viernes, 12 de junio de 2015

Gaseosa (VA)


Vicente Aparicio

Yo estaba con Lola, la primera vez. Habíamos pedido unas bravas en una terraza y hablábamos de medicamentos. La salsa picaba bastante, Mientras ella alababa las virtudes de la amoxicilina con la boca llena, oí la primera palabra: “Azul”. Había gente en las mesas de al lado, pero nadie había dicho nada. ¡La palabra había llegado sola!
-¿Has oído lo que yo? -le pregunté. Puso cara de que no.
En la cola, cuando iba a pagar, volvió a ocurrir. “El carisma de las imágenes”, dijo una voz, “está por los suelos”. No era la misma voz que antes (esta vez era la voz de una mujer, seguramente una mujer de treinta y pocos años), pero las palabras habían vuelto a manifestarse de algún modo.
En el camino de regreso, Lola parecía abstraída. A mí me dolía el estómago.
-Mientras te esperaba -me dijo-, me ha pasado una cosa muy rara. He oído una voz. Una voz que no sé de dónde ha salido. ¿Sabes lo que ha dicho? Ha dicho: “En el arte, solo el mal tiene sentido. El bien es una invención socialdemócrata.”
-¿Era la voz de una mujer? -le pregunté.
-No, yo diría que era un hombre mayor, con acento andaluz, quizás de la parte de Córdoba.
Pero estábamos muy cansados y nos fuimos a dormir. Mira que es raro, el mundo.

A la mañana siguiente estaba mucho mejor del estómago. En la televisión mencionaron el tema: al parecer la gente había comenzado a oír voces. Palabras, frases, conversaciones. Los expertos se esforzaban por aventurar una explicación, pero no me parecieron convincentes.
Mientras me duchaba, un adolescente habló desde detrás de la toalla colgada. Dijo algo sobre un movimiento musical escandinavo de clase obrera cuyos miembros habían acabado practicando ritos satánicos y quemando iglesias.
En la parada del autobús dos discursos se cruzaron delante de mí. Uno de ellos daba por hecho, con gran alegría, el fracaso de los movimientos ciudadanos antisistema que habían esperanzado al mundo. Del otro no entendí nada, pues parecía compuesto de palabras que resultaban creibles, pero no existían en nuestro idioma. 
Yo observaba a los demás: parecían sobresaltarse de tanto en tanto y quedarse como pensativos, pero después disimulaban.
Lola, que trabaja en una inmobiliaria, me dijo que una voz extranjera la había perseguido todo el día de piso en piso sin compasión.

Hemos oído tantas cosas desde entonces, tantas palabras vagando por ahí sin rumbo ni explicación, que ya ni hablamos de ello. Pero así fue como empezó todo.
Las voces son discretas. No gritan, no podría decirse que interrumpan nada importante. A veces hasta resultan instructivas. Yo mismo he aprendido mucho con ellas, aunque la mayoría de las veces no me interesen. El mes pasado, por ejemplo, no había manera de quitarme de encima a un representante de gaseosas de la marca Dr. Pepper. Es la más antigua de las que aún se venden en los Estados Unidos. La creó un tal Morrison en Texas, en 1885.
Quién sabe lo que debo andar yo diciendo por ahí.

1 comentario:

  1. Un tema que a tu estilo narrativo le va como anillo al dedo.
    Hoy, en el mercado, creo haber escuchado algo. Pero al ser la primera vez, no estoy muy segura si provenía del espacio exterior o de la pescadería.

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