jueves, 16 de enero de 2014

Coda (NL)



Natàlia Linares (Foto: Mathew Huron)

Hacía tiempo que el piso estaba vacío. Desde que murió el sr. Roberto y el propietario volvió a ponerlo en alquiler. Ahora, sin la pipa que humeaba incansable y que empapaba paredes y muebles antiguos, el piso mantenía el mismo color oscuro y el mismo olor a rancio.

El propietario se apresuró a pintarlo y adecentarlo para instalar a un nuevo inquilino. Ese fue Tomás con su esposa Aniceta, que cada semana cocinaba puchero que se introducía sin permiso por las rejillas de los respiraderos. Todo el bloque se impregnaba del aroma de apio que desprendía el caldo.

Transcurridos los años, la señora Aniceta falleció de una neumonía.

El señor Tomás, en su soledad, cogió por costumbre ocupar el sillón cada anochecer y encenderse una pipa mientras escuchaba pasodobles que le transportaban a las fiestas mayores de barrio, cuando de joven rompía corazones, y lo hacía siguiendo el ritmo con el pulgar que golpeaba en el reposabrazos. Muchas veces le atrapaba el sueño con el instrumento humeante en los labios y la ceniza le quedaba esparcida por el jersey roído y antiguo.

Siete años más tarde, una madrugada de invierno, un infarto se lo llevó. Después de que los familiares vaciaran el piso, el propietario se apresuró  a pintarlo y adecentarlo para instalar a un nuevo inquilino. Ese fue Ramón con su esposa Lourdes y dos hijos: María y Esteban.

Ramón trabajaba de comercial de seguros. Lourdes, de administrativa en una gestoría. Los hijos estaban matriculados en la escuela pública del barrio. Ramón era el que se levantaba más pronto y Lourdes tres horas más tarde llevaba a los niños a la escuela antes de entrar al trabajo. Las semanas pasaban rápidas llenas de actividades, idas y venidas, lavadoras, tareas escolares, resfriados, cumpleaños, ropa, fútbol, vecinos, música, discusiones, horarios. A los cinco años Lourdes se enamoró locamente de Luis. Al poco tiempo, la familia abandonó la vivienda.

El propietario se apresuró a pintarlo y adecentarlo para instalar a un nuevo inquilino.

3 comentarios:

  1. El espíritu de la pipa llega a la pantalla de mi ordenador. El olor al cocido se ha colado entre las teclas. El ruido de la lavadora ruge amenazante en el hueco del cd.
    Tendré que pintarlo y adecentarlo en cuanto marche el nuevo inquilino.
    Perfecto, Natalia!

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  2. Muy interesante, te atrapa dèsde le principio, que lastima que este acabado con prisa porque me hubiera gustado saber mas de ese piso, de sus olores tan estupendamente contados.... Te animo a ello. Un abrazo

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  3. La vida va pasando ante los ojos de un propietario incombustible que lo único que hace es esperar un nuevo ciclo y tener siempre a mano un bote de pintura y una escoba, para seguir adecentando un piso que desde mi humilde opinión está GAFADO.
    Me encanta este relaten porque con brevedad y gran maestría describes tan gráficamente personajes y situaciones cotidianas que se pueden ver y oler.
    Bravo Natalia !!!!

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