jueves, 17 de septiembre de 2015

Clase de historia (MG)


Maria Guilera (Foto: Willy Ronis)

–Aunque no os lo creáis, nenes –dijo mi madre–, del 36 al 39 me pasaron más cosas que en toda mi vida.
Ya había recogido la labor, pero llevaba el dedal en el dedo y mientras nos miraba daba pequeños golpes en la mesa.
–Teníamos a un cura escondido en el lavadero de la azotea.
Nos tenía atentos, como siempre que empezaba a hablar. La guerra era el tema que preferíamos.
–Creía que al abuelo no le gustaban los curas.
A mi hermana le gustaba llevar la contraria.
–Pues no le gustaban, no. Pero no quería quemar a ninguno.
–¿Tú no tenías miedo de las bombas?
Suspiró. Se cogía la punta del delantal y lo doblaba. No respondía en seguida y a mí me daba la impresión de que estaba recordando.
–Bajábamos al refugio con los vecinos. Luego, un día, tu abuelo dijo que no valía la pena, que lo que tiene que ser, es. Y desde entonces nos quedábamos en casa jugando a la lotería.
–¿Cómo se juega a la lotería, mamá?
Mamá arrimó la silla al armario y se subió encima. Abrió las puertas del altillo y sacó una pelota de mimbre, una bolsa negra y una caja de color marrón algo rota por las esquinas.
–La de tiempo que hacía que no me acordaba de esto.
Pero sí se acordaba de las palabras mágicas que acompañaban algunos números. El quince, la niña bonita. El veintidós, los patitos. El treinta y tres, la edad de Cristo.
Nos contó cómo cerraban las contraventanas y se sentaban alrededor de la mesa, cada uno con su cartoncito, y colocaban garbanzos sobre los números. Aunque ganaran, no se podía gritar.

Callábamos. No le gustaban las preguntas. Y ella, de una cosa se iba a la otra.
Hablaba bajito, como si nos contara un secreto.
–La Eugenia era una vecina que vivía justo delante. A veces hacía jabón y por el patio se olía la grasa caliente. Nos quería mucho, la pobre mujer. Yo iba a su casa alguna tarde y le leía las cartas que recibía de su hijo, que estaba en el frente.
–¿Qué es el frente?
Mi madre inclinaba la cabeza a un lado y hacía un gesto con la boca, como si no lo supiera muy bien. Mi hermano lo aclaraba.
–El sitio en donde se peleaban los soldados. Explica lo del jabón, mamá.
–Eso, que la Eugenia estaba agradecida por lo de las cartas. Y cada vez que hacía jabón, nos daba un cacho.

Esperábamos los tres el momento álgido de la narración. Sabíamos, porque la historia había sido cien veces contada, lo que íbamos a escuchar. Éramos niños sin libros de cuentos, nos gustaba la verdad.
–Un día llamó a la abuela, que se asomó enseguida.  Eugenia vivía enfrente, ya os lo he dicho. Y la pobre, por darle una sorpresa…
Aquí hacía una pausa y ponía cara de pena, no fuéramos a creer que la vecina llevase mala intención.
–¿Qué, qué?
–Pues eso, que le tiró el jabón desde su casa por la ventana del patio. Con fuerza, claro, no se fuera a caer abajo. Así perdió el ojo, pobre abuela.
Nos tapábamos la boca con las manos y mirábamos a la abuela, siempre sentada en la butaca al lado de la radio, las manos cruzadas sobre la falda y las gafas con el cristal derecho oscurecido. Ella asentía con orgullo.
–Así fue, sí señor.
Se giraba para que la viéramos bien y pudiésemos preguntarle.
–¿Y qué le dijiste, qué le dijiste a la vecina?
–A la noche, cuando regresamos del hospital, le dije, mira Eugenia, todavía me queda otro ojo, así que si vuelves a hacer jabón me lo tiras, pero avisa que me agacho.

Mamá recogió los cartones y guardó las bolas de los números en la bosa negra. Se volvió a subir a la silla para guardarlo todo en el altillo. La abuela le dijo que cuidado, no se fuera a caer.
–¿Podemos bajar a la calle?
Al salir al rellano, mi hermana mayor tocó con la mano la puerta de enfrente. Aquí era donde vivía la señora Eugenia, dijo.
Ya lo sabíamos. Los nuevos vecinos eran una pareja mayor, sin niños. A nosotros nos hubiera gustado más tenerla a ella, hablarnos por la ventana del patio y saber cómo olía el jabón caliente.

9 comentarios:

  1. teresa serramià samsó18 de septiembre de 2015, 7:41

    preciós, Mariona..Un relat fet amb gran habilitat..Que per si mateix dóna la mida del dramatisme real del moment...Fet amb sensibilitat i gran tendresa sense caure en cap carrincloneria innecessària...M'ha commogut dins al seva senzillesa de gran gust i art literari...El retrat de la mare d'una gran delicades i finesa.....felicitats i gràcies per aquest regal tan especial que ens fas en aquest moment on tot està per veure..Gràcies..i no paris MAI d'oferir-nos aquests regals tan especials....

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  2. Me recuerda las historias que nos narraban nuestros mayores cuando éramos chicos, al calor de una estufa, en una tarde lluviosa, mientras devorábamos el pan con chocolate o con vino y azúcar de nuestra merienda. Todo muy vintage. Hoy se meriendan bollicaos de pastelería industrial y difícilmente se hace vida vecinal de patio interior; pero sobretodo ningún infante se imagina que de la grasa con sosa sale el jabón, si es que el gel no lo ha puesto en olvido. Tempus fugit.

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  3. Precioso María. Me pasaría horas, como los niños, escuchando historias de la abuela contadas con esa maestría, ea decir leyendote.
    Que bien que ya volvéis. Un abrazo

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  4. Sempre em sorprèn l'originalitat dels teus relats.
    Gracies per escriure'ls.
    Adelaida

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  5. Es impresionante como la historia se repite.
    C. Pérez

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  6. Com quan m´explicaba ma mare que collien les molletes de pa amb els dits molls. La guerra la va agafar a Madrid (ella, que anava de vacances amb la padrina i es va trobar entre dos fronts, més de mig any sense contacte amb els pares).
    Etc, etc, etc...

    M. Glòria Oter

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  7. Tus historias son mis historias. Las visualizo, la siento cercanas y para personalizarlas, sólo tengo que poner cara y nombre a los protagonistas de mis recuerdos. Supongo que esto, le debe de pasar a muchos de tus lectores, sobre todo porque nos retorna al origen de las narraciones orales que cada uno llevamos en la mochila de la memoria. Era un tiempo en que las reuniones y visitas familiares no resultaban un incordio o fastidio sino todo lo contrario, un gran acontecimiento en especial para la gente más joven. A falta de poder dejar volar la imaginación a través de la lectura lo hacíamos con las anécdotas, historias y vivencias que solían contar nuestros mayores y de las que éramos fervientes y agradecidos oyentes.
    Gracias por recordárnoslo de una forma tan amena y real.

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  8. Me gusta que se detenga y abra el relato en otras direcciones, me gusta también todo lo no dicho, lo que deja entrever, el espíritu fuerte ante la guerra, el ambiente de época, el punto de vista de la niñez, los detalles, el clima... Sólo quedan muuuchas historias más ocurridas entre esos años que nos tienes que contar, por favor. Precioso. móniKA

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  9. M'encanta reconèixer elements en algunes històries. Per exemple el joc de la loteria. És com si el veiés!!!
    El conte és molt tendre i em trasllada a escenaris de "Cuéntame".

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