jueves, 13 de marzo de 2014

La metáfora (VA)


Vicente Aparicio (Foto: Lukas Ptacek)

Érase una vez una metáfora. Una metáfora que vivía dentro de una novela de cuyo nombre no es necesario acordarse.
Desde el feliz día en que el autor la concibió, la metáfora había abrigado grandes esperanzas, más aún cuando toda una serie de circunstancias habían desembocado, meses después, en la publicación de la obra que era su continente.
Ver la luz había sido sin duda un gran regalo de la fortuna. Qué tremenda emoción contar, además, con la oportunidad de gozar de una vida plena del sentido que sobre ella proyectarían los ojos ávidos y la mente enfebrecida de cada uno de los lectores.
Pero las cosas no ocurrieron, para su desgracia, tal como ella había anticipado.
Nadie la privó, es cierto, del calor momentáneo de cientos y cientos de miradas ajenas. Recorriendo obedientemente el curso de las líneas de la novela, todas esas miradas acababan transitando tarde o temprano por el conjunto de palabras (dos conjuntos, para ser exactos) que constituían su esencia.
Sin embargo aquel calor humano, aquella turbadora atención pasaban siempre por encima suyo a gran velocidad y se convertían en frialdad de inmediato. Frialdad y frustración. Jamás los ojos de los lectores se detenían siquiera unos instantes en el lugar que a ella le había sido asignado. Y así, como la chica poco agraciada, se hacía ella consciente de su invisibilidad. 
Incluso en el sentido más literal del término, se sentía incomprendida. Cuántas veces anheló que su naturaleza hubiera sido distinta. Cuántas veces envidió a otros signos parientes suyos, como el humo que avisa del fuego de manera tan tangible, como la copa que, al ser bebida, transmuta tan fácilmente su condición de cristal en la de sagrado líquido. Cuán a menudo envidió ser veloz con la elegancia innata de la gacela.
Pero no. Ella había sido engendrada como un ser más abstracto, como un ser dependiente de operaciones mentales algo más complejas.
Maldijo a su dios creador tantas veces.
Y aun así, cuánto agradecimiento por haberla traído a la vida, por haberla capacitado para la esperanza, por haber hecho posible que la experiencia de cada lectura trajera consigo la promesa del milagro.
Y cuánto desencanto, cuánta ira por cada ocasión malgastada, por cada emoción defraudada, por cada paraído perdido.
Insultó a su dueño y señor. Lo llamó pedante, oscuro, inconcreto. Despreció a sus incapaces lectores.
Llegó el día en que no pudo sino darlo todo por definitivamente perdido. Su vida no sería nunca plena. La magia de su condición de metáfora no iba a germinar. La asociación entre las palabras que su creador había tecleado un día en su portátil y lo que realmente había querido significar jamás se obraría en ningún otro cerebro.
Desesperada, resolvió pararse a reflexionar, mirarse desde afuera.
Había querido su creador que su significado quedara encerrado, hablando a grosso modo, en un modesto postigo. El protagonista de la novela, un hombre en el esplendor de su juventud, se enfrenta en las primeras páginas a una crucial decisión: irse con su novia a Lanzarote de vacaciones o apuntarse a un curso de verano en una escuela de cine.
En el fragmento en el que parten hacia las islas afortunadas, el joven ennoviado cierra antes de partir los postigos de la habitación de su infancia, la de los pósters con dibujos animados, pistoleros solos ante el peligro, rubias peligrosas y monstruos inofensivos.
Son, también, los postigos de su vida futura, la que ya nunca será, pues habrá desaprovechado ya el mejor de los caminos que el porvenir le ofrecía. 
Y volverá de Canarias, entrará a trabajar en una célebre cadena de supermercados -de medioencargado- y se dedicará luego a ejercer la digna profesión del taxi. Y no será más que uno más, un taxista cualquiera, el taxista más cinéfilo de la ciudad, eso sí, el único capaz de recordar con nombre y apellidos la identidad de los ayudantes de cámara y las maquilladoras y los productores ejecutivos de todas las películas del expresionismo alemán, las vanguardias rusas, la época dorada de los estudios, el hiperrealismo italiano, los cahiers du cinéma, la generación de la televisión, la era Spielberg-Lucas y la apoteosis lyncheana.
Pasan los años. En el último tramo de la novela el taxista sube al trastero que hay en el úlimo piso y, revolviendo en unas cajas de herramientas, encuentra los restos de los postigos de la casa de sus fallecidos padres, devorados por el óxido (los postigos, claro está). No los reconoce, ni siquiera remotamente, y con su ignorancia a cuestas regresa al confort familiar del hogar en compañía de una llave allen y un martillo.
La metáfora, por su parte, agotada después de haber reflexionado sobre sí misma, regresó a su condición de metáfora (y más concretamente, a su condición de metáfora atormentada). "Pero si en realidad soy una metáfora del montón" se exclamó. "Una metáfora de todo a cien", apostilló, incapaz de asimilar el hecho de permanecer en tan asombrosa ajena ignorancia, siendo como era, ahora lo veía con claridad meridiana, hija de una asociación de ideas tan burda.
Se rindió. Se rindió, se resignó y entró en un profundo y prolongado estado de letargo.
Quiso el azár, veinte años más tarde, que un editor filántropo tuviera la caprichosa ocurrencia de reeditar conmemorativamente aquella novela de cuyo título no vale la pena hacer mención. El autor, envejecido pero tan meticuloso y entusiasta como antaño, se aplicó concienzudamente a la revisión de su obra en el procesador de textos.
La metáfora se desperezó. Cuando el creador llegó a su altura, hizo acopio de todas sus fuerzas, físicas y mentales, para asomar la cabeza. Él la vio. La vio. Detuvo sus ojos sobre ella. Permaneció pensativo unos segundos... y levantó el dedo. Cruelmente, apretó la tecla "Delete". 
El mismo gesto, la misma crueldad le impidieron a la metáfora correr una suerte mejor, en su segunda encarnadura, más de cien páginas después.



(Post scríptum) Nuestra metáfora, no obstante, sobrevivió incluso a la publicación de la segunda edición de la novela cuyo título, por el bien del lector, hemos ignorado. La impericia tecnológica del escritor le concedió a ella una prórroga involuntaria en el limbo de su papelera de reciclaje..., hasta que un día un amigo más ducho que él en las artes de la ofimática instaló en su ordenador un gestor de eliminación de archivos innecesarios y, a modo de instrucción básica, le dio al botón de "Ejecutar". ¿Ves? -le dijo-. Así. 


(Post scríptum II) Desesperado por la inexplicable desaparición de todas las fotografías que había tomado en un reciente viaje por Latinoamérica, el autor, cuyo rostro surcaban ahora no pocas arrugas, acudió a una tienda de informática del barrio para suplicar por la recuperación de los datos de su disco duro. El joven que tan gentilmente le atendió en todo momento pudo anunciarle, dos semanas después, que, milagrosamente, habían conseguido rescatar en perfecto estado el 61% de las imágenes de la carpeta que él había echado trágicamente en falta, y muchos otros archivos que, con el paso del tiempo, habían ido siendo desechados por su dueño y señor. La metáfora resucitó. Estaba viva, en cierto modo. Se había convertido en un absurdo indescifrable de signos.

3 comentarios:

  1. Acercarnos, metafóricamente, al sentimiento orgulloso de ser alguien satisfecho de sí mismo. Asimilarnos a la incomprensión del otro. Sumirnos en la misma tristeza de los olvidados. Resignarnos ante un destino injusto. Ver, metafórica y nuevamente, la luz al final del túnel. Ser golpeados por el desprecio o la incapacidad de nuestros jueces, tan eficaces.
    Comprobar cómo el azar nos ofrecía otras alternativas que nos seguirían hundiendo, metafóricamente, en otra nada, tan invisible como la de nuestro final.
    Muy bueno, Vicente.

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  2. Tu relato es una genial y muy divertida metáfora Vicente!
    Excelente la personificación...hasta le daría un abrazo a la pobre...

    La lectora más austral.

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  3. Es un relato muy singular; abstracto en el desarrollo, concreto en su sujeto, disperso en su ubicación y generoso en su explicación. Me ha sorprendido, gustado y sabido a poco. Los post scriptum, sencillamente geniales, un poco crueles porque el autor no ha sido finalmente indulgente con su protagonista, pero magnífico colofón. Mi admiración Karcomo.

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