viernes, 10 de abril de 2015

Churros sin chocolate (VA)


 Vicente Aparicio 

-Y ahora, el puto chocolate se ha quemado.
Eso es lo que me dice el hombre. Me he asustado. Su agresividad me intimida y me he asustado un poco. No es por mí. Tengo miedo porque algo imprevisible podría suceder. No sé bien el qué. Eso es lo que me da miedo. El día menos pensado a alguien se le va la cabeza y la arma. Lo vemos en las noticias, siempre en las noticias, pero ¿y si fuera este el tipo? ¿Y si fuera ahora, aquí?
Qué tontería.

La vi el otro día pasando con el autobús. Mira, una churrería, le dije a Inés. Pero ya habíamos pasado de largo.
No es fácil encontrar churros por aquí. El primer domingo que quise comprarlos, ella me habló de su churrería de toda la vida. Pero no hace falta que vayas, cariño, añadió. Cuando llegué, estaba cerrada. En el bar de al lado me informaron de que llevaba seis meses así. Lo intentamos más adelante, por vacaciones, en otra zona del barrio, pero habían cerrado también. Un negocio en vías de extinción.
Hace ya dos años que me mudé a vivir con Inés. Hasta el día del autobús no había visto esta otra churrería. Solemos cogerlo en dirección contraria, hacia el centro.

-¿A qué hora abro? A la hora que me da la gana. ¿Qué son, las nueve menos cinco? Pues he abierto a las nueve menos diez porque no me ha apetecido abrir a las ocho y media. ¿Le parece una buena razón?
Me encojo de hombros, no sé qué decir. Uno no se espera que le hablen así, aunque en realidad, ¿por qué no?
-A usted esto le importará un pito, pero resulta que a mí no. Lo siento: le ha tocado. La verdad es que estoy cansado. Hasta los cojones. No me mire así, hombre.
-Con la crisis, ya se sabe: poca gente, ¿no?.
-Poca y mala. Vienen, se sientan ahí en esa mesa, le hacen fotos al desayuno y se las envían a un montón de subnormales como ellos. ¡Fotos al desayuno! Pero esto qué es, dios santo, esto qué es. ¿Lo puede usted entender? Pues lo peor no es que les hagan fotos a los churros. Si su edad mental no da para más, qué le vamos a hacer. Lo que no hay quien soporte es que encima vengan a contártelo. Me enseñan el teléfono y me hablan como si las putas fotos fueran la hostia de interesantes y pretenden… pretenden…, yo qué sé lo que pretenden. Que les ría la gracia. ¿Azúcar?
-Un poco, no mucho.
Desaparece un momento y me deja solo. El local está bastante sucio. Aunque no me he fijado mucho, está claro que él tampoco va muy limpio. En el pelo es fácil de ver. Cuando regresa, parece fuera de sí.
-Y ahora, el puto chocolate se ha quemado -me grita.
Son solo unos segundos. Tengo miedo durante unos segundos. Nervios en el estómago.
-Ya me dirá usted lo que quiere hacer. Con el chocolate, me refiero. ¿Sabe qué le digo? Que no puedo más. Ya se lo he dicho: hoy soy yo, yo, quien va a dar el coñazo, y le ha tocado a usted. Estoy cansado y enfermo, quiero jubilarme. Pero solo tengo cincuenta tacos. ¿Qué hago yo aquí quince años más, aguantando a gilipollas? Menudo plan.
Lo está pasando mal de verdad, no finge. Sufre. Hay algo que parece haberle superado.
-No se preocupe por el chocolate. ¿Cuánto es?

En casa se lo cuento a Inés. El susto ha durado solo unos segundos. Ahora son las ganas de contarlo. Pobre hombre. Un desgraciado, un friqui. Nos compadecemos de él, pero también nos reímos.
-Escríbelo -me dice.
-No, no puedo escribir eso -contesto-. No tiene mayor interés. Es una situación real, no me parece ético.

Y sin embargo, lo escribo.
Antes de darlo por acabado, me subo al autobús y me bajo en la parada de los churros. No es domingo, sino un día cualquiera. Miro desde la acera de enfrente. La churrería está abierta. Lo veo tranquilamente apoyado en el mostrador, charlando con una mujer. Se la ve contenta. Él también. Respiro aliviado.
Parece mentira pero me he quitado un peso de encima. ¿Qué me creía? ¿Que se iba a saltar la tapa de los sesos? ¿Que iba a hacer volar la churrería por los aires?
Qué tontería.

Pero no es verdad que me haya subido al autobús. He pensado que eso quedaría bien en el cuento y lo he escrito, pero no he ido hasta allí.
Ahora sí. Ahora sí que he cogido el autobús y he venido hasta aquí. Estoy realmente en la acera de enfrente, mirando hacia la churrería. Es domingo, las once de la mañana.
La churrería está cerrada y no tiene pinta de abrir.

2 comentarios:

  1. ¿Qué podemos hacer? El relato abre capas. Te desnuda, y es invierno. Es como un film breve, un corto, y a la vez un grave asunto que abre, destornilla del fondo tantas dudas. Me gusta e inquieta. MOniKA.

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  2. La dirección de la churrería, por favor. A la mierda el colesterol.

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