jueves, 24 de octubre de 2013

La buena educación (LE)

Lola Encinas (Foto: Raymond Depardon) 

Todo lo que soy y lo que tengo, se lo debo a mi madre, y lo digo feliz, a pesar de que algún malintencionado pudiera ver en esta aseveración algún tipo de reproche o resentimiento.

A pesar de que mi padre la abandonó antes de que yo naciera, su ausencia fortaleció nuestra unión y nuestro cariño.
Tuvo la fuerza y el coraje para conservar la casa y encargarse de mi educación.
Siempre estábamos juntos y la seguía como un perrito por toda la casa. Si cocinaba yo jugaba a su lado, si tendía la ropa yo le daba las pinzas, cuando salía a comprar la ayudaba a llevar el cesto.
Me gustaba oírla relatar cuentos, historias y vivencias de su infancia, lo hacía sin acritud  a pesar de que para ella la vida no había sido fácil. Acostumbraba a ponerme ejemplos muy fáciles de entender, pero lo más importante era que siempre tenía respuestas a mis dudas infantiles.
Mi madre era una mujer buena y muy creyente y, como tal, trataba de aplicar la doctrina cristiana a todos sus actos aunque los demás nunca correspondieran a su generosidad.
Día a día a través de su ejemplar comportamiento y sus consejos me fue transmitiendo sus creencias, fortaleciendo mis convicciones espirituales y condicionando mi conducta.
Me solía decir que una de las formas de obtener mi propia felicidad y la del prójimo era seguir el mensaje de las 8 Bienaventuranzas.

Cuando mamá murió se me hundió el mundo. Estuve dos años sin salir más que lo imprescindible de casa. Tras ese período de duelo y siguiendo los consejos del psiquiatra, empecé a asistir a las actividades sociales programadas por la parroquia.
Poco a poco las reuniones volvieron a dar sentido a mi vida y me ayudaron a recuperar la alegría perdida.
Acababa de cumplir los 35 cuando conocí a Dora, diminutivo de Mª Auxiliadora. Era sábado santo y estaba programada la película “Los 10 Mandamientos”. Me senté a su lado y cuando acabó la proyección seguimos hablando y hablando. Ambos nos sentíamos muy a gusto, deseaba alargar lo máximo la velada y la acompañé paseando hasta su casa.
Lo que más me atrajo de ella, además de su belleza, fue su sincera mirada.
Era una chica muy extrovertida. Me dijo que hacía escasamente un mes que se había instalado en un modesto piso del barrio. Al haber tenido que dejar la vivienda que compartía con su anciana madre cuando ésta murió, no tenía amigos y se encontraba muy sola. Desde esa misma tarde, entre nosotros se estableció una corriente de confianza y a través de nuestro intercambio de información constatamos que existían muchas coincidencias en nuestras vidas.
Debido a estas circunstancias personales, a los seis meses de noviazgo le pedí que nos casáramos. Creo que mi elección y decisión hubieran sido del agrado y aprobación de mi madre.
Dora no sólo cambió mi vida sino también mi casa, nuestra casa.  Me dijo que para una total recuperación me convenía un cambio de ambiente, no podía estar rodeado de tantos recuerdos que lo único que hacían era anclarme en la tristeza de un pasado que ya no existía. Compró nuevos muebles, modernos cuadros y elegantes cortinas. He de reconocer que una vez que todo estuvo acabado, y a pesar de lo costoso que resultó, la casa quedó más luminosa y confortable. 
Le agradecí mucho la delicadeza que tuvo al alquilar un trastero para guardar los antiguos muebles, así como las cajas donde había embalado todas las cosas que habían pertenecido a mi madre.
A mi esposa le gustaba salir de compras, siempre llegaba con un detalle para mí o un objeto para la casa o un “trapito” para ella. A pesar de que nunca se lo reproché, se justificaba, mimosa, diciendo que odiaba la monotonía y que la adquisición de esas pequeñas cosas la mantenía contenta. Y tenía razón: si ella era feliz, también lo era yo.
Después de cenar, mientras se desmaquillaba o se distraía viendo alguna cosa en la televisión, yo la esperaba en la cama leyendo, aunque la mayoría de las veces el cansancio me vencía y, cuando ella se acostaba, yo ya llevaba dos horas durmiendo, pero era muy comprensiva y nunca me lo echó en cara.
Era una mujer extraordinaria, cada día estaba más cariñosa y me parecía más bella e incluso atrevida.
Toda nuestra vida iba sobre ruedas, sin tropiezos.
Un día me encontré indispuesto y regresé a media tarde. Todo estaba en penumbra, por lo que supuse que Dora estaría de compras. Al entrar en el dormitorio, dos figuras se irguieron en la oscuridad, impulsadas por el resorte de la sorpresa. Sobresaltado, retrocedí y salí al comedor, me senté en el sofá y esperé una explicación, pero sólo escuché risas y murmullos… Después de unos minutos, me levanté, abrí la puerta y salí a la calle.

Hoy también estoy esperando…, pero no palabras, sino a que abran el comedor de Cáritas, y mientras aguardo me acuerdo de mi pobre madre, tengo en las manos el resguardo del trastero donde se guardan sus cosas y, ahora, algunas mías. Pienso que, esté donde esté, se sentirá orgullosa de mí, por haber cumplido al pie de la letra sus enseñanzas, pero sobre todo por haber aplicado en mi relación matrimonial sus 8 esenciales preceptos.
He sido pacífico y limpio de corazón y nunca he pensado tomar represalias contra Dora para hacerla pagar su traición, aunque si he de ser sincero, en un primer momento sentí hambre y sed de justicia, pero afortunadamente, pude desahogar mi rabia llorando amargamente su pérdida. De todos modos, al reflexionar sobre lo acaecido, pienso que tal vez fui culpable al darle motivos para que actuara así, supongo que mi pobreza de espíritu la pudo decepcionar, quizás precisaba a su lado a un hombre más agresivo y menos manso para protegerla mejor y hacerla sentir más segura en la vida.
También comprendo que en sus alegaciones para poder divorciarse presentara una falsa denuncia de malos tratos, y que por ello me persiguiera la justicia. Al fin y al cabo, la pobre nunca tuvo nada y esta era la única manera de poder disfrutar tranquilamente de una casa y de unos ahorros.
En resumen, puedo decir de forma objetiva que  Dora no es la única responsable de mi actual situación, por lo que me siento misericordioso y la perdono de todo corazón.

Gracias, mamá, por la buena educación y los excelentes principios que me has legado aunque de los dos objetivos solo haya alcanzado uno: dar felicidad a mi prójimo.
Ya se sabe, en esta vida no se puede tener todo...

6 comentarios:

  1. ¡Vaya relato! Nuestro protagonista más que bien educado es pobre de espíritu y tontaina acabado. No sé cómo en la parroquia no le predicaron el ejemplo de Job de la paciencia en el sufrimiento y el de la caridad empática en el perdón. Su madre sin duda le inculcó la castidad en demasía, je-je.

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  2. Los valores de la buena educación y amor al prójimo llevados a extremo. Tan extremo que menos mal que es difícil que pueda darse en la realidad un personaje tan gilipollas !!!
    Tu fina ironía mas que regalarme una sonrisa, esta vez me ha despertado las ganas de darle dos hostias. Reminiscencias de una infancia con religión represora supongo...

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  3. ----cuanto daño ha hecho esta manera peninsular de interpretar el catolicismo…..,Saludos,,,

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  4. ¿ Paciencia la Job? ¿Y la de Getsemaní , que le pisotearon todo el huerto y no se ha escrito que protestara ni nada ? Lola, qué quieres que te diga, hay que ir al relato largo, yo te animo e incluso me ofrezco a ser tu agente, no soy Sandra Bruna, pero como si lo seriese. Mil besos, desde el Sur.

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  5. Dora es una mujer que sabe lo que quiere. Educada sin duda en los valores de la sociedad triunfante y que ha sabido reinventarse a sí misma, aprovechar los recursos que le quedaban en una buena inversión.
    Ha hecho un buen análisis de mercado y ha sabido encontrar su "hueco". El tal Hueco ha sido feliz con ella y probablemente lo siga siendo gracias a lo hondo que han calado en él las consignas maternas. Con un poco más de tiempo, también él será feliz regodeándose en su pena.
    Gracias Lola: ya era hora que alguien reconociera los valores de la Nueva Sociedad y ayudara a los indecisos a cambiarse de bando.

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  6. La bondad llevada al extremo resulta espantosa, el masoquismo es una provocación casi inevitable al sadismo. Me encanta este relato provocador.

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