jueves, 26 de noviembre de 2015

Caprichos de la reina III y IV (NL, MG)

Natàlia Linares / Maria Guilera
(Textos inspirados en "Capricho de reina", de Jean Echenoz)


A vuit mans
Natàlia Linares


Sobre la taula rodona de color blanc, quatre parells de mans. Cada una és la mà dreta que s’aparta una mica de l’esquerra que té al seu costat. Treballen i premen un bolígraf per dibuixar les ordres de cadascun dels seus creadors. Mans executores de deliris de ments actives i a voltes cansades per la pressió acumulada tota la semana. Mans ordenades per quatre ments que treballen, pensen i connecten neurones per a un fi comú: deixar escrita alguna narració sobre el paper, que pot ser blanc, ocre, ratllat o quadriculat.
El silenci es trenca pel so dels mòbils, pel rellotge que fa els quarts, per l'incansable motor de les motos urbanes, per les veus de la gent del carrer que no pot frenar les ànsies de llibertat festiva d'un divendres a la tarda.




Que hi hagi sort
Maria Guilera

 
Fa olor de tancat i és que no hi ha cap finestra oberta. La sala és un espai de color de gos com fuig. El terra fosc, de grans rajoles puntejades, està dividit en dues parts. L’una, molt més gran que l’altra, té fileres de cadires d’aquelles de braç, molt juntes. L’espai que les separa és tan just que només alguns poden seure còmodament. Els altres, els alts, han d’amagar els peus sota la cadira. Sort que la generació que les ocupa no va créixer tant com la d’ara, i els que ho van fer ja han començat a arronsar-se. Damunt el braç de fusta, que belluga perquè sol estar malfixat, hi rellisquen algunes llibretes. Ningú no es queixa, la majoria s’estima més escoltar que no pas escriure.
L’altra part de la sala és més elevada i està encarada a les cadires . Hi ha una pantalla que tapa la pissarra del seu darrera, una taula i aparells de reproducció de so i d’imatge que els usuaris oficials controlen amb desigual perícia.
Al costat de la paret, davant les finestres hermèticament tancades, s’alcen un parell de penja-robes farcits de jaquetes i abrics. Es manté dret, però amb un equilibri inestable. Com un símbol o una metáfora.
Al sostre, avui, un dels tubs fluorescents fa pampallugues i s’han sentit veus reclamant un millor manteniment. Les mateixes veus, fa una estona, s’han alçat indignades pel so d’un telèfon que amb volum creixent omplia l’espai amb les notes de Rosor, Rosor, llum de la meva vida.
Entra una dona enèrgica que saluda i es disposa a començar la classe, però l’atura una parella d’alumnes enfilats a la tarima que pregunten, micròfon en mà, si se’ls sent bé. Ja están a la venda els dècims de loteria de Nadal. I els de la Grossa.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Caprichos de la reina I y II (VA, VH)

Vicenç del Hoyo / Vicente Aparicio 
(Textos inspirados en "Capricho de reina", de Jean Echenoz)


Limones
Vicente Aparicio (Foto: Angela)


La puerta de la entrada es hueca, de melamina. Después viene un pasillo largo con un suelo de parquet encolado de roble al que no le vendría mal un pulido.
A mitad del pasillo, una puerta de color caoba que dejamos a nuestra izquierda, y al fondo, otra puerta igual, la del despacho cerrado a cuya altura giramos para dar unos pocos pasos que nos conducen a una cocina amplia de mobiliario estándard con mármol de silestone. 
Ella se sienta en una silla junto a la mesita que preside un frutero con plátanos y kiwis y yo, atravesando la pieza, llego a la galería y abro la puerta de metal pintada de blanco acrílico que me franquea el paso hasta la terraza.
A mis pies, la ciudad. A la derecha, en la esquina más alejada de mí, rodeado de pequeñas plantas con nombres desconocidos, cerca de la mesa ovalada de listones de madera de teca gastada por el sol, en un grueso tiesto de casi un metro de diámetro, el limonero que plantamos en el 92, con seis frutos amarillos.
Practico un corte experto en uno de los rabitos y sopeso un hermoso limón en la palma de la mano. Dirijo mi potente voz hacia el interior de la cocina. -Nena -le digo-, ¿te traes los gin-tonics?


Vermut
Vicenç del Hoyo 


No entenc perquè l’Albert vol entrar aquí. Està ple de gent cridanera. Molts estan drets. Pocs asseguts. Unes bótes de vi, posades de tal manera, fan de taula pels que drets dipositen els gots i punxen el menjar dels plats. També hi ha unes taules baixes rodejades de tamborets on s’asseuen famílies amb fills. Tots tenen begudes al seu davant i allargats platets de porcellana blanca que contenen menjar dins de líquids vermellosos. Les parets estan decorades amb ampolles de color verd i  transparent. Totes amb etiquetes, amb textos llargs i amb rètols de bibliòfil. Al fons, a mitja alçada hi ha quatre bótes de fusta col·locades horitzontalment. A sota hi ha caixes de plàstic que contenen ampolles que alguns homes amb davantal fan dringar quan les entaforen. De la porta del davant s’escampa una olor a mar i a olivera que omple tot el local.
Jo mai hauria entrat aquí amb tant de xivarri. La culpa no és meva. Han estat unes blanques sabatilles esportives que m’han trepitjat la cua i no he pogut evitar clavar-li una queixalada.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Mudanza (MG)


Maria Guilera (Foto: Jorge Naranjo)

Sentada en el suelo, repaso algunas ventajas de las mudanzas. Librarse de la ropa que hace años no se usa, de los libros no leídos y que nunca se leerán, de las sartenes abolladas en las que se pega la comida, de los frascos de perfume evaporado y de los objetos que la indecisión reunió en cajas de zapatos.
Esta mañana he llevado la impresora al centro de reciclaje. Junto al contenedor de basuras ha quedado un juego de maletas sin ruedas. Ahora les llega el turno a las carpetas de cartón descolorido, transportadas de un lugar a otro y que llevan años sin abrir. Antes de tirarlas, selecciono con crueldad y eficacia, desgarro postales, recortes de periódico y libretas.  Descubro un sobre grande y abultado con tu nombre en mayúsculas y debajo una dirección escrita con trazo más inseguro.  St John’s Hospital, Howden S Rd, Livingston. Noto el sobresalto en el pulso que se agita y el calor que me enciende la cara. Tardo en abrirlo porque sé muy bien qué voy a encontrar. Allí están, veintiocho láminas con los nombres de quienes fueron tus alumnos de arte en la parte superior. Todas con un dibujo coloreado.
Hace muchos años peleamos por ese sobre que yo creí haberte enviado y tú asegurabas no haber recibido. Lo esperabas con las dos piernas enyesadas, aburrido y sin visitas, deprimido y demasiado lejos para que nadie te pudiera acompañar. Pasaste en Escocia dos meses de soledad y tu orgullo, supongo, te impidió reclamar lo que te prometí en nuestra breve conversación telefónica. Los chicos te escribirán, te dije.  Y lo hicieron. Aquí, en esta lámina, está el lago Ness con su monstruo verde y una burbuja saliendo de su boca dentada “Que te mejores, profesor”. Y en ésta una princesa asomada a la ventana del torreón llorando lágrimas como ríos “Me gustaría cuidarte”.  Mezclado entre los dibujos otro sobre más pequeño con mi carta. Compruebo que escribí todo lo que no me había atrevido a decirte mientras estuvimos juntos, tu aula al lado de la mía, yo latín y tu dibujo artístico. Se me daba bien escribir con pasión.
Más láminas. Te hubieras reído al verte dibujado, eras tú sin duda alguna, con falda escocesa y calcetines a cuadros verdes y amarillos soplando una gaita y rodeado de ardillas, zorros de cola rojísima y algún que otro ciervo. Aquí está todo, olvidado sin remedio, jamás lo recibiste.
Nos vimos un par de veces a tu regreso y peleamos.  No me creíste, te dolía que no te hubiera escrito, querías saber por qué no insistí si te sabía solo y fastidiado. Cómo querías que lo hiciera si no había recibido respuesta, si creí que había hecho el ridículo diciéndote aquellas cosas en mi carta. No sé dónde estarás ahora. Me gustaría darte la carpeta, deshacer el malentendido y que supieras que todavía pensaba en ti. A saber dónde estás y qué ha sido de tu vida.  Yo me mudo otra vez, ya no sé cuántas he cambiado de casa y de pareja.
Me levanto, me duele todo. Demasiadas horas sentada en el suelo. Guardo los dibujos y también la carta. Quién sabe, quizás sí pueda hacértelo llegar. Ha pasado mucho tiempo, hoy ya no es como entonces. Es fácil encontrar a la gente.