jueves, 12 de mayo de 2016

El último gesto (MG)


MARIA GUILERA (Foto: Gianni Boradori)

La cocina de casa era pequeña y sin embargo cabía en ella un aparador en el que guardaban los platos, los vasos, y también los cubiertos en dos pequeños cajones. Arrimada a la pared, la mesa de mármol y enfrente la cocina económica con sus redondeles de hierro, que ocultaban el carbón ardiendo y que bajo ningún concepto los niños debían tocar. Tras la puerta, la nevera de madera que se abría brevemente para no dejar escapar el frescor del hielo. Bajo la ventana que daba al patio, el fregadero, idéntico al de las tiendas de bacalao del mercado y a su lado un gran escurreplatos. Las cortinillas de tela a cuadros rojos y blancos colgaban de un alambre fino y tapaban la parte inferior de la cocina. Allí, escondido, estaba el cubo de zinc en donde echar la basura, recubierto con papel de periódico.
La madre y la abuela compartían el espacio y, aunque parezca extraño, no les incomodaba que los demás entraran y salieran  a buscar agua del grifo, a pillar alguna aceituna del bote o simplemente a quedarse un rato para observar sus trajines. Como la abuela estaba ya mayor, sus tareas eran pelar las patatas, desenvainar los guisantes, desechar las piedrecillas camufladas entre las lentejas o doblar los trapos de cocina después de estirarlos con las manos tanto como era posible. Aceptaba esas faenas menores sin queja, pero no le gustaban. De vez en cuando, si estaba sola, se levantaba de la silla de enea para destapar el puchero y controlar el guiso. O, con la cuchara de madera, removía lo que hubiera en la cazuela sin atreverse a levantarla como había hecho en otro tiempo, consciente de la escasa fuerza de sus manos artríticas. Tampoco añadía sal, ni echaba agua, ni hacía nada que pudiese modificar el sabor de las comidas. Ya no era su trabajo. Algunas veces, la nuera le daba el mortero para que machacara en él los ajos, el perejil y cuatro avellanas tostadas. Con paciencia, lo colocaba sobre el delantal, entre sus piernas, orgullosa de la fuerza con que todavía era capaz de presionarlo. En sus manos deformadas, el majador se convertía en un ejecutor preciso que no dejaba escapar nada de su interior. La destreza impedía que saltase al suelo una hoja de perejil, o un cacho de avellana. La paciencia era el secreto del buen majado, no había que darse prisa. Las finas hebras de azafrán se diluían en el agua escasa y teñían de rojo oscuro las paredes blancas del mortero.
¿Ya está listo, madre? decía la nuera sin girarse. Y ella le acercaba el mortero, bien agarrado con las dos manos, para que la joven añadiese al guiso el punto decisivo. Luego se sentaba otra vez y, bajo el mandil, con una mano masajeaba la otra, ambas doloridas y orgullosas, el último reducto de su bien hacer de cocinera.

9 comentarios:

  1. Un relato entrañable, cálido y muy emotivo. Al leerlo, una se siente de nuevo en la cocina de la abuela. Felicidades, María.

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  2. Maria, aquest relat es preciós i tant real! Escrius meravellosament.
    Una forta abraçada.

    Adelaida

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  3. Me gusta la descripción de los pequeños detalles... parece que nos llega el olor del majado. Y la palabra mandil hace mucho que no la oía... por las Canarias no la dicen así. Felicitaciones.
    INMA

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  4. Así imagino a mis abuelas que no conocí. Enlutadas y con el pañuelo sobre los hombros o en la cabeza, cubriéndoles el moñito, y con el inseparable mandil.
    Anna Marta

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  5. Una narració que em transporta a altres temps viscuts a la infantesa (remota), ben explicada, amb la descripció precisa de la cuina dels avis i de la decadència física. Tot plegat ben emotiu. Felicitats !

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  6. La enumeración de los elementos de la cocina es absolutamente impecable y real en los más mínimos detalles.
    La situación interior de la abuela, mezcla de resignación y orgullo, magnífica.
    La narración de la destreza de la anciana haciendo el majado espléndida, como la riqueza del vocabulario empleado.
    Eugeni

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  7. un retrat magistral...Molt tendre...Evoca records, vivències realitats...M'ha emocionat molt..Felicitats..i..no paris mai!!!

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  8. Precioso... como siempre una pintura llena de matices, pero para mí es especial porque utilizas los tonos diferentes que da el castellano. Qué bonitas son las lenguas cuando están bien mostradas!!
    Ni se te ocurra parar,

    El Trasgu

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  9. Entrañable. Mientras lo leía e identificaba la forma de hacer y de vivir de nuestras abuelas, pensaba que es una suerte que personas como tú las retraten y lo dejen escrito con esa virtuosidad, ya que nuestros hijos y menos nuestros nietos, no conocen esta forma de vida que tanto nos emociona recordar. Gracias María.

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