jueves, 27 de octubre de 2016

La piel del fin del mundo (MS)

Mónica Sabatiello (texto e ilustración)

 
Estás como si te hubieran inoculado una nebulosa. La bruma del noroeste aterrizó en tus huesos.
Con remembranzas de esqueletos metálicos. Crujidos del desastre, recuerdo de un motor, de su rugir antes de la catástrofe.
Siempre fuiste alegre, sonoros los ojos expresivos, la boca abierta de risas hasta en sueños. Espléndida de mañanas.
Y de repente, todo cambió.
Te volviste niebla salada. De esa que puede amasarse de tan espesa.
Y con ella, los náufragos y sus viudas.
La alegría extinguida de un zarpazo.
En el horizonte se fundieron el frío y el viento. Y sobre su línea se dibujaron los ausentes. En el Finisterre.
Allá en el límite.
Donde es posible perderse.
Donde puedes ver la costa del otro continente y los fantasmas.
Fue todo tan de pronto.
Te empaparon las tormentas del norte. Las del frío y del miedo.
Antes no era así. Quizás porque no sabías. O porque no querías arrimarte al desenlace de las ascuas.
Ayer nomás estallabas en brincos de excitación y deseo.
No es que te hayas apagado.
Más bien es como si te hubieras vuelto anfibia.
Y al tocar la piel del fin del mundo te dieras cuenta de la penas.
Las de los otros.
Las tuyas escondidas.
Quizás fue el despertar del silencio que trepó por los acantilados. Y quisiste acallarlo como bicho de mal agüero. Como a la sombra de los muertos.
Pero llegó de todas maneras, agazapado y sinuoso trepó por tus piernas, heló tu columna y acalló tu boca.
Siempre fue luminosa el alba. 
Pero de repente, dejó de serlo.
O no tan de repente. Quizás esta niebla creció por las tardes y fue tocando con manchas de sombra tu blusa clara. 
Hablándote al oído de lo que no querías.
Y aunque ahora abras las ventanas a la calle del sur, en donde brillan el sol y las gaviotas, no consigues espantar el plomo de tu espalda, esa especie de tristeza viscosa que como una nube decidió seguirte todo el día.
Quizás mañana amanezca distinto. Por si acaso pones ese retrato de un día feliz en el alfeizar. Para que espante al espanto.

sábado, 22 de octubre de 2016

Y eso fue lo que pasó (MG)

MARIA GUILERA

 
En aquellos años, que recuerdo como los más felices de mi vida, nunca había probado platos exquisitos en el sentido que hoy daríamos a ese adjetivo. Pero hoy, tanto tiempo después, sé que probé casi a diario lo mejor de la gastronomía.

En una cazuela de barro mi madre preparaba, pongamos por caso, un guiso de hortalizas variadas. Patatas, cebollas, calabacines, berenjenas y pimientos que vaciaba cuidadosamente para rellenarlos con albondiguillas de carne de cerdo y ternera. Dejaba que se cocieran a fuego lento sobre un buen sofrito al que añadía vino blanco y un majado de ajo, perejil, almendras y algún otro ingrediente que desconozco. Recuerdo que añadía pan rallado sobre el relleno, cubría la cazuela con la tapa de aluminio y de vez en cuando vigilaba por si hacía falta añadir un poco de agua. Al rato, sostenía la cazuela con un trapo, la levantaba y a una distancia mínima del fuego le daba un meneo enérgico y preciso para volver a dejarla en su lugar. Entonces su boca adquiría un gesto que significaba todo va bien, o hay que bajar la llama, o todavía le falta un rato. A ella nunca se le agarraba nada al fondo, ni le quedaba la comida insípida ni faltaba una ración para quien quisiera repetir.

Mientras viví con mis padres consideré su arte de cocinera como un quehacer atávico que apreciábamos todos, pero que yo no pensaba perpetuar. Cuando tuviera mi propia casa, en mi familia la comida sería solo para alimentarse, no perdería el tiempo en la cocina. Mi época me rescataría de ese escenario, me llevaría a reuniones, me abriría libros, desplegaría mi mirada al arte en cualquiera de sus acepciones, me subiría a trenes que cruzarían fronteras, me empujaría a relaciones anticonvencionales, pondría nuevas banderas en mis manos, arrasaría costumbres y ritos. Y todo eso, fuera de la cocina.

Ocurrió sin embargo, no un día, sino en un tiempo no mesurable que se deslizó sinuoso como un reptil, que me sentí crecer mientras sobre una tabla el cuchillo hacía cortes ágiles y seguros, mientras la cuchara removía las salsas y sin ningún temor añadía una pizca de sal, un chorrito de jerez o unos granos de pimienta. Así que soy esta, pensé. La que sin darse cuenta levanta la cazuela a una distancia mínima del calor de los fogones y la menea con instinto.

Y en la boca se me dibuja, probablemente, un gesto que significa todo va bien, o hay que bajar la llama, o a esto le falta un rato más.

jueves, 13 de octubre de 2016

Todo por la patria (VA)

VICENTE APARICI

Como nos hemos ido viendo, de una vez para otra nunca nos parece haber cambiado mucho. Pero esta vez el Lucky envió el día de antes por Whatsapp una foto en la que se le veía en el porche de su casa del Carmelo embutido en aquel chaquetón marrón de cuero -el tabardo- por el que tuvimos que hacer más de 500 kilómetros en un tren nocturno para que un sastre militar nos tomara medidas en el cuartel de Fuencarral, y al recibir su mensaje en el grupo, todos debimos de pensar que había que reconocerle por lo menos dos méritos: 1) haber conservado aquella reliquia durante treinta años, uno detrás de otro; y 2) caber dentro de él a pesar de todo, porque seguro que ninguno de los demás nos hubiéramos podido proponer siquiera, a estas alturas, tan descabellado objetivo.

Éramos seis esta vez, porque el Samba ya hace tiempo que vive en Chicago, desde que lo hicieron jefe de nosequé en una multinacional de maquinaria de limpieza, y al Vinos le hemos perdido la pista últimamente. Así que fue suficiente con el Seat Alhambra del Fontvella, que tiene el coche tan bien cuidado ahora como entonces sus botas, siempre de largo las más relucientes entre miles bajo el sol invernal del campamento. El navegador nos llevó hasta una verja y un letrero en el que pudimos leer en grandes letras ‘Todo por la patria'. 


Dejamos el coche en un aparcamiento de tierra a la izquierda del recinto. Salvo por nuestras palabras y nuestras risas, el lugar estaba en silencio. Caminamos siguiendo el muro, como lo hacíamos entonces cuando nos daban suelta a media tarde hacia aquella extraña feria para reclutas que llamábamos ‘el pueblo’, el West End Girls de los Pet Shop Boys y el True Blue de Madonna escapándose hacia el frío de la calle desde los altavoces de los locales; los macarrones y los platos combinados king size del Cristóbal, nuestro bar-restaurante de cabecera; las mesas de billar americano y el cine con sillas de madera donde vimos en riguroso reestreno Rambo II, Pesadilla en Elm Street y Los goonies; las cabinas telefónicas desde las que el Trasto llamaba consecutivamente a sus dos novias -Trini, se llamaba una, y a la otra, aunque no la vimos nunca, la llamábamos solo, en un alarde de elegancia, ‘señorita Peras’-; las jovencitas con minifalda que, apostadas en las puertas de los locales con un cigarro en la boca, ofrecían su luz en la oscuridad a otros más atrevidos, menos gregarios o más desgraciados que nosotros.

No hacía mucho frío. Cuando ya alcanzábamos las primeras casas, un chico nos adelantó corriendo. Tenía todo el aspecto de un militar de treinta y pocos años en ropa de deporte ejercitando su forma en las inmediaciones del acuartelamiento de un regimiento de montaña. ‘Está cachas, el cabrón’, dijo el Chelo, que enseguida dejó el conservatorio y se puso a estudiar Periodismo, y que ahora se gana un buen sueldo en las tertulias parloteando sobre el puto Barça: él, que siempre fue más del Espanyol que Marañón y Tamudo juntos.

Si alguna vez lo tuvo, el pueblo había perdido todo interés: cuatro casas bajas, sucias y mal pintadas, una iglesia triste y fea y un puentecillo. Un plaza ancha con fuentes a los lados y un bar, junto a la carretera. Fue el Gripe quien soltó lo que todos estábamos pensando. ‘Pues yo aparte del puente no me acuerdo de nada, tíos. No tengo ni puta idea de dónde estaba cada cosa. El Cristóbal, por ejemplo, ¿dónde coño estaba el Cristóbal?’. Hubo algunas tentativas vagas de dar con la respuesta, pero como ni una sola de ellas resultó mínimamente convincente, derivamos la conversación hacia la enésima loa colectiva de sus inolvidables macarrones con carne.

Entramos en el único bar que vimos. Metí la mano en un bolsillo y saqué una baraja. ‘¡Esos cartones!’, clamaron todos al unísono. ‘¡A la pocha!’, dijo el Lucky. ‘Tú apuntas’, le dijo el Trasto al Fontvella. ‘¿Nos trae seis medianas?’, gritó el Gripe. El Chelo ganó de calle, como casi siempre. Yo quedé el último, como siempre, y eso que había empezado medio bien. Fueron doce cervezas.

Llevaba la tablet en la mochila. Al salir del bar conseguimos hacerle una llamada de Skype al Samba. Para algo había de servir que el 50% grupo fuéramos informáticos. El Samba ponía cara de acabarse de levantar y de qué frío hace en Chicago, tíos. Su empresa iba a dejar la ciudad del viento. Aún no conocía su próximo destino, pero Europa seguro que no. Su hijo de siete años le daba mil vueltas con el inglés. Debíamos de parecer un poco friquis, medio agachados todos, hablándole a la pantalla que habíamos apoyado en el alféizar de una ventana. Pero no había nadie para reírse. Mientras nos contaba que aún tenía que pasar el trago de anunciarles a sus trabajadores que chapaban sí o sí, el Samba levantó el dedo, señalándonos, y dijo: ‘Joder, tíos, qué detallazo, eso de ahí es la puerta del Cristóbal, ¿no?’. Nos giramos hacia una fachada pintada de color melocotón en la que dos gruesos cables grapados a la pared se cruzaban por encima y a la izquierda de la puerta. Sobre el dintel, a la placa con el número de la casa se le había caído un tornillo, y colgaba tristemente torcida. ‘Anda que no meé yo cervezas en el lavabo de ese garito.’ Nos miramos. ‘¿Tú estás seguro?, preguntó alguien. Y cuando él iba a contestar que sí, que ni lo dudes, la conexión se cortó.

jueves, 6 de octubre de 2016

Acceleració sense moviment (VH)


 VICENÇ DEL HOYO (Foto: Patrick Ems)

La seva vida havia estat travessada per una única passió: els cotxes. Ja de nen, sempre havia jugat amb cotxes. Automòbils de totes les grandàries i de variada tipologia: de policia, turismes o taxis. L’objecte més important de la seva habitació era un pàrquing de tres pisos de color groc. Havia passat tardes senceres fent lliscar els cotxes des del terrat del pàrquing fins a la planta baixa. Tots anaven a parar a un “tren de lavado” amb dues esponges cilíndriques que realitzaven un moviment de rotació quan un cotxe hi entrava a dins.
De jove havia admirat els cotxes que veia pel carrer i una de les seves botigues predilectes eren els concessionaris d’automòbils. Era capaç d’agafar un autobús i anar a visitar una d’aquestes botigues especialitzades de la casa Rover, per exemple, situada en un barri diferent del que vivia, només per anar contemplar com havia quedat la part del portaequipatges, alto de zaga, d’un model nou.
Tant bon punt va tenir edat per conduir va heretar un Seat Málaga del seu pare i en dos mesos ningú va ser capaç de reconèixer-lo. Li va canviar el tipus de rodes, va posar un aerodinàmic aleró sobre el portaequipatges del darrere, el va fer pintar d’un color negre mate. Els vidres de la part posterior els va substituir per uns de foscos tintats. El volant ara era de pell, petit i esportiu.
―Ara sembla un pura sang, però té ànima de tartana ―va riure-se’n el seu pare―. I va en direcció oposada a la del teu estimat Michel Jackson, primer era un blanc insípid i ara és un negre coratjós― va rematar amb un acudit.
Dins d’un cotxe sense pedigrí va iniciar la seva vida d’adult. Amb ell anava a tot arreu i les estones que no tenia cap obligació les dedicava a tunejar-lo.
El pas dels anys va oferir-li “oportunitats”, que era com ell les anomenava. D’aquesta manera va aconseguir algunes "carraques", que era com preferia el seu pare anomenar les seves oportunitats. Amb temps i paciència les seves mans eren capaces de convertir-los, si no en peces de col·leccionista, sí en cotxes que tornaven a viure una segona existència mai prevista per qui l’havia fabricat. Segurament el buga, que era com els anomenava,  que va arribar a fer més patxoca va ser un Mustang del 87 que va convertir en un cotxe llampant que feia girar el cap a qui el veia passar. Mentre es va dedicar a comprar cotxes de segona, tercera o quarta mà, tot va anar bé. Per cada auto invertia les llargues tardes d’un hivern i un cop posat a punt, a la primavera el podia fer circular, “esbravar” deia ell, de  manera que ja era un mitjà de transport domesticat a l’estiu.
El problema s’ha produït quan aquesta tardor va decidir comprar el seu primer cotxe nou. Un Mercedes SL Roadstar. Un cotxe que feia goig només veure’l. Posar la ma sobre la palanca del canvi automàtic assegut al seient entapissat de pell suau i flonja com el cotó fluix el transportava a una part de l’univers que ell sabia que existia però que només coneixia d’oïdes. Encendre el motor i dipositar el peu sobre la palanca d’acceleració i fer el minúscul gest per enfonsar-la no era comparable a res que mai hagués viscut. El motor produïa a les seves orelles música com la de Bach.
Al principi hi pujava dins, el feia emergir del pàrquing i s’incorporava a la circulació de la ciutat. Només transitava per grans avingudes i carrers amples. Mai s’embrancava en entrar en barriades com en la que ell havia nascut. Massa carrers estrets i costeruts. Amb el pas de les setmanes va decidir que no el trauria de la ciutat. Patia per les carreteres estretes i transitades. Transcorreguts els primers mesos el recorregut cada cop es va fer més limitat. Sortia del pàrquing, anava fins al Passeig de Gràcia, girava per la Diagonal i tornava a casa.
Ara  des de fa tres setmanes no el treu. A les tardes seu a l'interior, l’engega una estona, prem l’accelerador i, transcorreguts uns minuts, apaga el motor. Amb els ulls tancats condueix una estona.
Crec que demà agafaré un mall i li destrossaré el Mercedes. Potser així el tornaré a veure feliç.