viernes, 29 de noviembre de 2013

Clic (VA)


Vicente Aparicio (Foto: Lydia Marano) 

No aguanto más aquí en Dagtown. Aunque se agote mi cuota anual, he decidido regresar. Regresar y contarle a Alice, mi dulce esposa, lo que me pasa. Ella me ayudará.


Todo ha sido extraño desde el primer momento. Sentado en el sillón de transferencia me ha costado una eternidad decidirme a apretar el botón. Cuando lo he hecho, el pulsador de caracola no ha funcionado a la primera. Se ha formado en mi cabeza un limbo de dos mitades, una de color pomelo y otra azul, casi negra, parpadeantes, y luego han empezado a temblar y a confundirse. Me he extraviado unos segundos.


Después lo he vuelto a intentar y sí, la transferencia se ha ejecutado: Dagtown ha aparecido con su febril oscuridad salpicada de neones. Pero me temo que yo no soy el mismo.


Los códigos, cada vez más, se me confunden. Tengo miedo de encontrarme un día a los niños observándome en la penumbra desde el fondo del pasillo mientras fornico con Lily y sus dos amigas neumáticas un viernes de cuero. Es un ejemplo. Tengo miedo de ver aparecer al vecino del segundo primera con su obsesión cívica, y la furgoneta, interrumpiéndonos la timba en el garaje de Clay.


Dagtown ha sido siempre un lugar marrón, un marrón saturado y empañado por el humo. Las vagonetas parecen llevar una eternidad detenidas en los arcenes. Hay naves industriales por doquier, tierra cuarteada, y las gasolineras desprenden un olor nauseabundo que en nada recuerda al combustible. Pero me gusta, a mí me gusta. Siempre me había gustado hasta ahora.


Nubes de aluminio cubrían parcialmente el cielo por encima de mis pasos mientras avanzaba. En el surtidor de aventuras le he pedido al operario: “Lleno, por favor”. Al finalizar el recuento, la aguja del sensor marcaba menos de la mitad. A su lado, el indicador de rutina estaba por las nubes. Cuando he ido a reclamar, el tipo me ha llamado listillo y me ha tirado a la cara un folleto del servicio mecánico central. Ya fui al mecánico, joder.


No sabía muy bien qué hacer. He estado fornicando un rato con una esclava, sodomizándola con la pistola. Ni rastro del subidón de otras veces. Incluso me la he imaginado pasando el aspirador por el pavimento color golf del chalet de los padres de Alice. ¡Dios! He buscado a Jack Truman en el descampado. Su sobrina, tuerta y sucia como una granjera, me ha dicho que está en el otro lado desde hace tres días, de crucero por el Mediterráneo, el muy cabrón. Y luego el par de trifos que me habían guardado los chicos me han sentado como un tiro. Clay estaba de buen humor y se reía de sus propios chistes, chistes guarros. Lorenzo se había echado un perfume que apestaba, nada menos que a melocotón. A Lily he preferido evitarla. Me horroriza pensar en Lily -esa mujer líquida, que siempre se me ha ido de las manos-, y no sé por qué pensar en ella me horroriza.


Así que he decidido regresar. No es que en Grendville me sienta mucho más cómodo. He pasado allí con Alice y los niños la mayor parte de estos últimos meses, es cierto, y son maravillosos los tres, maravillosos y míos, y saben ocupar su lugar, pero hay algo que me desconcierta, como si el cuadro de las garzas del recibidor se hubiera desplazado un par de milímetros hacia un costado y aún no lo hubiéramos descubierto. Pese a todo, Grendville no deja de ser, en cierto modo, un océano de calma. Mi cuota anual está a punto de expirar y cuando lo haga, entonces sí, tendré que volver aquí una larga temporada, a las ciénagas y las partidas de póker y los taburetes en las barras de los night clubs que ya no son lo que eran. Ya me las apañaré. De momento, esto es lo que hay: sillón de transferencia, pulsador de caracola y clic.





La transferencia ha sido esta vez algo más rápida. La imagen partida, un parpadeo breve y confuso cuyas tonalidades no podría precisar. Grendville me ha recibido con su limpia luz en nuestro salón amueblado color parchís. Los niños no habían llegado aún. Me he quedado sentado en el sillón, levemente aturdido, nervioso, muy cansado. Qué bien me hubiera sentado una infusión de rosas de las que la dulce Alice prepara a media tarde, siempre en su punto de temperatura y sabor. Necesitaba sus consejos, su recato, el orden irreprochable que bajo su gobierno reina en los armarios. Las zapatillas permanecían en su sitio, aromáticas, junto al sillón. Desde la pantalla del televisor, las margaritas imponían su presencia angelical.


La tenue voz de Alice ha llegado a mis oídos desde el dormitorio. Es evidente que no debía de esperarme tan pronto de regreso, teniendo en cuenta que llevaba yo muchas semanas sin visitar Dagtown. Al principio no he prestado atención, pero enseguida me ha alertado el tono de su voz. Tras veinte años de matrimonio, desconocía ese matiz rasposo en su voz. La dulce Alice hablaba por teléfono y decía obscenidades. La dulce Alice hablaba por teléfono y gemía, gemía como una perra. La dulce Alice… No repetiré sus palabras, no las olvidaré. Nunca me había ocurrido algo así, en Grendville. ¿Acaso no tiene también ella su sillón, sus viajes?


En otra época hubiera deshecho todas las almohadas y rayado con rotulador rojo las paredes de punta a punta, hubiera volcado las macetas en el suelo de la terraza. Hubiera hecho añicos la vitrina, y los juguetes. Ahí te quedas, puta.


Pero no. Nada de todo eso. Ni siquiera me he levantado del sillón hasta pasado un buen rato. Una infusión de readaptación familiar, bien cargada. Un beso de sordo en la mejilla sonrosada de Alice. Patos de goma. Ficha de inglés escolar. Patatas y zanahorias en la olla exprés. El resumen de prensa de las veintidós cuarenta y cinco.


Cariño, mister Hill dijo que no me preocupara. Servicio mecánico central, panel motorizado, gráficos que hablan de mí. ¿Ve usted esta línea, mister Sanz? ¿Ve usted como sube lentamente al principio? ¿Ve que aquí, justamente aquí, se hace más pronunciada y se dispara hacia arriba? Está usted alcanzando el punto de inflexión phi. Puedo entender que no le haga a usted feliz. No me hace gracia, mister Hill. Lo comprendo, aunque debo decirle que no es preocupante, su caso. La estadística predice los síntomas. Fenómenos comunes. ¿Solución? Ninguna. Ninguna, mister Sanz. ¿Lo entiendes, dulce Alice? No te preocupes, mi amor, yo te ayudaré. Nosotros te ayudaremos, tesoro. Los niños y yo.


Alice tiene la cara de Lily mientras me habla. Sus ojos negros, el pecho remendado. Su culo deformado por los tacones. Esa voz rala. Unas bragas con un agujero en el coño.


He vomitado la infusión. A pesar de todo, la quiero. Mañana vuelvo a Dagtown. Tengo miedo. Tarde o temprano Lily, la mujer lasciva, la mujer líquida, me buscará y me localizará. ¿Y si resulta que pretende, como la última vez -ahora me acuerdo, qué curioso-, gastar nuestra hora número uno en arreglar la lavadora? Es un ejemplo.

5 comentarios:

  1. Me ha impresionado tu cuento Vicente, es muy bueno.Has conseguido trasmitir el ambiente futurista, frío, gris, deshumanizado.
    He tenido que leerlo dos veces y tengo la sensación de que se me escapan algunas cosas. Ojalá podamos comentario en persona cualquier día de estos.
    Un abrazo

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  2. Hola Vicente!
    No pude dejar de leer hasta el final. Me cautivó. Muchas fantasías y temores que de pronto pueden convertirse en realidad en un espacio sin tiempo (fijo). Ir y venir. Ir y venir. Cuál es la realidad?
    Buen clima.
    La lectora más austral.

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  3. Me ha encantado!!!Es un poco triste, un poquito decadente...y un "muchito enganchador" jejeje. Te quedas con las ganas de saber más.

    Sólo una pega...¿Qué color es el color "golf"??? Mira que a las mujeres nos gusta eso de poner nombres a las distintas tonalidades pero ese es de lo más rebuscado que he oido :D

    Ánimo con la escritura!!

    Inés

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  4. Hola Vicente, he leido el relato dos veces, algunos parrafos bastantes mas, me produce una sensacion extraña, me he sentido transportado a blade runner, con una sensacion de vacio, perdida y confusion, la verdad es que me cuesta ubicar muchas cosas del relato, la misma confusion que la de un hombre que ve como sus dos mundos y sus mujeres se entremezlan.
    Un abrazo.
    Jose

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  5. Rosana, te invito a leerlo dos veces más, y entonces quedamos :)
    Lectora austral, sí, ir y venir, y ¿dónde quedarse?
    Inés, el color "golf" está entre un verde con hoyuelos y donde tú quieras
    Jose, hay que cargarse a los replicantes
    Gracias a todos por leer. Y por la paciencia.

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