viernes, 24 de abril de 2015

Llamp (VH)


Vicenç del Hoyo (Foto: William Wegman)


Parlo en nom de la família que és qui m’ha demanat que us adreci unes paraules en aquesta ocasió. Són paraules difícils de dir, no només perquè un no espera tenir l’obligació d’haver-les de dir mai, sinó perquè les paraules no serveixen per enfrontar-se a aquesta situació.
En aquest cas és, fins i tot, més difícil perquè he de parlar d’un ésser mut. No puc fer servir el recurs d’esmentar alguna frase que ell pronunciés en cap situació, de cap confidència que m’hagués comunicat, de cap record que ell m’hagués explicat. Res de res. Hem d’imaginar completament la seva vida interior. Sobre ella podem especular però ningú pot dir res amb certesa.
Així que jo intentaré parlar dels seus actes, de les conductes que duia a terme i dels sentiments que era capaç de provocar-nos. Si la família ha confiat en mi ha estat perquè jo era qui el passejava. Cada matí i cada vespre anava a buscar-lo i sortíem al carrer. El matrimoni Sorribes, donada la seva avançada edat, no estava en condicions de resistir les estrebades i la ferotge energia que corria per les seves venes. Era un ésser ple de vida, sempre amatent a tot el que passava al seu voltant, mai va deixar de bordar a cap gat que fes acte de presència. Minuciós i sistemàtic a l’hora de marcar el seu territori. Cap arbre ni cap xamfrà li passava desapercebut. Del Llamp, només podria dir coses bones.

sábado, 18 de abril de 2015

El enrolador (LE)


Lola Encinas (Foto: Marcelo Grande)  


El olor a ozono y salitre penetra en mi nariz mientras la humedad taladra mis huesos. Una espesa niebla cubre los muelles y el viento del norte sacude las maromas de las barcas que, rechinando, resisten los embates del agua.
Es la última noche de octubre. Un precoz y gélido tiempo nos anuncia la llegada del invierno.
Con las manos enfundadas en el tabardo y la gorra calada hasta los ojos, apresuro el paso. Mi destino es la vieja taberna, el oasis etílico y de compadreo y el simulacro de hogar para los que no lo tienen o les queda demasiado lejos. Estará abarrotada, hoy ha sido día de cobro, pero sé que no tendré problemas para reconocerle.

Una bocanada de humo, alcohol y humanidad me saluda al entrar. Me voy hacia una mesa arrinconada del bullicio central. Las risas y los gritos lo inundan todo, como  fondo se oyen cantos nostálgicos al son de un acordeón, todo se mezcla en un armónico caos. Hombres rudos en busca de la compañía, cháchara y, por qué no, un poco de ternura que les ofrecen expertas mujeres con apariencia de sirenas interesadas y al mismo tiempo generosas. Unos y otros, recostados en la barra o en mesas cubren sus necesidades, mientras vacían y llenan sus depósitos con la droga del olvido.
Como es habitual, nadie repara en mi presencia, una vez más soy un privilegiado espectador de la vida. Los actores desfilan ante mí interpretando el guión que en raras ocasiones es elegido voluntariamente.
Ahí está él, tendrá unos 25 años, es corpulento aunque no en exceso y bien parecido, pero los estragos de la mar y el sol han hecho mella en la piel de su rostro y le hacen parecer más viejo.
El tabernero se niega a servirle  más copas y le reclama el pago de lo ya servido. Está muy borracho. Con gesto pueril y fanfarrón saca su abultada cartera del bolsillo trasero. Se nota que acaba de cobrar su último viaje.
(Según he oído comentar, ha tenido mucha suerte, se ha salvado por los pelos del accidente que hace dos días hubo en su barco, en el que murieron varios de sus compañeros).
Al final, con dificultad y a regañadientes, paga la cuenta y sale dando tumbos de la taberna a enfrentarse con la noche y el frío. Va en busca de otro bar.
Dos marineros que han estado pendientes de la escena, salen tras él.
Y como se acerca la hora, yo también me uno a la comitiva.
Los dos hombres caminan más rápido y más seguros que el chico, que tambaleándose avanza y retrocede. Procuro guardar una cierta distancia, no quiero ser descubierto. Pronto le alcanzan, le flanquean, el muchacho les mira sonriente y sorprendido.  Sacan de sus bolsillos sendas hojas que iluminan la calle con su brillo. Entran y salen varias veces del cuerpo, recogen la cartera y con la misma rapidez se pierden entre la bruma nocturna.
Me acerco a la desmadejada figura, que yace en el suelo herida de muerte… Me mira, creo que me reconoce. Su agónica mirada me suplica que le deje, que aún es pronto, que le quedan muchas cosas pendientes por hacer...
Le digo que es imposible. Esta vez, ni él ni yo podemos eludir el destino. Una vez más, debo llevar a cabo la misión encomendada, la de seguir ampliando y renovando la tripulación del universo. Me responde con un gesto comprensivo y se viene conmigo.

viernes, 10 de abril de 2015

Churros sin chocolate (VA)


 Vicente Aparicio 

-Y ahora, el puto chocolate se ha quemado.
Eso es lo que me dice el hombre. Me he asustado. Su agresividad me intimida y me he asustado un poco. No es por mí. Tengo miedo porque algo imprevisible podría suceder. No sé bien el qué. Eso es lo que me da miedo. El día menos pensado a alguien se le va la cabeza y la arma. Lo vemos en las noticias, siempre en las noticias, pero ¿y si fuera este el tipo? ¿Y si fuera ahora, aquí?
Qué tontería.

La vi el otro día pasando con el autobús. Mira, una churrería, le dije a Inés. Pero ya habíamos pasado de largo.
No es fácil encontrar churros por aquí. El primer domingo que quise comprarlos, ella me habló de su churrería de toda la vida. Pero no hace falta que vayas, cariño, añadió. Cuando llegué, estaba cerrada. En el bar de al lado me informaron de que llevaba seis meses así. Lo intentamos más adelante, por vacaciones, en otra zona del barrio, pero habían cerrado también. Un negocio en vías de extinción.
Hace ya dos años que me mudé a vivir con Inés. Hasta el día del autobús no había visto esta otra churrería. Solemos cogerlo en dirección contraria, hacia el centro.

-¿A qué hora abro? A la hora que me da la gana. ¿Qué son, las nueve menos cinco? Pues he abierto a las nueve menos diez porque no me ha apetecido abrir a las ocho y media. ¿Le parece una buena razón?
Me encojo de hombros, no sé qué decir. Uno no se espera que le hablen así, aunque en realidad, ¿por qué no?
-A usted esto le importará un pito, pero resulta que a mí no. Lo siento: le ha tocado. La verdad es que estoy cansado. Hasta los cojones. No me mire así, hombre.
-Con la crisis, ya se sabe: poca gente, ¿no?.
-Poca y mala. Vienen, se sientan ahí en esa mesa, le hacen fotos al desayuno y se las envían a un montón de subnormales como ellos. ¡Fotos al desayuno! Pero esto qué es, dios santo, esto qué es. ¿Lo puede usted entender? Pues lo peor no es que les hagan fotos a los churros. Si su edad mental no da para más, qué le vamos a hacer. Lo que no hay quien soporte es que encima vengan a contártelo. Me enseñan el teléfono y me hablan como si las putas fotos fueran la hostia de interesantes y pretenden… pretenden…, yo qué sé lo que pretenden. Que les ría la gracia. ¿Azúcar?
-Un poco, no mucho.
Desaparece un momento y me deja solo. El local está bastante sucio. Aunque no me he fijado mucho, está claro que él tampoco va muy limpio. En el pelo es fácil de ver. Cuando regresa, parece fuera de sí.
-Y ahora, el puto chocolate se ha quemado -me grita.
Son solo unos segundos. Tengo miedo durante unos segundos. Nervios en el estómago.
-Ya me dirá usted lo que quiere hacer. Con el chocolate, me refiero. ¿Sabe qué le digo? Que no puedo más. Ya se lo he dicho: hoy soy yo, yo, quien va a dar el coñazo, y le ha tocado a usted. Estoy cansado y enfermo, quiero jubilarme. Pero solo tengo cincuenta tacos. ¿Qué hago yo aquí quince años más, aguantando a gilipollas? Menudo plan.
Lo está pasando mal de verdad, no finge. Sufre. Hay algo que parece haberle superado.
-No se preocupe por el chocolate. ¿Cuánto es?

En casa se lo cuento a Inés. El susto ha durado solo unos segundos. Ahora son las ganas de contarlo. Pobre hombre. Un desgraciado, un friqui. Nos compadecemos de él, pero también nos reímos.
-Escríbelo -me dice.
-No, no puedo escribir eso -contesto-. No tiene mayor interés. Es una situación real, no me parece ético.

Y sin embargo, lo escribo.
Antes de darlo por acabado, me subo al autobús y me bajo en la parada de los churros. No es domingo, sino un día cualquiera. Miro desde la acera de enfrente. La churrería está abierta. Lo veo tranquilamente apoyado en el mostrador, charlando con una mujer. Se la ve contenta. Él también. Respiro aliviado.
Parece mentira pero me he quitado un peso de encima. ¿Qué me creía? ¿Que se iba a saltar la tapa de los sesos? ¿Que iba a hacer volar la churrería por los aires?
Qué tontería.

Pero no es verdad que me haya subido al autobús. He pensado que eso quedaría bien en el cuento y lo he escrito, pero no he ido hasta allí.
Ahora sí. Ahora sí que he cogido el autobús y he venido hasta aquí. Estoy realmente en la acera de enfrente, mirando hacia la churrería. Es domingo, las once de la mañana.
La churrería está cerrada y no tiene pinta de abrir.