deja en la piel llevar algo muy ajustado en un idioma de la India llamado ‘tulu’. ‘Cafune’, ‘forelsket’, ‘gezellig’, ‘iksuarpok’, ‘jayus’. Qué curioso, se dijo, todas esas palabras podían no significar nada y, a la vez, podían significar cualquier cosa.

La siguiente —’kummerspeck— procedía del alemán, una lengua geográficamente próxima, y tan ajena a la vez. Le hubiera encantado entender a Angela Merkel, de quien tenía una alta opinion, pero si ya era de manual su incapacidad para el aprendizaje del inglés, qué podía decirse de una lengua que se declina y, más aún, de una lengua que se declina tratando de introducirse en la cocorota de un tipo que fue incapaz de aprender la más fácil de las declinaciones del latín —el rosa rosae y todo eso— en la época del instituto.

El autobús le dejó como siempre frente al portal de su casa. Mientras subía las escaleras —vivían en el entresuelo—, leyó la definición. Olía a gambas en el edificio. ‘Kummerspeck’ aludía al ‘peso que se gana al tragarse las propias emociones’. Tuvo una ocurrencia. Si todos los gramos de ‘kummerspeck’, se dijo Ernesto Mate, que había acumulado a lo largo de su vida, se hubieran quedado con él, a estas alturas estaría más gordo que una ‘dispotela’. Esta palabra no pertenecía a ningún idioma. Estaba seguro de ello, porque acababa de inventársela —casi seguro, en realidad—.

—Papi, papi, corre, que se enfría el arroz —oyó decir a su hija Juani, la mayor, a través de la puerta mientras volvía a guardar la hoja dentro del maletin.

Este verano, en el pueblo, tenía que contar la anécdota de la ‘dispotela’. Vaya con las ‘pabralas’, se dijo, y entró.

jueves, 2 de febrero de 2017

Traspàs (VH)

Vicenç del Hoyo (Foto: Anita Dominoni)




—Una de braves, dues de xanguets i unes navalles! —crida en Robert, mentre perfora la comanda en un dels claus que hi havia a la paret per poder identificar les taules del bar.
—Les dues navalles, els musclos  i les croquetes! —respon des de dins del passador de plats l’Enriqueta, la cuinera, mentre diposita els plats que ha de servir el cambrer.
Falten deu minuts per a les dues de la tarda. El bar està a petar. Els diumenges  a aquestes hores no hi cap ni una agulla. La primavera ha estat plujosa i freda. Aquest és el primer dia festiu amb Sol en moltes setmanes. Han tret a passejar fins i tot les àvies en cadires de rodes, aquelles que només es veuen els matins dels dies d’eleccions.
La terrassa és plena. Grups d’amics, les tres generacions d’algunes famílies i parelles de diverses edats s’han donat cita per l’aperitiu. Tothom està content com si fos un matí de Nadal. Els nens van en patinet, els grups d’amics seuen al voltant de la taula, xerren i riuen mentre bressolen una ampolla de cervesa que beuen a morro o sostenen una escopinya a la punta de l’escuradents.
En Robert corre entre les taules abocant el contingut de la safata i omplint-la de plats plens de caps de gamba xuclats, tovallons fets una bola aixafada, de raspes escurades de sardines. De tant en tant, s’atura, treu la llibreta de la butxaca del darrera i pren nota.
—La cuina no és gran, ja ho saps. No dóna per més —respon en Robert quan li pregunten per la comanda que han fet fa deu minuts—. Fer les coses bé, necessita el seu temps —respon a altres.
En Robert sap entretenir la parròquia, té una paraula simpàtica per als coneguts i forasters.
—Com van els calamars de la cinc? —pregunta en Robert.
 A la cuina hi ha quatre focs que fumegen i dos pams quadrats de planxa que estan plens de gambes, escamarlans i una dotzena de sardines. La fregidora bull. L’Enriqueta alça el cistell metàl·lic de la fregidora. Apareixen uns calamars blanquinosos.
—Encara falten dos minuts ­—respon l’Enriqueta. Amb les mans nuoses torna a submergir el cistell dins de l’oli.
—Així que és veritat que voleu jubilar-vos? —pregunta un client habitual a en Robert que en aquest moment està servint un cafè a la barra del bar.
—No facis cas —respon en Robert—. Hi ha el rètol però de moment ningú ha vingut a interessar-se.
—Ja veuràs com s’ho quedaran els xinos —replica el senyor de la barra.
—Són quaranta-dos anys treballant. Ja és hora de retirar-se, no creus? —reflexiona en Robert—. I si han de ser asiàtics els que ens jubilin, benvinguts siguin.
Des de la cuina, l’Enriqueta crida:
—Van els calamars a la romana, els xipirons i les cloïsses.
En Robert surt de darrera de la barra i va a recollir la comanda.
A sobre del passaplats hi ha una fotografia en blanc i negre on es veu el mateix passaplats i a l’altra banda emergeixen l’Enriqueta i en Robert somrients amb trenta anys menys.
El client de la barra remena el sucre al cafè, alça el cap i adreçant-se melancòlicament a la fotografia diu:
—Aviat tindreu cara de xinos, ja veureu.