jueves, 29 de octubre de 2015

La mano (MS)


Mónica Sabbatiello 

En las cocinas se preparaban los desayunos para los niños que iban a la escuela. El barrio olía a tostadas. Simona se sintió atraída por las ventanas iluminadas, aunque le provocaban melancolía. Apuró el paso y una punzada le castigó el pecho. "Anoche fumé demasiado, esos infernales Saratoga". Giró en la esquina y distinguió la casa de Miguel a unos cien metros. Observó la calle desierta y el interior de algunos coches estacionados. Buscaba cualquier indicio de peligro. Vivía con la sensación de riesgo permanente. 
El pañuelo de colores colgaba en la ventana: señal de que todo estaba bien. Aunque era una medida ridícula; si caía la cana: ¿quién se iba a acordar de quitar el pañuelo?
Tocó dos timbres largos y uno corto. Le abrió Miguel -un obrero metalúrgico de treinta años, sindicalista y con algún cargo en la organización-  y la hizo pasar al dormitorio.
Era una casa de ladrillo a la vista en el gran Buenos Aires. De la reunión participaba también Juan, de treinta y tantos, hijo de la alta burguesía. Y ella, de diecisiete, dedicada a tareas de prensa y propaganda.
-Tenés garra, le dijo Miguel a Simona. Y vas a formar parte de la estructura clandestina de la organización.
-Las células son de cinco personas como máximo, compartimentadas por razones de seguridad, agregó Juan, quien hacía tiempo que intentaba acostarse con ella. Sin embargo, esa mañana, entre frase y frase, era Miguel quien le apoyaba una mano caliente donde acababa el borde de su minifalda. La carga erótica la golpeó de lleno en su vientre adolescente.
-Tu único contacto orgánico somos nosotros dos, por el momento, continuó Miguel.
Simona observaba la colcha de flores de la cama de matrimonio, mientras pensaba que debería sentir alguna ilusión, o estar emocionada, pero no.
Elsa golpeó la puerta antes de entrar. Era la mujer de Miguel.  Una ama de casa en un barrio obrero con calles de tierra y vecinos enfangados de maledicencias y traiciones, abandonos, alcohol y peleas. Admiraba a su marido, líder sindical metido en esas cosas peligrosas, de las que no debía saber nada, por motivos de seguridad. Ella estaba para la crianza, la limpieza, la cocina.
Volvió a llamar. Miguel, en tono cortante, respondió un momento, el que se tomó para arrastrar su mano por debajo de la minifalda, hasta muy arriba, para dejarla al fin planear como pájaro herido sobre la colcha.
Simona estaba envarada, confusa e inquieta.
-Ya podés entrar mujer, dijo Miguel.
Silencio mientras Elsa descargaba los pocillos sobre una mesita. Cuando salió, Juan tuvo un ataque de tos. Parecía turbado.  Le dijo a Simona, con voz entrecortada:
-Miguel será tu instructor.
Empezó a llover. Las ráfagas golpeaban la ventana. Simona sintió alas húmedas sobre su ánimo.
He llegado hasta aquí por deber de conciencia, pensó. Y ahora que puedo aumentar mi compromiso, dudo de todo.
-El funcionamiento es vertical, siguió Miguel. Y como en el Ejército, tenés que obedecer. No podés cuestionar.  En  este nivel no se discute. Te vamos a dar instrucciones. Sólo podrás preguntar sobre aspectos técnicos. Vas a tener que tomar más precauciones, en especial cuando tengas que comunicarte con nosotros.
Ella se sentía incapaz de recapitular. Hacía tiempo que actuaba de manera extraña, con poca reflexión, lanzándose hacia adelante ante cada desafío.
-Simona: ¿me estás escuchando?
La voz le llegó desde muy lejos.
-Tu primera tarea será reunir datos de un objetivo. Tenés que pasar caminando por delante de un cuartel sin detenerte, a horas diferentes, con ropa distinta y mucho disimulo.
¿Llegué sola a la conclusión de que  era mi deber comprometerme con la lucha armada? –se preguntaba ella. No lo sabía. Sí se sentía segura de que llegó sola a esa sensación de impotencia, de frustración.
La culpa es de los oligarcas, de los milicos, de los de siempre..., su mente balbuceaba.
-Perdoná,  pero tengo dudas, dijo. ¿Cómo puedo saber si las acciones son políticamente correctas si no sé de qué van y en base a qué se deciden?
-Más adelante podrás venir a las reuniones de análisis y planificación. Ya llegará, compañera, dijo Miguel. Y le palmoteó la pierna apoyada sobre la colcha de flores, tan limpia, tan planchada, sobre la que se sentaban los tres.

1 comentario:

  1. Algunas veces el gesto no es el de hurgar en la memoria sino contemplar como ésta se abre paso y brota desde una vida falsamente enterrada,se desliza como una mano serpenteante, alcanza justo el límite de una falda y se desvanece con un par de golpes discretos tras la puerta cerrada.
    Muy bueno, Mónica.
    Como decía el personaje de mis lecturas infantiles "Me hundiste la nave Capitana de un certero disparo"

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