jueves, 29 de mayo de 2014

A la espera (MS)


Mónica Sabbatiello (Texto y óleo)

Puestos a buscar un sitio en donde vivir, habían elegido aquel páramo, al menos había un río cercano. Esa tarde Tomás se distraía mirando las figuras de polvo que se arremolinaban en el piso. La corriente de aire se filtraba por los intersticios y le pegaba en la nuca. Así era difícil concentrarse. Era la pampa. Sus partículas llevadas por el viento atascaban puertas y ventanas que parecían chillar como animales en el matadero cada vez que intentaba cerrarlas.
Alma entró con el pelo recogido en un revoltijo lleno de palitos y con la voz y los ojos llorosos.
-Esto no se aguanta, Tom, es un infierno.
-Qué rápido te achicás.
-¿No lo oís?
-Vení, que no es nada. Y dame ese beso que te guardás.
-Dejame. No sé cómo mantener a salvo las gallinas. Fue una mala idea comprarlas. Se volvieron locas y se lastiman queriendo saltar por encima del alambrado.
Alma barrió la arena hasta formar pequeñas montañas a un lado del zócalo de la puerta. Desde el pasillo le dijo que el tejado iba a salir volando.
Tomás arrimó la silla al escritorio y releyó lo que llevaba escrito, a la espera de que se le revelara el nudo del relato en el que había sólo dos protagonistas: una enfermera y un hombre joven que compartían noches de confidencias en el dormitorio de un hospital, con curas y creciente contacto físico. Existía una dolencia de fondo que no terminaba de mostrar su carácter.
-No puedo más -irrumpió Alma.
-¿Qué pasa ahora?
-No te imaginás: las ratas, escapando de la tormenta, se metieron en casa. Ya vi dos.
-Por favor, dejá de interrumpirme. Aprendé a respetar el horario que pusimos. Al menos necesito tres horas por las tardes para escribir.
-Pero, ¡son ratas!
-Serán ratones de campo. Hacé de cuenta que estás sola. Y cerrá, no ves que se llena de polvo.
Tomás siguió dándole vueltas al texto. Había pensado titularlo La espera, porque los personajes no se atrevían a ir más lejos en la relación hasta saber cómo iba a evolucionar la salud del muchacho.
De nuevo los gritos de Alma. Exagera esa mujer, se dijo. Y confió en que el acto de teclear palabras le revelara el desenlace. Percibía la tensión cuando ella, inclinada sobre la cama de hospital, lo acariciaba con la espuma de jabón en el pubis, para afeitarlo.
-Zas, te maté, rata inmunda -gritó Alma desde algún lugar de la casa.
Él siguió atento a lo suyo. El texto debía mostrar la atracción erótica, pero sobre todo la tensión y la inseguridad que los atravesaba a la espera de los resultados del laboratorio, o de algún otro incidente que definiera la situación. Sin embargo, la enfermera parecía dispuesta a arriesgar.
-Tomás, Tomás -gritó Alma-. Salí ya mismo.
Oyó el sofreno de unos caballos.
-Vinieron los hermanos Gutiérrez -dijo ella-. Dicen que el río se desbordó y la crecida viene arrastrando todo: árboles, ganado, casas.
Tomás salió y los dos baqueanos le dijeron que no arriesgaran sus vidas, que se fueran sin perder tiempo.
Los vio alejarse al galope, mientras Alma corría por toda la casa buscando las carpetas con documentos y unos ponchos.
-Vamos. Ya tengo las llaves. Manejo yo.
Tomás la abrazó y le dijo, como tratando de calmar a una niña, que él se quedaba. Iba a terminar lo que estaba escribiendo. Se encontrarían más tarde en la iglesia de lo alto. Usaría el coche viejo.
-No seas pendejo, que ese trasto no arranca.
-Andá vos, Almita. Vas a ver que dentro de un rato habrá pasado todo. Un río de porquería no me va a sacar corriendo de casa

Recostado en un poste de madera, en el porche, vio como la camioneta se perdía entre nubes de polvo, escoltada por un relámpago que atravesó de sur a norte un cielo cada vez más negro. Llegó el trueno y la lluvia. El alivio, pensó. Volvió al escritorio, trabó la ventana con un palo y se sentó a escribir… ”la enfermera inclinó su oscura cabeza sobre el muchacho, a la par que levantaba la vista…”
La fuerza del río fue brutal. Se llevó la casa de cuajo. Y en pocas horas regresó la calma, aunque siguió lloviendo durante un mes.
Tomás oía el ruido de las gotas pesadas sobre el techo de zinc. Su mente vacilaba buscando una referencia. Le costaba con ese vaivén del cuerpo que parecía atado a un barco. Cuando por fin se le fue el mareo, reconoció que estaba vivo; por momentos lo olvidaba. Lo habían encontrado sobre su escritorio de nogal, navegando a la deriva. Por su mente desfilaban un helicóptero, una ambulancia y una mujer de guardapolvo blanco y pelo negro. ¿Y Alma?, le había preguntado a ella, la enfermera. Fue arrastrada por la corriente, con la camioneta. La muchacha lloraba, le pareció, y lo acariciaba. Alma se ahogó.
Le picaba en la entrepierna. Levantó la sábana: lo habían afeitado. ¿Cómo era el desenlace de aquel cuento? Trató de memorizarlo, alarmado. No lo sabía, tendría que esperar.

jueves, 22 de mayo de 2014

Souvenir (VA)


Vicente Aparicio

Mamá y papá siempre fueron gente normal, cada uno con sus cosas. Ella muy sobria, queriéndote con locura pero procurando que no se le notara, y con aquella cara de aburrirse, de aburrirse mucho. Él, de lágrima fácil pero siempre tan severo. Cómo nos intimidaba su presencia a Erika y a mí. Pero se llevaban bien y la casa era un hogar, un hogar honesto y sencillo. Aunque imperfectos, éramos una familia. Eso se ve con el tiempo.
Un día los tíos vinieron a cenar. Trajeron de regalo unos estruncios. A mamá le fascinaron. Cuando los conectabas, emitían luces que parpadeaban y unos ruidos como de dibujos animados. Los habían comprado durante las vacaciones. Algunos años, incluso en aquella época, los tíos hacían viajes que a nosotros nos parecían exóticos. Los estruncios pasaron a ocupar un lugar preferente en el bufet, delante del cuadro de los ciervos.
El tío era un hombre alegre, un poco infantil en su relación con las cosas, muy de regalarte estruncios después de las vacaciones. La tía no se parecía a su hermana. Su expresión era siempre de consentimiento, pero de un consentimiento algo fingido, con reservas.
Desde aquel día mamá cambió. Rejuveneció. Se apuntó a clases de ballet e hizo progresos con el inglés. Papá, mientras tanto, parecía cada vez más malhumorado y más viejo. Tengo una foto de los dos guardada por ahi en la que posan junto a los estruncios con sus rostros de entonces, convencida ella de lo que fuera, reticente él.
Un mediodía, de regreso del colegio, advertimos un silencio extraño antes de entrar en casa. Era como si, en nuestra ausencia, algo se hubiera quedado quieto, muy quieto. Erika, que ya tenía sus propias llaves, abrió la puerta. Los estruncios comenzaron a rodar entre nuestros pies, como si el pasillo hiciera pendiente hacia abajo. Busqué su mano y ella la apretó contra la mía. No sé cuánto duró, pero no se nos va a olvidar. Aquel río de colores, aquel olor dulzón interminable, aquel ejército de broma. No se nos va a olvidar, por mucho que ahora sepamos que las cosas tienen su forma de ser y de dejar de ser y que el tiempo las pone siempre en su sitio.
Nos quedamos en casa con mamá. Fue triste no volver a ver a papá hasta algunos años después, tan dócil y desmejorado. La relación con los tíos se cortó para siempre y nadie volvió a mencionar los estruncios.

jueves, 15 de mayo de 2014

Pare (MG)


Maria Guilera

Amb un ram de flors silvestres que li semblen un xic marcides, la Maria demana que li facin una foto al costat del bust de l’escriptor Sándor Márai. El cor li batega una mica més ràpid del que seria normal. Només una mica.
Ha arribat fins aquí amb l’autobús 112, tal i com li ha indicat la recepcionista de l’hotel en veure el paper amb l’adreça 2, Mikó utca. Utca deu voler dir carrer en hongarès, aquesta llengua incomprensible que s’esforça en pronunciar.
Budapest és més gran del que s’imaginava quan, en un rampell, va comprar el vol i va fer la reserva d’una habitació a Buda. D’això en fa només un parell de setmanes, quan va tancar definitivament el pis dels pares. Es recorda asseguda a terra, davant la petita prestatgeria del passadís, ficant llibres dins una capsa que pensava dur al mercat de Sant Antoni i fent una pila amb els altres, els que no es deixaven arraconar. El vell i la mar, Guerra i pau, Carta d’una desconeguda. Es veu obrint-ne un amb parsimònia, L’última trobada, de Sándor Marái i li sembla escoltar la veu del seu pare fa molts anys, mentre es treia les ulleres de vidres gruixuts i es refregava les parpelles.
Aquí, li deia, hi ha la historia d’amistat més ben contada que mai puguis llegir.
Encara el veu, amb el batí de llana ben lligat a la cintura i les mans damunt el llibre. Quan siguis més gran, va afegir, em donaràs la raó.
Però no va esperar a créixer. Aquella mateixa tarda es va endinsar a la vida dels dos ancians, va respirar l’aire dels boscos al peu dels Càrpats i es va escalfar amb el foc de la llar del petit castell de caça. Sense entendre massa el que llegia, va recórrer el camí del secret, del desengany, de la impotencia i del perdó. I quan va tancar el llum de la tauleta de nit, es va endur la tristesa sota els llençols.
Tot això li ve al cap al vespre, quan ha deixat la capsa al rebedor. Demà dissabte, la durà al mercat del llibre vell. A la taula del seu estudi, hi ha deixat Hemingway, Tolstoi, Zweig. I Márai. Sense rumiar-s’ho gens obre l’ordinador, busca un vol barat a Budapest i reserva l’habitació a l’hotel.
Ara és aquí, amb el ram de flors silvestres una mica marcides, el cap inclinat cap el bust de l’escriptor i el cor bategant una mica més ràpid del que seria normal. Només una mica.

viernes, 2 de mayo de 2014

Si yo tuviera una escoba


Lola Encinas

LA ESCOBA
He bajado la caja metálica del armario, aquella floreada con la que te presentaste el primer día y que contenía unas deliciosas galletas danesas y que yo enseguida imaginé el uso que le daría cuando se acabaran.
No cierra bien. Está a rebosar de fotos, tuyas, nuestras. Cae y el suelo queda tapizado de recuerdos. Son demasiados... No puedo recogerlos. Voy a buscar la escoba y empiezo a barrer.


Bruja de Provenza

GENES 
Démosle al niño estudios y verás cómo tuerce el destino. Tu abuela bruja, tu padre fabricante de escobas de esparto y tú, barrendero del Ayuntamiento. Démosle estudios, te dije. El chico a la universidad. Y mírale, ingeniero.
Acaba de presentar el proyecto: una aspiradora que funciona solita. Se la sacan de las manos.

Vicente Aparicio

BELLEZA DE PALO ROJO 
Diez años son muchos para una escoba. Había caído en gracia. No se decidían a estrenarla, como si pensaran que no estaba hecha para estropearse. Colegas más jóvenes se ocupaban del trabajo sucio. Se sucedian las unas a las otras y ella, mientras tanto, permanecía intacta, en un rincón de la galería. Su belleza de palo rojo y tiesas púas. 
Llegó la crisis. Vio el resto de su vida: suelo, suelo, suelo, suelo..., su belleza ajada por el rozamiento, y, luego, el contenedor. 
Un día llegó la bruja, y echó a volar. Qué suerte la suya.


Vicenç del Hoyo

HUBO UNA DISCUSIÓN
Hubo una discusión. Al principio se reclamaron explicaciones. Luego se gritaron reproches e insultos. Más tarde, se oyeron forcejeos, empujones, ruido de platos al romperse y un solemne portazo. Siguió un hondo silencio. Nada, sin palabras, ni pasos. Con el transcurrir de los minutos fue creciendo un suspiro que se convirtió en sollozo. Ahogado el sollozo, se percibió un roce. Algo acariciaba el suelo y conducía suavemente el puzle de porcelana al recogedor.

Maria Guilera

CAMBIO DE LOOK
Miré el amasijo, mezcla de lo que fue mi melena con un tapón de champú. En un rincón quedaron el flequillo, los mechones clareados por el sol de la playa, el bucle suave que me recogía detrás de la oreja y el remolino rebelde que nacía en la nuca.
La escoba arrastró todas las veces en que pasaste tus dedos por mi pelo y las echó al cubo de la basura.

Foto: Cornell Capa