viernes, 28 de febrero de 2014

Dos temps (MG)


Maria Guilera

Tots els meus amics tenien bicicleta. Heretada del germà gran, aconseguida per haver tret bones notes o com a regal dels Reis. A l’Amèlia li va comprar el seu padrí després de l’operació d’apendicitis.
Jo no en tenia, de bicicleta, ni mai l’havia demanada.
Quan a l’estiu anava al poble m’enfilava a les dels meus cosins i allà, muntada a la barra, rebia els cops cada vegada que sortíem de la carretera i anàvem pel camí pedregós. Quan els demanava que m’ensenyessin a anar-hi, me la deixaven una estona per a mi sola. 
–Mira palante– em deien–. Si es muy fácil.
Mai no en vaig aprendre prou com per a córrer amb seguretat. Quan sentia el motor d’un cotxe que s’apropava pel darrera tremolava tota jo i ja em veia sota les rodes. Així que m’estimava més deixar l’esforç i l’equilibri per a un altre, sobretot si era el Celso, que no feia l’animal com els altres i quan estava a punt de frenar m’agafava per la cintura i feia, con cuidao, niña. 

Als matins la seva néta la portava al centre de dia. L’acompanyava fins a l’habitació dels armaris i allà l’ajudava a canviar-se de roba. 
On vols anar avui, àvia?
Podia triar tai-txi, aiguagim o la sala de màquines.
La piscina li agradava força. Amb la gorra i les ulleres tothom semblava igual, per això ella havia triat un banyador de colors, no negre ni blau fosc com la majoria. Somreia quan la monitora cridava el seu nom. 
Bravo, Teresa, molt bé! Així, així, pica amb força!
El profesor de tai-txi, en canvi, mai no deia res. Però la pressió lleu de les seves mans damunt l’espatlla quan li corregia una postura resultava molt plaent. Se sentia feliç si es recordava de lligar dos o tres moviments: la gasela, l’arquer, el tigre.
La sala de màquines, però, ni trepitjar-la.
Tant de temps mirant els aparadors de la casa Orbea tot imaginant-se damunt d’una bicicleta blava, amb un cistellet al davant i malles de tots colors cobrint les rodes per tal que les faldilles no se li enredessin. Tants anys imaginant la carretera, el vent a la cara, el trontollar del cos, la barra clavant-se dolorosament entre les cuixes. La mà del Celso.
Tot aquell enyor no podía acabar de cop, asseguda feixugament en una bicicleta estàtica.

jueves, 20 de febrero de 2014

Escribir a oscuras (LE)


Lola Encinas (Foto: Ludovic Carène) 

Son  más de las nueve, me quedan menos de tres horas para intentar daros una visión de lo que han sido los últimos años de mi vida. Necesito vuestra ayuda, queridos lectores, para justificar y encontrar el porqué de lo que ocurrirá cuando en el reloj suenen las doce.
Todo empezó cuando fui despedido de la empresa en la que llevaba veinte años trabajando.
Lo primero que necesitaba era llenar un tiempo libre del que nunca había gozado y que, tal vez por ello, tampoco había deseado. Quería encontrar una actividad que me absorbiera en cuerpo y espíritu y, de ese modo, poder olvidar la situación adversa que vivía. Pensé que una buena opción sería escribir sobre personajes corrientes como yo, creándoles una vida compleja y llena de avatares y cuyo desenlace no fuera feliz, sino todo lo contrario. Ampararme en la ficción  me ayudaría a vomitar la rabia y la impotencia que me dominaban. Por fin me convertiría en el dueño y señor del destino y, aunque fuera ajeno, me serviría para poder vengarme sin temor a las represalias del castigo. 
Compré varios paquetes de papel, lápices y bolígrafos, bajé del altillo la máquina de escribir, me senté delante, coloqué una hoja en el rodillo, tecleé el título y el seudónimo elegido, “ESCRIBIR A OSCURAS” por Morgan Tell, y continué escribiendo folio tras folio.
Al cabo de un mes, tenía finalizada mi primera novela. Me sentí satisfecho del resultado  aunque reconozco que fui bastante osado cuando decidí presentarla al más prestigioso concurso literario de género negro. No perdía nada, estaba convencido de mis posibilidades y así lo confirmé al recibir el fallo del jurado que me designaba ganador del primer premio.
A partir de ese día todo se desarrolló vertiginosamente. Obtuve favorables críticas de revistas especializadas y una buena respuesta por parte del público en las todas las presentaciones. La previsión sobre las ediciones de mis libros nunca se ajustó a la demanda real, siempre tuvieron que ampliarse, lo que me permitió elegir entre las múltiples ofertas de contrato de las mejores empresas editoriales. En la actualidad puedo decir sin pecar de soberbia que estoy considerado como uno de los mejores escritores en mi género.
A pesar del éxito conseguido pocas cosas han cambiado en mí, si exceptuamos los largos viajes de los primeros años. Sigo siendo una persona solitaria, introvertida y bastante asocial que huye de fiestas y aglomeraciones.
Una de las mejores cosas que me ha proporcionado mi boyante situación económica ha sido la adquisición de esta casa, la cual he convertido en fortaleza y refugio. En ella me siento feliz y protegido además de que es el único lugar donde hallo la inspiración necesaria para escribir sin descanso. Me gusta hacerlo en penumbra, a la luz de las velas. Mantengo cerrados los ventanales y no me importa que tras sus muros sea de día y luzca el sol, yo necesito la oscuridad y el silencio no sólo porque dilatan mis pupilas sino porque que agudizan mi cerebro y el resto de mis sentidos. El color negro, para mí, además de ser la ausencia de luz, es el manto con el que se cubren la maldad y el dolor, el laberinto por el que se pasea la muerte sin perderse. La noche infinita y eterna.
Según lo relatado podríais pensar que me hallo en una situación de soledad extrema, pero no es cierto, es una elección consciente. No necesito nada que no tenga entre estas cuatro paredes.
Mi relación con el exterior se reduce a las visitas que recibo cada primero de mes cuando la editorial me envía a una persona con la misión de traer mis honorarios y recoger la nueva novela. Tan sólo cruzamos cuatro frases convencionales relacionadas con el aprovisionamiento de mi despensa, tarea de la que también se encarga, aunque su interés resulta bastante inútil ya que apenas me alimento por falta de apetito.
Con lo que verdaderamente disfruto es conversando con mis personajes. Me siento a gusto con ellos, no en vano soy su creador, les he dado una vida de la nada, una entidad propia y muchas veces autónoma. He de reconocer que les he concedido pocos momentos de placer y en cambio les he obligado a vivir situaciones límite en las que la bondad y el amor han sido inexistentes. Los buenos sentimientos debilitan la voluntad  y yo necesitaba fortalecerlos para protagonizar historias donde reinaran el odio y la violencia y afloraran las más bajas pasiones del ser humano y aun a pesar de ello salieran ilesos y triunfantes. Por supuesto que mi relación no es igual con todos, ya que la aparición de alguno de ellos ha sido tan efímera y fugaz que apenas los recuerdo. En cambio otros tienen nombre y apellidos, y merecen mi respeto, ganado con sus reiteradas e importantes incursiones en las historias de mis libros. Por sí solos se han convertido en elementos tan esenciales que forman parte de mi vida y no puedo prescindir de su compañía. A veces me aconsejan, otras disienten, e incluso en muchas ocasiones deciden por mí.
Por eso me he sentido un poco decepcionado cuando los he visto toda la semana  confabulando a mis espaldas por las esquinas y los pasillos de la casa. Creo que al final han logrado ponerse de acuerdo en el día y la hora, en el cómo y el por qué. Todo ello sin hacerme partícipe de sus planes. Quién iba a pensar que eran infelices con el rol que les había asignado, con el desarrollo de sus vidas y experiencias. Jamás recibí una queja ni me dieron muestras de su descontento, a pesar de mi predisposición al diálogo y mi actitud  democrática.
Hoy han decidido que Morgan Tell será el único protagonista de la historia que han escrito conjuntamente.
Se acerca la hora. Estoy preparado para salir a escena, no temo a mi destino, lo asumo con la conformidad que siempre me ha caracterizado. Oigo sonar las campanadas en el reloj:  diez, once y doce...
Un tenue rayo de luz se cuela por el resquicio que deja una cortina mal corrida, deteniéndose en un cuerpo que yace boca abajo sobre una alfombra empapada de sangre. Los brazos están abiertos, la mano derecha aferra una pistola, la otra reposa sobre el linóleo y, bajo su dedo índice, se han escrito tres letras rojas, una efe, una i y una ene.

sábado, 15 de febrero de 2014

Escriure a les fosques (NL)


Natàlia Linares (Foto: Menovsky)

Recordo quan l’àvia, a poc a poc, va anar perdent el sentit de la vista. Ella que apreciava tant les puntes fetes al coixí, i que havia omplert armaris de peces de ganxet, i que reunia tota la família al voltant de la taula degustant els suculents plats que cuinava sense esperar cap recompensa més que tothom mengés el que se li havia posat al plat, i que algú demanés repetir. Lentament va deixar les aficions perquè es punxava o es cremava els dits massa sovint, afegint dolor innecessari a l’artritis que arrossegava.
Un tel blanc va omplir-li els ulls llagrimosos. La recordo sempre amb un mocador de paper entre els dits per anar eixugant-se la humitat que li lliscava pel llagrimall. -És com si estigués a les fosques-deia. Aleshores tancava els ulls perquè deia que hi veia el mateix. I crec que en aquells moments pensava en quan jugava al mas on son pare era masover i de quan s'encarregava de l'aviram, i de munyir les vaques, i de fer el dinar del pare i els  germans, tots orfes de mare. I de quan va conèixer l’avi, i s’hi va enamorar, i de com per uns metres no es quedà vídua abans de casar-se, quan una bomba va ferir-lo a la guerra deixant-li la cama plena de metralla, i de com va lluitar buscant favors perquè els metges el salvessin d’una gangrena segura, sent com era un soldat dels rojos i, per tant, amb les cures limitades.
I no és que l’àvia es quedés sense visió, sinó que al llarg de la vida la va anar gastant, i ara amb els ulls clucs la mantenia guardada a la retina i la tornava a reviure amb serenor i un cert plaer. En el racó de l`habitació, asseguda al costat de la finestra feia un viatge a través del temps que havia viscut durant noranta nou anys, i era difícil que volgués viure el dia a dia en què ens trobàvem nosaltres. Escriure, per a l’àvia, no era una tasca impossible, el traç sobre paper el continuava tenint com per poder signar les últimes voluntats, que van donar l’oportunitat als pares perquè es malvenguessin les terres. On hi havia hagut els records de l’àvia, s'hi van construir carreteres, i així van quedar oblidades les històries viscudes en aquells indrets.

jueves, 6 de febrero de 2014

Escriure a les fosques (VA)


Vicente Aparicio (Foto: Daniel Horowitz) 

Escriure a les fosques és una activitat molt recomanable. Fa uns anys, quan jo era una persona més lliure i poca-solta que ara, tenia el costum de fer-ho a les sessions de cinema. Hi anava molt al cinema jo, abans. Tan aviat com s'apagaven els llums, començava a escriure. Copiava fragments de diàleg dels personatges, prenia notes sobre com s'ho havia fotut el director, apuntava els noms dels actors o intentava identificar els temes de la banda sonora. Fàcil no és, això d'escriure a les fosques, però acabes currant-te una tècnica mig sofisticada.

Us en faré cinc cèntims. Com que a mi sempre m'han agradat les llibretes petites -aquells bloquets rectangulars amb espiral que venen als xinos-, primer em posava la llibreta al palmell de la mà dreta. A continuació, començava a escriure amb l'altra mà per la part de dalt de la pàgina. Era importantíssim fer les línies molt separades, per minimitzar el risc que les unes es toquessin amb les altres. Quan ja estava clar que la següent ratlla, si continuava pel mateix camí, s'escriuria en l'aire de la sala, tocava passar pàgina. En una llibreta d'aquestes dimensions, ja us ho podeu imaginar, la freqüència de gir era més aviat estressant. Al xino em feina la ola

Quan passava pàgina, tot i que sabia que era molt arriscat, escrivia també al darrere. Una de les operacions més delicades consistia, quan ja anaves a mitja llibreta, a recordar si havies de girar el full cap a un costat o cap a l'altre. Amb el temps vaig aprendre a no equivocar-me gaire. Tinc un puntet garrepa.

Normalment acabava utilitzant un parell de llibretes per a cada pel·lícula, excepte per a les de l'Scorsese i algunes de japoneses. Em tallava una mica, no ens enganyem, estar-me allà escrivint rodejat de penya, però tot plegat era ben divertit. Confesso, però, que el que més m'agradava no era pas escriure, sinó l'estona de després, quan anava a prendre un vinillo (jo solet, perquè per aquella època jo sempre anava al cinema solet) i, fora ja de la foscor, arribava l'hora de posar llum sobre el resultat del meu solitari exercici.

Hi havia dies de tot. A vegades la cosa em quedava tan ben arrenglerada que em semblava màgia que allò tan polit hagués estat obra de les meves mans. El més comú era, però, que s'haguessin produït no poques destrosses, com ara que alguna línia avancés diagonalment en caiguda lliure a través de la pàgina o que finalment, malgrat les precaucions, les paraules s'ataquessin les unes a les altres per les vies de l'encreuament, la superposició o, inclús, una suplantació en tota regla. La causa més habitual era aquella errada que ja he dit, de tombar la pàgina al revès. Aleshores el garbuix de lletres resultant no hi havia manera d'interpretar-lo ni després d'haver-se cruspit tres copes de tintorro.

En el futur jo planejava passar a net tot aquell material un dia o altre, però suposo que era una idea poc realista, que no es corresponia amb la meva manera de ser. Així que em vaig cansar i vaig enviar aquell gran projecte a pastar. No vaig comprar més llibretes. Temps després també em vaig cansar també de guardar als calaixos aquell paperam que mai no m'havia tornar a mirar. Tot va anar a parar al contenidor -no recordo si al blau o al de tota la vida-. Inclús vaig deixar d'anar al cinema -només de tant en tant, molt de tant en tant, hi vaig a veure alguna peli al centre comercial amb la meva dona-. Quan hi penso, recordo aquella com una bona època. Una època lliure i poca-solta.

És cert, al cinema hi ha una pantalla i s'hi projecta llum, així que ben bé a les fosques no escrivia, però francament, deixeu-me passar aquesta petita trampa. Encara que quedi tan lluny en el temps i que des d'aleshores jo hagi canviat tant, encara que -ho reconec- quedi una mica friqui, jo ho recomano. Sense cap mena de vergonya. Va bé per ordenar les idees i per fer culturilla del séptimo arte.