jueves, 26 de junio de 2014

Entre nubes (NL)


Natàlia Linares

No sé por qué he subido. Sabía que esto iba a ocurrir. Tengo calor. Me sudan las manos.
Siento que voy a gritar.
-Señorita, ¿hay aire aquí?
-¿Aquí dónde? ¿En el pasaje?
-Es que está todo tan cerrado. Estas ventanas tienen triple cristal por lo menos, y he pensado que aquí el aire por dónde entra.
-Tranquila, señora, que si es por eso, aire hay.
-Oxígeno. ¿Hay oxígeno? Es que me ahogo. Y si me ahogo me muero.
-Tranquilícese, señora, ahora le traigo un vaso de agua.
Siempre voy en contra de mis principios. Si digo que no vuelo, es que no vuelo. No he nacido pájaro, ¿eh que no? Es contra natura forzarse a volar.
-Oiga, señorita, es que creo que estoy algo alterada. ¿Falta mucho?
-¿Quiere una pastilla y una revista? Verá qué bien.
-Pero... una hora, dos... ¿Cuánto falta?
-La llegada está prevista a las once.
Todavía dos horas. O más.
¿Por qué dice “está prevista”? ¿Qué significa, que no es seguro? ¿Que puede que tarde más? Me duele la cabeza. Siento náuseas. Si han calculado a las once, tendrán combustible hasta esa hora. Pero si llegamos más tarde el combustible se va a agotar.
¡Y esos tan tranquilos! El chico de mi izquierda duerme plácidamente, se ha dormido abrazándose con sus brazos, se debe sentir más seguro. A mi derecha tengo a un señor que hace crucigramas.
-Oiga, señor, es que no estoy bien, ¿sabe? Me siento aprisionada. ¿Podría cambiarme el asiento? Aunque solo sea por un rato.

Parece que desde aquí veo mejor.
Ahora veo el pasillo. Y el fondo. Allí detrás de esa puerta está la tripulación.
Supongo que ellos tienen familia, tienen una vida feliz y no querrán morir hoy en un accidente. Pero. Y si hoy tienen un mal día, qué se yo, no se encuentran bien, tienen un resfriado y entre estornudo y estornudo pierden el control, o no han pasado una buena noche.
Ahora no se ve a ninguna azafata. Dónde deben estar, esto no es tan grande. Deben estar con la tripulación hablando y celebrando algún aniversario.
Huy, huy qué pasa ahora. Eso pinta mal.
La luz se enciende. Y ahora vienen las azafatas.
-¿Oiga, señorita, qué pasa? ¿Ocurre algo, hay algún problema? ¿Los motores van bien?
-Nada, nada, unas pequeñas turbulencias.
-¿Y si me da un ataque al corazón? ¿Aquí, quién podría atenderme?
-¿Pero usted sufre del corazón? 
-No, pero a partir de ahora podría empezar a sufrir, ¿no?
Si es que me boicoteo yo misma. ¿No le dije que no? Pues es que no. Le dije no, yo no voy a ir. ¿Pues por qué narices tengo que ir? Que se casa, pues ya me enviará las fotos, ya la veré por Facebook.
¿Por qué he subido aquí? Dios, Dios, Vírgenes y todos los Santos, qué oración hay para estos momentos de terror infinito. Algún Santo, un Mártir que venga en mi socorro.
¡Creo que me va a dar un síncope!
¿Y si me levanto? Ahora no están las chicas, otra vez.
-Hola, mire, es que me estoy agobiando mucho, mucho, pero mucho.
-Oiga, señora, ¿quiere tranquilizarse? Está molestando al pasaje. Siéntese. Le tendré que recomendar un calmante. ¿Lo quiere?
-Eso. Deme un calmante. Cálleme la boca, anule mis quejas, desatienda mi dolor, desenchúfeme del mundo. Mejor lánceme por una de esas puertas, como quien suelta lastre.
No sé por qué he subido. O sí. Sí lo sé. He subido para demostrar que soy capaz de hacerlo. Pero ya sabía que lo iba a pasar mal. A la vuelta lo hago andando, todo, antes que volver a esta silla de tortura. Con este minicinturón que parece que no me agarra lo suficiente.
-¿No tienen cinturones normales, como los que tengo en el coche, que me sujeta el cuerpo?
-Tómese este tranquilizante.
-Pero, ¿y si luego no me despierto? ¿Cómo sabe usted que ese tranquilizante, a mí me va a sentar bien? ¿Acaso me ha hecho una analítica? 
Señorita, que usted no me comprende. Que nadie me comprende, que hablo y nadie me escucha. Que me ahogo, y que estoy aquí mirándola, pero es como si ya estuviera muerta.
¿Puedo entrar en la cabina de tripulación? Quiero ver quien pilota este trasto. Antes han dicho por micrófono que se llama Carlos Artes, y ese, precisamente, es el nombre de la calle donde yo viví durante 20 años, cuando estaba casada con un hombre que me lo hizo pasar muy mal, y que se llamaba también Carlos, y fueron unos años de pesadilla.
-Señora, lo siento, y le digo que no puede entrar.
-Seguro que lleva bigote.
-¿Quién?
-El piloto, el sr. Carlos Artes, ¿a que sí? Casi todos los Carlos llevan bigote.
-Pues no.
-Señora, tómese usted esta pastilla y verá qué bien le sienta.
-Que no. Que a saber cómo reacciona luego mi cuerpo.
-Su cuerpo no lo va a sentir.
-Traiga pues, pero que sepa que voy a suicidarme. Me suicido delante de usted, y estoy haciendo, otra vez, algo que no quiero. Solo una cosa más. Cuando esté muerta ciérreme la boca. No quisiera quedarme con la boca abierta, quién sabe lo que luego puede entrar.

jueves, 19 de junio de 2014

El final del cuento (VA)


Vicente Aparicio 

Estaba a punto de terminar el cuento. No había sido fácil. Uno de esos cuentos que se atascan. El cuento hablaba de mí y yo, básicamente, estaba tratando de olvidar a Maite, y el cuento hablaba de mí tratando de olvidar a Maite, solo que escribiendo un cuento sobre Maite no había manera de olvidarla. Y sin escribirlo tampoco, la verdad.
Pero había hecho un gran esfuerzo y estaba a punto de llegar al final.
Fui yo quien dijo hasta aquí hemos llegado. Al principio, sí. Al principio, todo habían sido facilidades. No te preocupes, lo entiendo, las cosas son como son. Pero pasaron algunas semanas y empezaron a llegar los reproches y las llamadas nocturnas y las visitas al psicólogo, mi sentimiento de culpa, y el echarla cada vez más de menos, y las dudas. Pero no. No, porque uno añora lo que añora pero ¿y todo lo demás?
Así que el cuento hablaba de eso, de lo que se añora y de todo lo demás, aunque con un laconismo muy consciente, imprescindible para mi tranquilidad mental. ¿Mi cobardía? Merodeaba sin morder la fruta, no fuera a estar podrida. Nada de escupir, pero haciéndolo ver. Un fraude, vaya. Una mierda.
Y aun así, a trancas y barrancas le había dado un estirón casi definitivo al cuento y estaba llegando al final.
En la calle, afuera, llovía.
Hacía ya dos meses que Maite no llamaba. Ni para reír ni para llorar. Ni siquiera para insultar. Y yo no sabía qué era peor, si aquella omnipresencia del principio o este silencio de ahora.
Sonó el teléfono y me dio un vuelco el corazón. Tuve un presentimiento. Un falso presentimiento. No, no era ella.
Me faltaba el final y tenía una idea de hacia dónde tirar, pero no sabía si acababa de convencerme.
Afuera seguía lloviendo. Salí a la calle. Me apetecía caminar. Abrí el paraguas y antes de llegar a la esquina di media vuelta. Reabrí el ordenador y envié el cuento a la papelera.
-Maite -le dije cuando descolgó-, ¿puedo hablarte un momento?
Era ella, era su voz.
Y escribí otro cuento.

jueves, 12 de junio de 2014

Lucas y Mireia Ruiz (MG)


Maria Guilera (Foto: Andrey Vahrushew) 

Sí, dígame.
Que llamen de la escuela siempre me sobresalta. Hoy algo más de lo normal porque mi hijo ha salido de excursión. Me han pedido que fuese, querían hablar conmigo lo más pronto posible. Que no me preocupase.
Al llegar a la esquina he visto grupos de padres. Hablaban y, de vez en cuando, alguien miraba a lo lejos por si distinguía el autobús escolar. Parecían tranquilos. He pensado que a ellos no les habían llamado.
He entrado en el despacho de la directora sin llamar y la he visto de pie, con el teléfono en la mano. Con un gesto me ha indicado que me sentara y enseguida ha colgado. Entonces, al girarme, he visto a los padres de Mireia Ruiz. Él estaba pálido y tenía la mano de su mujer entre las suyas. Ella estaba sofocada y respiraba con agitación.
¿Qué ha pasado?
Me he dirigido a la directora, pero los padres de Mireia han empezado a hablar los dos al mismo tiempo. No podía entenderles.
Por favor, ¿Lucas está bien?
No se preocupe –me ha contestado muy seria–, Lucas ha pasado todo el día con los demás niños. La excursión ha ido bien.
A mí qué me importa la excursión –ha chillado la madre de Mireia Ruiz–. Incompetentes de mierda, dónde está la niña, dónde está mi hija.
El padre le ha dado un kleenex.
Yo no podía hablar. Me temblaban las piernas.
Al regreso, cuando estaban a medio camino, el profesor se ha dado cuenta de que faltaban Lucas y Mireia. Han llamado a la policía. No se asusten, seguro que pronto tendremos noticias de los niños.
Qué, qué te parece –me gritaba la madre de Mireia Ruiz-. Esto es de denuncia. De denuncia. Pobre hija mía, dónde estás.
He pensado que Lucas no estaba solo. Que no tendría miedo si estaba con una niña de su clase. Entonces ha entrado la secretaria con unas tazas de tila y, al mismo tiempo, se ha escuchado el ruido del motor del autocar. La directora ha mirado por la ventana.
El tutor vendrá ahora mismo.
Pedro ha llegado con una mochila grande.
Lo siento, lo siento.
Casi no se le oía la voz. Yo sufría por si la madre de Mireia le insultaba, pero no lo ha hecho. Parecía que iba a echarse a llorar en cualquier momento, el pobre.
Cuando he pasado lista alguien ha contestado en su lugar. A veces los niños hacen eso. Por bromear…
Entonces le he preguntado si creía que se habían escondido y cuándo les habían visto por última vez.
No sé, no sé…
Se ha quitado las gafas y ha empezado a sacudir los hombros. La directora le ha dado una taza de tila.
Me han dicho –hablaba con dificultad–, unos niños me han dicho… que se han fugado. Aquí lo explican todo.
Ha sacado de su mochila la gorra vieja de Lucas. Un papel enrollado atravesaba uno de los agujeros. Me lo ha dado a mí. He leído en voz alta:
Nos hemos fugado un poco y volveremos en seguida. Mireia y Lucas”
Mientras los padres de la niña gritaban, he recordado el dibujo que mi hijo colgó en el corcho de su habitación hace unos días. Él y Mireia en globo, entre las nubes.

jueves, 5 de junio de 2014

Reciclar (VH)

Vicenç del Hoyo 
No sabia com havia començat. Què havia estat primer, la síndrome de Diògenes, la feixuga incapacitat de desfer-se de res, la passió i amor per les coses o la voraç capacitat d’adaptació? Se’n va començar a adonar quan un matí es va fer un tall al llavi al prendre el cafè amb llet. Com a tassa estava utilitzant una llauna de cervesa d’importació que havia deixat a casa algun convidat a sopar. La llauna era tota negra amb lletres de color teula. Li va semblar massa bonica per llençar-la. Així que li va treure la tapa amb l'obrellaunes. Com que tenia infinitat de pots plens de llàpisos, de gerros per a les flors, va decidir que els colors austers de la llauna s’avenien per fer de got. No va pensar que l’alumini era transmissor de calor. Quan va aproximar els llavis a l’improvisat got per xarrupar el cafè amb llet, a banda de cremar-se’ls fent un gest violent apartant la boca de la font de calor, va tallar-se’ls al fregar-los amb el cantó mal tallat de la llauna.
Davant del mirall, mentre s’aguantava el cotó fluix ple d’alcohol sobre el tall de la boca, va prendre consciència del museu en què vivia. Totes els prestatges estaven plens de pots que havien contingut un sabó o una crema, i ara conservaven algun altre líquid, amb la finalitat de reutilitzar el recipient. Només es desfeia dels pots que contenien aerosols, per aquesta raó, els comprava eventualment.
Com a armariet utilitzava un antic microones que anys enrere s’havia espatllat. Li semblava molt ocurrent gaudir d’un armari que a l’obrir-lo s’encenia un llum. Amb els taps de suro de les ampolles consumides havia construït una catifa per a la dutxa. Amb un fil de pescar aparegut a casa seva de no sabia on, s’havia entretingut a travessar els suros d’una banda a l’altra. A vegades passava estones distretes mirant els suros i recordant els dies que havia pres els vins, amb quina companyia, quins plats s’havien menjat. Tot estava ple de records i se sentia incapaç de desfer-se res. Havia folrat les parets de casa amb bitllets de tren, de metro i d’autobús alguna vegada utilitzats, de mapes de les ciutats que havia visitat, de tiquets de restaurant on algun cop havia menjat, de les bosses de paper que algun dia havien embolcallat un regal. Se sentia afortunat que menjar consistís en ingerir i fer desaparèixer el menjar dins d’un mateix, perquè si alimentar-se consistís en mirar el menjar enlloc de devorar-lo,  mai se n'hauria desfet. Tindria la casa plena de plats cuinats.
Amb el cotó fluix als llavis va anar a vestir-se. A l’habitació hi havia una antiga nevera que ara feia d’armari. La va obrir i va sentir una descàrrega elèctrica. Va veure que un llampec encenia una camisa. La va mirar hipnotitzat. No va fer res. El foc s’escampava de l’armari-nevera a les cortines i d’aquestes a les parets. Va llençar el cotó fluix que duia a la boca i va sortir de casa. Al seu darrera sentia crepitar el fecund passat. Els records, com crispetes, rebotaven per les parets. Va pensar que ara tindria l’oportunitat de tornar a començar.