jueves, 24 de noviembre de 2016

La sospecha (MS)

Mónica Sabbatiello (Foto: Eugenio Recuenco)


Sonó el  timbre y corrió por  los pasillos. A la vez que patinaba veloz por las cerámicas lustrosas se fabricaba una minifalda con el truco de retorcer la cintura varias vueltas hacia dentro. Abrió un par de botones de la blusa, aflojó la corbata del uniforme y liberó de la hebilla el pesado pelo que rebotó sobre sus hombros.
Marcelo la esperaba en la biblioteca, entre los libros menos consultados. Siempre ahí, en el corredor del fondo. Pero la que estaba hoy era la encargada.
-Sí, ¿qué necesitás?
-Nada, vengo luego, gracias.
Y caminó despacio hasta que ganó nuevamente los pasillos.
Tenía que encontrarlo. En el centro de estudiantes. En la terraza. O en la cafetería.
Era un pecado desperdiciar la hora libre. A correr.
Pero antes tuvo que ir al baño. Orinó tan apurada que no terminó. Se lavó las manos, se agitó un poco el pelo y salió a la carrera.
Vio a los celadores justo a tiempo. Frenó y con extremo esfuerzo mantuvo un paso moderado, hasta que pudo girar a la derecha y acelerar la marcha hasta desembocar en la cafetería. Pero  él no estaba.
La humedad entre las piernas era un reclamo. Necesitaba su mano cálida para calmar tanto ardor. Aunque sabía que sólo provocaba nuevas oleadas que la acompañaban hasta su casa y desvelaban sus noches calientes. Quería su erección en el abrazo. Refregarse. Las hormonas la ahogaban.
Escaleras y nuevos pasillos. Empujó la pesada puerta de la sala de mapas. Algunas veces se encontraban ahí, pero no estaba.
Siguió  el ascenso  hasta la terraza.  Los recuerdos avivaron su esperanza.  La memoria de abrazos sobre los azulejos verdes, bajo el cielo  sucio de Buenos Aires. Sus dedos impúdicos.
Le pareció oír un timbre. No quería volver a clase, enfrentar el examen de matemáticas. Se quitó la blusa blanca del uniforme, el corpiño, la pollera plisada, los botines, las medias. Tirada al sol, se durmió.
Soñó que Marcelo no era ese chico que le gustaba, el de los dedos largos, la boca ávida, el intercambio generoso. Fue como una pesadilla. Algo no encajaba.
La despertó una explosión que parecía subir desde la calle Charcas.  Sabía que eran las tapas de los refrescos rellenadas con pólvora y colocadas en las vías para hacerlas estallar con gran estruendo al paso del tranvía. Sencillos actos de protesta.
El sueño le había dejado una molesta inquietud.
Se vistió y volvió a clase. Ya había terminado el examen de matemáticas. Tendría un problema.
Soportó distraída la clase de inglés y cuando llegó el recreo fue a la sala de la agrupación de estudiantes. Allí estaba él. Lo vio antes que la descubriera. Le llamó la atención su pose encorvada, su actitud clandestina y se ocultó para oírlo.  Hablaba con otros del acto del día siguiente. Lo hacía en voz muy baja.
Se acordó del sueño que tuvo poco antes en la terraza y una oleada de sospecha la recorrió.  Él nunca había querido hablar de política con ella.
Otro petardo explotó al paso del tranvía y no pudo escuchar el final de la conversación. Cuando ellos estaban a punto de salir, ella volvió al trote otra vez por los pasillos. En el baño de mujeres no había nadie. Se sacó la bombacha y la lavó. La refregó una y otra vez con agua, sin jabón, con mucha agua. La estrujó y se la puso.
Al día siguiente hubo varios heridos a causa de un atentado fascista. Una bomba estalló al paso de los estudiantes. Una joven perdió un dedo del pie izquierdo. Era Sandra, su amiga desde el jardín de infantes. Se decidió, lo contaría todo. Tendría que pensar bien a quién.

2 comentarios:

  1. Extraordinaria mezcla erótica de pasión juvenil, deseo, amor, celos, compromiso político, dudas, sospecha, deber... narrada con maestría casi autobiográfica.
    Buen collage, Mónika !!!

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  2. Cuando ladrillo a ladrillo se desmorona la torre en la que se colocaron pasión, ilusión e innombrables taquicardias, se coloca la primera piedra del desencanto.
    Qué bien describes ese galopar hacia la vida adulta.

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