viernes, 1 de noviembre de 2013

La ciudad aséptica (VA)


Vicente Aparicio
Terminé de hacer la maleta y, con una lata de cerveza en la mano, salí a la terraza. No hacía calor. Corría un poco de aire y se estaba tan bien reclinado en la silla, los pies descalzos sobre la mesa. 
Iba a echar de menos momentos así, la calma del último tramo del día, el mundo diluyéndose en una ilusión de final y despreocupación.
Un mosquito se posó en mi cuello. Con un gesto automático, traté de ahuyentarlo. La frialdad de la cerveza me mantenía despierto, me ayudaba a disfrutar de la amplitud que se abría ante mis ojos, el vacío de los descampados, la carretera, el río. Noté un picor en el tobillo e, inmediatamente, un revoloteo y un zumbido familiares, más desagradables que realmente molestos. Recogí los pies de la mesa y me senté con más formalidad.
Anticipé un futuro acristalado en el lado esbelto de la ciudad. El suelo encerado, luces parpadeantes en pequeñas pantallas, un whisqui con hielo, corbatas, las calles alineadas en una retícula infinita, decenas de edificios iguales, transparentes, formando capas sucesivas, pájaros volando por detrás de ellos a la altura de mis ojos.
La picada me molestaba, pero no quería rascarme. Entré en casa, descalzo, a por la botella del alcohol. Las estancias semivacías transmitían una sensación de desamparo que traté de soslayar. De vuelta en la terraza, vertí un poco de líquido transparente en la cuenca de mi mano y me quedé observándolo unos segundos. Olía intensamente. El líquido se escurrió hacia el suelo. 
Noté un escozor nuevo, ahora en la pierna, también en los brazos. Bebí un poco de la cerveza que, caliente, parecía mucho más vulgar. Di un manotazo brusco en el aire. El mosquito había reanudado su danza. Di un nuevo manotazo sobre la mesa. Mierda de mosquito, exclamé.
Miré en la oscuridad, por última vez, aquella porción del mundo, húmeda y suburbial, que se divisaba desde mi terraza. Mi mano olía a alcohol. No tenía ni pizca de sueño, pero debía dormir. Tenía que descansar, tenía que emprender un largo viaje. La ciudad de los rascacielos, aséptica y promisoria, me estaba esperando.

5 comentarios:

  1. La perversidad del mosquito puede ser infinita. Al castigo cutáneo une el de romper la última imagen feliz de las vacaciones. ¿Dónde está el Raid?

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  2. Por intensa que sea nuestra abstracción y los pensamientos casi consigan volvernos incorpóreos, no hay un momento de paz en la vida del ser humano. Siempre aparece el inoportuno díptero de dos, cuatro o seis patas que rompen la magia del momento.

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  3. No te servirá consuelo en absoluto, pero a mi también me pica

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  4. Me encantan las descripciones que haces. Parece el incio se una novela, o al menos de un cuento muy largo. Animo.

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  5. A mi me encantaría el relato de esas vacaciones que tanto va a añorar el protagonista, al que imagino trabajando en el despacho de mad men!

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