jueves, 13 de octubre de 2016

Todo por la patria (VA)

VICENTE APARICI

Como nos hemos ido viendo, de una vez para otra nunca nos parece haber cambiado mucho. Pero esta vez el Lucky envió el día de antes por Whatsapp una foto en la que se le veía en el porche de su casa del Carmelo embutido en aquel chaquetón marrón de cuero -el tabardo- por el que tuvimos que hacer más de 500 kilómetros en un tren nocturno para que un sastre militar nos tomara medidas en el cuartel de Fuencarral, y al recibir su mensaje en el grupo, todos debimos de pensar que había que reconocerle por lo menos dos méritos: 1) haber conservado aquella reliquia durante treinta años, uno detrás de otro; y 2) caber dentro de él a pesar de todo, porque seguro que ninguno de los demás nos hubiéramos podido proponer siquiera, a estas alturas, tan descabellado objetivo.

Éramos seis esta vez, porque el Samba ya hace tiempo que vive en Chicago, desde que lo hicieron jefe de nosequé en una multinacional de maquinaria de limpieza, y al Vinos le hemos perdido la pista últimamente. Así que fue suficiente con el Seat Alhambra del Fontvella, que tiene el coche tan bien cuidado ahora como entonces sus botas, siempre de largo las más relucientes entre miles bajo el sol invernal del campamento. El navegador nos llevó hasta una verja y un letrero en el que pudimos leer en grandes letras ‘Todo por la patria'. 


Dejamos el coche en un aparcamiento de tierra a la izquierda del recinto. Salvo por nuestras palabras y nuestras risas, el lugar estaba en silencio. Caminamos siguiendo el muro, como lo hacíamos entonces cuando nos daban suelta a media tarde hacia aquella extraña feria para reclutas que llamábamos ‘el pueblo’, el West End Girls de los Pet Shop Boys y el True Blue de Madonna escapándose hacia el frío de la calle desde los altavoces de los locales; los macarrones y los platos combinados king size del Cristóbal, nuestro bar-restaurante de cabecera; las mesas de billar americano y el cine con sillas de madera donde vimos en riguroso reestreno Rambo II, Pesadilla en Elm Street y Los goonies; las cabinas telefónicas desde las que el Trasto llamaba consecutivamente a sus dos novias -Trini, se llamaba una, y a la otra, aunque no la vimos nunca, la llamábamos solo, en un alarde de elegancia, ‘señorita Peras’-; las jovencitas con minifalda que, apostadas en las puertas de los locales con un cigarro en la boca, ofrecían su luz en la oscuridad a otros más atrevidos, menos gregarios o más desgraciados que nosotros.

No hacía mucho frío. Cuando ya alcanzábamos las primeras casas, un chico nos adelantó corriendo. Tenía todo el aspecto de un militar de treinta y pocos años en ropa de deporte ejercitando su forma en las inmediaciones del acuartelamiento de un regimiento de montaña. ‘Está cachas, el cabrón’, dijo el Chelo, que enseguida dejó el conservatorio y se puso a estudiar Periodismo, y que ahora se gana un buen sueldo en las tertulias parloteando sobre el puto Barça: él, que siempre fue más del Espanyol que Marañón y Tamudo juntos.

Si alguna vez lo tuvo, el pueblo había perdido todo interés: cuatro casas bajas, sucias y mal pintadas, una iglesia triste y fea y un puentecillo. Un plaza ancha con fuentes a los lados y un bar, junto a la carretera. Fue el Gripe quien soltó lo que todos estábamos pensando. ‘Pues yo aparte del puente no me acuerdo de nada, tíos. No tengo ni puta idea de dónde estaba cada cosa. El Cristóbal, por ejemplo, ¿dónde coño estaba el Cristóbal?’. Hubo algunas tentativas vagas de dar con la respuesta, pero como ni una sola de ellas resultó mínimamente convincente, derivamos la conversación hacia la enésima loa colectiva de sus inolvidables macarrones con carne.

Entramos en el único bar que vimos. Metí la mano en un bolsillo y saqué una baraja. ‘¡Esos cartones!’, clamaron todos al unísono. ‘¡A la pocha!’, dijo el Lucky. ‘Tú apuntas’, le dijo el Trasto al Fontvella. ‘¿Nos trae seis medianas?’, gritó el Gripe. El Chelo ganó de calle, como casi siempre. Yo quedé el último, como siempre, y eso que había empezado medio bien. Fueron doce cervezas.

Llevaba la tablet en la mochila. Al salir del bar conseguimos hacerle una llamada de Skype al Samba. Para algo había de servir que el 50% grupo fuéramos informáticos. El Samba ponía cara de acabarse de levantar y de qué frío hace en Chicago, tíos. Su empresa iba a dejar la ciudad del viento. Aún no conocía su próximo destino, pero Europa seguro que no. Su hijo de siete años le daba mil vueltas con el inglés. Debíamos de parecer un poco friquis, medio agachados todos, hablándole a la pantalla que habíamos apoyado en el alféizar de una ventana. Pero no había nadie para reírse. Mientras nos contaba que aún tenía que pasar el trago de anunciarles a sus trabajadores que chapaban sí o sí, el Samba levantó el dedo, señalándonos, y dijo: ‘Joder, tíos, qué detallazo, eso de ahí es la puerta del Cristóbal, ¿no?’. Nos giramos hacia una fachada pintada de color melocotón en la que dos gruesos cables grapados a la pared se cruzaban por encima y a la izquierda de la puerta. Sobre el dintel, a la placa con el número de la casa se le había caído un tornillo, y colgaba tristemente torcida. ‘Anda que no meé yo cervezas en el lavabo de ese garito.’ Nos miramos. ‘¿Tú estás seguro?, preguntó alguien. Y cuando él iba a contestar que sí, que ni lo dudes, la conexión se cortó.

1 comentario:

  1. Cualquier mañana deberíamos salir en busca del bar Cristóbal. Sería fácil reconocer al Copas, el Gripe, el Chelo... Estoy segura que el Trasto acabó con la Peras y se quieren de verdad, ahí estarán los dos, hablando de los críos. Y el Samba habrá vuelto, claro. No hay multinacional que le gane la partida a la nostalgia de los macarrones.

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