domingo, 4 de octubre de 2015

El sobre (MS)


Mónica Sabbatiell

Llegamos como antaño. Primero yo, antes de hora. En punto Jaume. Y los demás en el orden de siempre. La última Rita, envuelta en perfume. Sobre la mesa, decapada por los años, el sobre.
Tanto tiempo y ahora el Estado, obligado por la Justicia, había desclasificado la información y nos daba las claves. Para obtenerlas tuvimos que tratar con gente que nos desagradaba. No eran los asesinos, pero sí tipos correosos, envainados, altivos. Herederos de la Secreta. 
–No me animé a abrirlo, preferí esperaros –explicó Marcela, que lo había ido a recoger esa mañana a la delegación de la Brigada Central.
–Para hacer honor al momento, traje vino de Las Colinas del Ebro –dijo Nati, mientras desenvolvía dos botellas manchadas por el tiempo, con marcas blancas e incluso plateadas sobre el oscuro cristal.
Rita nos recordó el vino que bebimos en la despedida, antes de que Enric viajase a Madrid. Al día siguiente él tenía una reunión con los compañeros, en un despacho de abogados.
Resulta increíble, la muerte. Durante la cena estaba tan vivo. Como yo, como todos nosotros. Conversador, burlón, cariñoso. Y un día después, a las diez y media de la noche, era acribillado.
–Anda, sírveme una copa –pidió Rita.
–Era tan cabeza dura. Tarde o temprano tenía que acabar así, como una víctima –susurré, y supe que mi voz denotaba la rabia que los años no habían rebajado, más bien al contrario. Con Enric tenía algo. Él me miraba. Y nunca pude renunciar a esa ligazón no consumada.
–Como una víctima no, murió como un héroe –me corrigió alguien, creo que Marcela.
Comentamos lo extraño que resultaba que su nombre saliese tan poco en los medios de comunicación. Y concluimos que el motivo podía ser esa manía que le tenían a los catalanes en Madrid.
–Ahora –dijo uno de nosotros– podemos dar a conocer su lucha, a partir de los documentos de ese sobre.
Pero ahí estaba la incertidumbre. Una conjetura fantasmal demoraba la acción. Y ninguno abría el sobre.
Enric había sido el mejor. El más valiente, arrojado, temperamental. Entonces: ¿qué temíamos? ¿Qué podía ocultar ese informe que dañara su recuerdo?
Fuimos a la cocina y terminamos de preparar la cena. Jamón, queso, pan tumaca, anchoas, aceitunas, berenjena a la parmesana, solomillo. Pusimos el mantel, los platos, las servilletas, y dejamos el sobre en el centro. Era una sombra en la reunión. Tenía su peso. Parecía exigir que se lo abriese, pero en vez de hacerlo, descorchamos otro Reserva del 77.
Comentamos lo osado que era Enric y la suerte de que no dejara hijos. Siempre evitó formar familia, como si presintiera algo.
La cena se llenó de memoria, aunque no de nostalgia. Nadie echa de menos el miedo. Antes teníamos que hablar en voz baja. Llegábamos y salíamos de a uno. Ya en la calle, nos parábamos ante los escaparates, con disimulo, para comprobar que no nos siguieran. Usábamos nombres de guerra. Todas las precauciones eran pocas.
Pero cuando Franco murió, nos relajamos. Ya no podía pasarnos nada malo. 
Pero sí que podía.
–No sabemos si le metieron uno o diez tiros –dije.
–Ni si se murió en el momento –comentó Marcela.
–Tampoco si la foto lo muestra con los ojos abiertos, con una mirada de horror, o de pena, o de orgullo –dijo Jaume.
Muchas dudas.
El sobre seguía ahí, pudiendo desvelar lo oculto.
–¿Acaso es la verdad lo que esconde? –se preguntó la Nati.
–La verdad de los represores, de los fachas –dije.
– ¿Quién sabe? -dudó Marcela.
–La verdad es como lo recordamos ahora –dijo alguien.
–Si tuviese herederos para exigir alguna reparación económica, quizás valdría la pena, pero así, para ver las fotos de su cadáver, prefiero pasar de largo –dijo Albert.
Y en lugar del sobre, abrimos una botella de cava para brindar por Enric.
Como antaño, cuando quemábamos documentos comprometedores, hicimos una pequeña fogata en el hogar.

3 comentarios:

  1. ¡Qué jodida que eres! Nos envuelves en una atmósfera de intriga, nos develas poco a poco las circunstancias del grupo, sus componentes, el liderazgo de Enric, sus ideales, sus luchas. Las neuronas nos remontan a la matanza de Atocha del 77. Nos narcotizas con vinos excelentes, nos encierras en una atmósfera de misterio. Tienes nuestra alma en vilo y cuando parece que por fin sabremos el contenido del sobre, ¡nos das morcillas con unas copas de cava!

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  2. Como siempre, lo que no se dice es lo que importa. Eso que cada uno intuye o adivina o recuerda o imagina. El crescendo de tu reunión de amigos, de antiguos colegas, lo impone la prolongación del silencio. Y el lector se rinde ante la verdad de lo que no cuentas.

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  3. Como siempre, lo que no se dice es lo que importa. Eso que cada uno intuye o adivina o recuerda o imagina. El crescendo de tu reunión de amigos, de antiguos colegas, lo impone la prolongación del silencio. Y el lector se rinde ante la verdad de lo que no cuentas.

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