jueves, 22 de mayo de 2014

Souvenir (VA)


Vicente Aparicio

Mamá y papá siempre fueron gente normal, cada uno con sus cosas. Ella muy sobria, queriéndote con locura pero procurando que no se le notara, y con aquella cara de aburrirse, de aburrirse mucho. Él, de lágrima fácil pero siempre tan severo. Cómo nos intimidaba su presencia a Erika y a mí. Pero se llevaban bien y la casa era un hogar, un hogar honesto y sencillo. Aunque imperfectos, éramos una familia. Eso se ve con el tiempo.
Un día los tíos vinieron a cenar. Trajeron de regalo unos estruncios. A mamá le fascinaron. Cuando los conectabas, emitían luces que parpadeaban y unos ruidos como de dibujos animados. Los habían comprado durante las vacaciones. Algunos años, incluso en aquella época, los tíos hacían viajes que a nosotros nos parecían exóticos. Los estruncios pasaron a ocupar un lugar preferente en el bufet, delante del cuadro de los ciervos.
El tío era un hombre alegre, un poco infantil en su relación con las cosas, muy de regalarte estruncios después de las vacaciones. La tía no se parecía a su hermana. Su expresión era siempre de consentimiento, pero de un consentimiento algo fingido, con reservas.
Desde aquel día mamá cambió. Rejuveneció. Se apuntó a clases de ballet e hizo progresos con el inglés. Papá, mientras tanto, parecía cada vez más malhumorado y más viejo. Tengo una foto de los dos guardada por ahi en la que posan junto a los estruncios con sus rostros de entonces, convencida ella de lo que fuera, reticente él.
Un mediodía, de regreso del colegio, advertimos un silencio extraño antes de entrar en casa. Era como si, en nuestra ausencia, algo se hubiera quedado quieto, muy quieto. Erika, que ya tenía sus propias llaves, abrió la puerta. Los estruncios comenzaron a rodar entre nuestros pies, como si el pasillo hiciera pendiente hacia abajo. Busqué su mano y ella la apretó contra la mía. No sé cuánto duró, pero no se nos va a olvidar. Aquel río de colores, aquel olor dulzón interminable, aquel ejército de broma. No se nos va a olvidar, por mucho que ahora sepamos que las cosas tienen su forma de ser y de dejar de ser y que el tiempo las pone siempre en su sitio.
Nos quedamos en casa con mamá. Fue triste no volver a ver a papá hasta algunos años después, tan dócil y desmejorado. La relación con los tíos se cortó para siempre y nadie volvió a mencionar los estruncios.

2 comentarios:

  1. Opino que los estruncios no tienen la culpa; tal vez fueran la vía que aceleró el proceso de papá y mamá. También me resulta paradójico que Erika no enfermara de sicilosis estrúntica y en cambio a ti sólo te resultaran de colores olorosos. Era lógico que finalmente se cortara la relación con los tíos, eran unos perfectos tobuscus contaminativos.

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  2. Inquietante. Tiemble después de haber reído.

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