miércoles, 23 de septiembre de 2015

Infarto (VA)


Vicente Aparicio 

Al padre de Julio Castro le había dado un infarto. Fuimos al tanatorio en el coche de mi hermana. Antes de entrar al velatorio, ella y mi cuñado se pararon a hablar con tres mujeres; parecían amigas, contentas de volver a verse quizás después de mucho tiempo. La más alta llamaba la atención: melena negra larga y lisa, abrigo lila y botines. Un cirujano se había ganado unos cuantos euros estirándole la cara.
Mamá llegó con Carlos, mi hermano pequeño. Le habíamos regalado un bastón para Reyes y era la primera vez que la veía caminar con él. Mamá con un bastón, qué fuerte.
Entramos todos juntos a darle a Julio el pésame. Carlos, mi hermana Pili, mi cuñado Alberto, mamá y yo. El pobre Julio hacía muy mala cara, pero cumplía con su papel de anfitrión.
-¿Quiénes eran esas? -le pregunté a mi cuñado al salir, rodeándolo con el brazo.
-No lo sé muy bien -Se siente intimidado cuando nota el contacto físico. Me divierte ver como se encoge-. Pili las conoce, hemos coincidido un par de veces por ahí.
-La alta está buenísima -solté, anticipando su reacción de disimulo.
No debe de ser fácil, ser el marido de Pili. Debes convertirte en una especie de mayordomo. La imagino tumbada en el sofá, mirando la tele, envuelta en una manta y diciendo: “Cariño, ¿me traes un yogurt?”.
En el camino de vuelta me quedé medio dormido. Hablaban de cuando Julio Castro y su hermano Andrés venían a Pineda a pasar el verano. El piso daba a la carretera, a las vías y a la playa, todo en primera línea. Lo pasábamos bien. Jugábamos al remigio, les poníamos nota a las bañistas y oíamos a Umberto Tozzi y a Boney M en la radio.
Mientras mi cuñado aparcaba, Pili presumió de que su maridito había madrugado para tenernos la comida hecha al llegar: garbanzos con espinacas y fricandó. El tío no solo cocina, sino que encima cocina bien. Salió a la conversación aquel otro verano, el que fuimos de vacaciones nosotros al apartamento de los Castro.
-¿Dónde lo tenían, en Calafell? -pregunté mientras me limpiaba la boca con una punta de la servilleta.
-No, hijo, no. En Altafulla, ¿es que no te acuerdas? Desde luego, qué memoria tienes. -A mi madre le gusta ponerme en evidencia delante de mis hermanos, no sé por qué. Me lancé como un lobo a por el tiramisú-. Por cierto, ¿te acuerdas de aquella chica a la que le íbais todos detrás?
-Ya será menos, mamá -protesté.
Estaba claro a quién se refería. Una amiga del hermano de Julio nos tuvo todo el verano con la boca abierta, babeando. Llevaba unos tejanos cortos con la lengua de los Rolling en el bolsillo de atrás. Julio dijo que la había espiado en el vestuario de la piscina y se pasó dos meses diciendo que sus tetas eran perfectas. Lo repetía a menudo, muy serio, como si hablara de algo realmente decisivo: “Perfectas, tíos, son perfectas. Mejores que las de las francesas”.
-Sí, hombre, sí, una que siempre iba muy provocativa -siguió diciendo mamá-. Era compañera de Andrés Castro en el instituto. Sus padres tenían cerca una tienda de electrodomésticos que hacía esquina. La primera lavadora que tuvimos la compramos allí.
-Nos acordamos, mamá, nos acordamos -le contesté mientras removía el café. No hay quien se beba el café de casa de mi hermana, me amarga siempre la sobremesa-. Nos acordamos sobre todo de su culo.
Hizo un gesto de desprecio con la mano, muy suyo.
-Pues hoy la he visto en el tanatorio. Pili y Alberto estaban hablando con ella cuando he llegado yo. No se me ha escapado quién era, no.
-No me jodas -exclamé- ¡La del abrigo lila!
-Desde luego no te enteras -intervino mi hermana-, la del abrigo lila es Tere. Y la que vosotros decís se llama Gloria. Llevaba un vestido azul bastante mono. Y unas gafas feas de narices.
Dirigí la mirada hacia mi cuñado, buscando ayuda, pero pasó de mí.
-¿Un vestido azul? No he visto a nadie interesante que llevara un vestido azul -dije con el tono más neutro que fui capaz de interpretar. Se comprende que uno se olvide de un nombre, pero ¿en qué momento se había esfumado para siempre aquel cuerpo?
-A lo mejor es que los abrigos lilas no te dejan ver el bosque  -dijo la filósofa de la familia. Me dieron ganas de pedirle un yogurt.
Acompañé a mamá a casa. Fue agradable verla caminar a mi lado con el bastón, tan dignamente. No he salido a ella. Ella siempre parece estar haciendo las cosas como mínimo por segunda vez.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Clase de historia (MG)


Maria Guilera (Foto: Willy Ronis)

–Aunque no os lo creáis, nenes –dijo mi madre–, del 36 al 39 me pasaron más cosas que en toda mi vida.
Ya había recogido la labor, pero llevaba el dedal en el dedo y mientras nos miraba daba pequeños golpes en la mesa.
–Teníamos a un cura escondido en el lavadero de la azotea.
Nos tenía atentos, como siempre que empezaba a hablar. La guerra era el tema que preferíamos.
–Creía que al abuelo no le gustaban los curas.
A mi hermana le gustaba llevar la contraria.
–Pues no le gustaban, no. Pero no quería quemar a ninguno.
–¿Tú no tenías miedo de las bombas?
Suspiró. Se cogía la punta del delantal y lo doblaba. No respondía en seguida y a mí me daba la impresión de que estaba recordando.
–Bajábamos al refugio con los vecinos. Luego, un día, tu abuelo dijo que no valía la pena, que lo que tiene que ser, es. Y desde entonces nos quedábamos en casa jugando a la lotería.
–¿Cómo se juega a la lotería, mamá?
Mamá arrimó la silla al armario y se subió encima. Abrió las puertas del altillo y sacó una pelota de mimbre, una bolsa negra y una caja de color marrón algo rota por las esquinas.
–La de tiempo que hacía que no me acordaba de esto.
Pero sí se acordaba de las palabras mágicas que acompañaban algunos números. El quince, la niña bonita. El veintidós, los patitos. El treinta y tres, la edad de Cristo.
Nos contó cómo cerraban las contraventanas y se sentaban alrededor de la mesa, cada uno con su cartoncito, y colocaban garbanzos sobre los números. Aunque ganaran, no se podía gritar.

Callábamos. No le gustaban las preguntas. Y ella, de una cosa se iba a la otra.
Hablaba bajito, como si nos contara un secreto.
–La Eugenia era una vecina que vivía justo delante. A veces hacía jabón y por el patio se olía la grasa caliente. Nos quería mucho, la pobre mujer. Yo iba a su casa alguna tarde y le leía las cartas que recibía de su hijo, que estaba en el frente.
–¿Qué es el frente?
Mi madre inclinaba la cabeza a un lado y hacía un gesto con la boca, como si no lo supiera muy bien. Mi hermano lo aclaraba.
–El sitio en donde se peleaban los soldados. Explica lo del jabón, mamá.
–Eso, que la Eugenia estaba agradecida por lo de las cartas. Y cada vez que hacía jabón, nos daba un cacho.

Esperábamos los tres el momento álgido de la narración. Sabíamos, porque la historia había sido cien veces contada, lo que íbamos a escuchar. Éramos niños sin libros de cuentos, nos gustaba la verdad.
–Un día llamó a la abuela, que se asomó enseguida.  Eugenia vivía enfrente, ya os lo he dicho. Y la pobre, por darle una sorpresa…
Aquí hacía una pausa y ponía cara de pena, no fuéramos a creer que la vecina llevase mala intención.
–¿Qué, qué?
–Pues eso, que le tiró el jabón desde su casa por la ventana del patio. Con fuerza, claro, no se fuera a caer abajo. Así perdió el ojo, pobre abuela.
Nos tapábamos la boca con las manos y mirábamos a la abuela, siempre sentada en la butaca al lado de la radio, las manos cruzadas sobre la falda y las gafas con el cristal derecho oscurecido. Ella asentía con orgullo.
–Así fue, sí señor.
Se giraba para que la viéramos bien y pudiésemos preguntarle.
–¿Y qué le dijiste, qué le dijiste a la vecina?
–A la noche, cuando regresamos del hospital, le dije, mira Eugenia, todavía me queda otro ojo, así que si vuelves a hacer jabón me lo tiras, pero avisa que me agacho.

Mamá recogió los cartones y guardó las bolas de los números en la bosa negra. Se volvió a subir a la silla para guardarlo todo en el altillo. La abuela le dijo que cuidado, no se fuera a caer.
–¿Podemos bajar a la calle?
Al salir al rellano, mi hermana mayor tocó con la mano la puerta de enfrente. Aquí era donde vivía la señora Eugenia, dijo.
Ya lo sabíamos. Los nuevos vecinos eran una pareja mayor, sin niños. A nosotros nos hubiera gustado más tenerla a ella, hablarnos por la ventana del patio y saber cómo olía el jabón caliente.

jueves, 10 de septiembre de 2015

La conquesta de l'espai (VH)


Vicenç del Hoyo

Al carrer on vaig néixer hi havia unes quantes botigues però totes eren a la banda de mar. El meu barri urbanitza les faldes de la serralada de Collserola. Són uns edificis amb vocació de ser una petita comunitat que els uneix una porció de sòl enjardinat. Cap d’aquests edificis pot contenir una botiga. Són casalots, ínsules que diria en Sancho, de quatre plantes amb quatre portes per replà. Setze famílies agermanades per una escala central. L’arquitecte que va dissenyar la barriada no va pensar que els habitants havien de comprar allò que menjaven, la roba que vestien o reparar les sabates que calçaven. Al voltant d’aquest nucli urbà havien aparegut noves edificacions, aquestes sí amb capacitat per contenir botigues a les plantes baixes.
El meu carrer era un carrer límit i frontera entre aquestes dues zones. A la banda solana, que era on estava casa meva, només hi havia jardins i entrades a les minúscules vivendes. A la part obaga, els edificis eren contigus i sense espai per a la vegetació. Era la vorera que havíem de transitar quan anàvem a comprar. Al xamfrà hi havia la primera botiga. Era un bar i una bodega alhora. Primer s’havia dit Marcel·lí però en algun moment van canviar el rètol, sense canviar d’amos, i en lloc de dir-se bar bodega va passar a dir-se Snack Bar i en lloc de Marcel·lí es va retolar Sputnik. Els clients eren el mateixos de sempre, les bótes de fusta estaven tan negres com anys abans i les ampolles de conyac i vermut conservaven la mateixa pols del primer dia de la fundació del barri i de l’univers. Allà comprava el gel per pessetes i les ampolles que m’havien d’omplir de vi blanc de Tomelloso, que era el que prenia el meu pare. Al costat hi havia la lleteria. Maite es deia la filla de la propietària i en la meva imaginació queda una barreja inseparable de llet, nata, iogurt de vidre retornable i els pits de la noia. Anys més tard van explicar-me que existien uns mamífers anomenats vaques que tenien alguna mena de responsabilitat en aquell negoci. Però mai vaig saber com integrar uns animals tan bruts amb l’univers tan dolç de la lleteria. Una mica més enllà hi havia la botiga de queviures. Lloc on la meva mare ens tenia prohibit anar a comprar. Les úniques ocasions en què ens enviava allà eren els diumenges a hores intempestives a comprar safrà. La resta de coses les havíem d’adquirir a d’altres establiments. I, al final del carrer, hi havia una fleca que també teníem prohibit visitar. Al meu pare, a qui no li agradava gens ni mica el pa que hi feien. deia que era xiclet. Ens enviava a l’altre confí del barri, just on s’acabava per la banda de la muntanya, a comprar el pa amb torna a un forn on sempre hi havia una cua que arribava al carrer i on tenien les barres de pa dretes en una mena de lleixes giratòries que anaven omplint des de l’obrador. I una mica abans d’arribar al forn hi havia la barberia. Lloc d’infaust record perquè mai em va agradar tallar-me els cabells ni aquell ambient tan masculí a les antípodes de la lleteria de la mare de la Maite. Un parell d’entrades més a la vora hi havia dos sabaters, un que arreglava sabates i un altre, que a més a més, feia claus, un que mai tenia cap client i un altre en el qual sempre hi veies gent.
La meva mare no feia servir ni l’un ni l’altre, ja que feia reparar el calçat en una botiga que estava al costat del mercat municipal on anava a comprar cada dissabte.
No sé perquè però jo sempre vaig sentir atracció per la botiga fosca i llòbrega del sabater solitari. Feia el possible per passar pel davant de la porta i mirar a l’interior. Indefugiblement veia al senyor Datiu, que així es com es deia la botiga, Ràpid Datiu, assegut amb el seu vell davantal de cuir amb una sabata del revès a sobre dels genolls, amb una agulla i fil cosint mitja sola. En Datiu era per a mi com el Gepetto però sense cap fill de fusta. Un senyor de cabell blanc, ulleres daurades rodones i maneres dolces. Per a mi era un personatge i una botiga d’una altra època i, potser, d’un altre barri. Els veïns explicaven que era la botiga més antiga. De les altres, sempre hi havia algú que recordava la inauguració, Sputnik a banda. Del Ràpid Datiu tot era antic, inclús el nom.
Un dia no me’n vaig poder estar i hi vaig entrar. Va ser un rampell. Un cop dins me’n vaig adonar que no sabia què dir, què demanar. Ell em va mirar com si fos de la família. A la seva pregunta no se’m va ocórrer cap altra resposta que:
―El meu pare diu si em pot donar uns quants claus?
Ell va escampar un grapat generós de clauets sobre un tros de diari que després va servir per embolicar-los. Me’ls va posar a la ma i em va dir:
―Té. Espero que en tingui prous. Pots venir encara que el teu pare no t’encarregui res.
No sé que vaig notar, però mai més vaig voler tornar a entrar.