viernes, 20 de mayo de 2016

Cambio climático (VA)


VICENTE APARICIO (Foto: George Rustchev)

Sandra me había enviado el discurso a primera hora de la mañana y yo, como siempre, lo leía ahora, de noche en el despacho de casa.
La parte final no me acababa de convencer, pero había que reconocer que era buena con las palabras. No es fácil escribir para otra persona, encontrar siempre qué decir y hacerlo con el tono adecuado. Ella tenía ese don.
Aunque he hablado cientos de veces en público, está claro que el discurso de aquel día no lo olvidaré.
Tenía que inaugurar a la mañana siguiente en Toledo unas jornadas sobre la incidencia del cambio climático en el medio marino. Al menos esta vez el viaje no iba ser largo.
Los temas eran los habituales: el aumento de la temperatura del agua, los desplazamientos y la extinción de determinadas especies, la disminución de la producción en alta mar, el perjuicio añadido de la sobreexplotación pesquera...
Pero a aquella hora, después de los acontecimientos del día, los problemas del mar habían quedado relegados a un discreto segundo plano. 
Estaba francamente cansada.
Salí del despacho y fui hacia la cocina. Luis estaba acostando a los niños. Sin él, aquella vida hubiera sido imposible. Él se ocupaba de todo, principalmente de las cosas domésticas. 
Cogí un puñado de cerezas del frutero y las puse bajo el agua del grifo. 
El día había empezado con mal pie. Los periódicos me relacionaban con una adjudicación ilegal en el ministerio. Saneamiento de granjas agrícolas. Mientras lo leía, ni siquiera sabía exactamente de qué estaban hablando. Al principio.
Después sí. Se tiene que adjudicar un servicio, te interesa que alguien se haga cargo porque sabes que va a hacerlo bien y te buscas la vida para que sea su empresa la que gane y no otra. No es para tanto. La corrupción es otra cosa, pienso yo.
Las cerezas han sido siempre mi fruta preferida. Me sentaron bien. Oí como Luis les leía un cuento a los niños. Normalmente prefería inventárselos, pero a veces ellos le pedían que leyera. Me lavé las manos y me sequé con un trapo. 
Me había tocado a mí. Los chicos de la prensa estaban al acecho y yo no iba a poder seguir evitándolos. Iba a darles una alegría, esta vez.
Era una buena ocasión para dimitir. "Asumo mi responsabilidad", les diría. Pero la verdad es que estaba cansada, muy cansada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Escribe aquí tu opinión: tus comentarios y tus críticas nos ayudan a mejorar