jueves, 25 de julio de 2013

El deseo (LE)

Lola Encinas (Foto: Cig Harvey)
Los últimos dos años habían sido un infierno. La convivencia con Julián se había ido deteriorando a pasos agigantados, sobre todo desde el nacimiento de Alberto, hasta acabar en un divorcio de mutuo acuerdo.
No obstante, a pesar de sentirme liberada, también me sentía triste.

Todos, amigos y familia, se preocupaban y esforzaban para ayudarme a superar la situación. Mi amiga Ana insistió en llevarme a visitar a una echadora de cartas argentina llamada Nora, muy popular por sus aciertos, y a pesar de mi escepticismo me dejé llevar por no contrariarla. Me sorprendió que acertara muchas cosas sobre mi pasado y presente, sin que le diera información.  Tal vez fueran la expresión de mi rostro y mirada las que me delataran. 
En relación al futuro, me pronosticó que muy pronto encontraría el amor, un amor  que me compensaría todas las carencias anteriores y me haría muy feliz.
Al oírla sonreí incrédula y ella me correspondió con un “ya lo comprobarás…”
Sobre el tema de salud me dijo varias cosas y habló de cambios, pero la verdad no presté mucha atención y ahora no lo recuerdo.

Poco  a poco me fui adaptando a mi nueva vida. El cuidado de mi hijo y nuevas actividades como un curso de pintura y un taller de literatura absorbían mis jornadas. Los fines de semana en que Alberto no tenía que ir con su padre, los míos se ofrecían gustosos a quedarse con el niño para que yo pudiera salir libremente con mis amigos. A los tres les encantaba irse a la masía del pueblo.
Mi madre me decía “disfruta hija que eres joven y te lo mereces” a lo que añadía mi padre  “nosotros también nos merecemos disfrutar de nuestro nieto y él de nosotros”

Mi hermano Carlos organizo una fiesta con gente de su trabajo. Yo no conocía a nadie y le pedí a Ana que me acompañase. Al llegar, Carlos nos presentó a dos compañeros, Óscar y Tomás.
– Estas dos bellezas son mi hermana  Silvia y su amiga Ana, os responsabilizo de su cuidado y diversión. Luego les preguntaré…
Con un guiño nos dejó con ellos y  continuó recibiendo invitados. 
Bastó una sola mirada para que Óscar me cogiera de la mano y me sacara a bailar.  El calor de su cuerpo y el roce de nuestra piel me hicieron vibrar como nunca. Tuve la certeza de que estaba en brazos del hombre de mi vida y  que él sentía lo mismo que yo. La imagen de Nora y su predicción apareció como flash  haciéndome sonreír.  ¿Casualidad?

Parece mentira, como puede cambiar la vida en poco tiempo.
Han pasado dos semanas desde ese día en el que estuvimos hablando toda la noche, sin despegarnos  el uno del otro. A la mañana siguiente Óscar tenía un viaje ineludible de empresa y le pidió a mi hermano que le prestara una americana, camisa y corbata  para ir directamente al aeropuerto, su avión salía a las siete quería aprovechar  hasta el último minuto conmigo. Nos besamos apasionadamente al despedirnos. Dijo “Sólo espero Silvia, que pienses en mí la mitad de lo que yo lo haré en ti. Quince días ahora nos  parecen mucho, pero no lo son comparados con los que nos quedan…”

Las dos semanas siguientes me perecieron eternas a pesar de las llamadas y las rosas diarias que recibí. Pero todo llega.
Julián vino a buscar al niño – “ Hasta el domingo, mi vida, mamá te quiere mucho. Pórtate bien cielo. Y come mucho”
Estaba nerviosa, me temblaban las manos y aquella jaqueca con la que me había levantado aún persistía a pesar de los analgésicos. Me tomé otro y puse mi canción favorita mientras iniciaba una carrera contra reloj. Eran las siete, apenas tenía dos horas para prepararme. Me desnudé con desorden y me precipité a la ducha. No tenía tiempo para un baño, pero a pesar de todo me lo tomé con calma y  recorrí cada centímetro de piel, quería comprobar que todo estaba perfectamente, necesitaba convencerme de que aún contando con la buena predisposición del examinador, iba a sacar un excelente.

La velada transcurrió según las expectativas. El local era precioso, la cena fantástica, el ambiente ideal y propicio para una pareja enamorada.
Seguimos la conversación interrumpida quince días antes, intercambiamos vivencias  y proyectos y, sin dejar de ser sinceros, expusimos en el escaparte nuestros mejores productos.
La noche fue memorable. Hacía mucho tiempo que no había sentido tanto amor, ternura y pasión. La felicidad era algo tangible.
Desayunamos juntos. Él tenía asuntos que atender en el despacho y quedamos en vernos al mediodía.
Cuando se fue, me estiré en la cama y cerré los ojos, intentando relajarme y descansar mientras saboreaba las imágenes recién vividas. El dolor seguía siendo insoportable  y ya no tenía analgésicos.
 Al final, el cansancio y la falta de sueño me vencieron, fue un duermevela muy desagradable, lleno de raras sensaciones. Escuchaba gritos, llantos, veía luces, gente corriendo.
Mis ojos estaban abiertos aunque no podía enfocar la mirada hacia ninguna dirección. Mi cerebro funcionaba ralentizado y mi cuerpo no respondía a ninguna de sus órdenes.
Intenté incorporarme pero no pude, tenía la sensación de estar clavada en la cama, me notaba sudorosa. Había perdido la noción del tiempo. Temí que Oscar hubiera regresado y no le hubiera oído.
Ante mí desfilaron rostros conocidos y extraños, amados y odiados. Oscar me besó en la boca, quise corresponderle pero mis labios, tan resecos como mis ojos, permanecieron inmóviles.
¿Qué estaba pasando? No entendía nada.

Una mano me cerró suavemente los párpados. Le agradecí el gesto, ya no podía aguantar más con la mirada fija en un punto.
La cabeza ya no me dolía, aunque estaba incómoda, la cama se había endurecido y el dolor había bajado hacia la espalda.
Volví a escuchar llantos acompañados de susurros que traté de descifrar con esfuerzo. Distinguí entre todas la voz desconsolada de mi madre: “Qué desgracia, ninguno de nosotros sabía que padecía un aneurisma. Nunca tuvo síntomas”.
También oí como mi querido padre contestaba a alguien, sin poder contener su emoción: “Sí, a pesar de no estar de acuerdo, cumpliremos el deseo de su testamento vital. Mañana será incinerada”.

Quise gritarles, decirles que se equivocaban, que estaba viva, que les oía y veía, pero mi ahogado grito fue sólo eso, un desesperado y último deseo.

6 comentarios:

  1. Paso a paso, nos llevas a ese desenlace fatídico que trunca la felicidad recién estrenada.
    A ese fatalismo presente en la mayoría de tus relatos le acompaña un humor negro que me gusta cuanto más leve es. Como aquí, disfrazado de naturalidad y gestos cotidianos.

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  2. A la segunda, a fuerza de insistir, Lola, he conseguido vencer al maligno y, vaya, se me ha ido la inspiración, espero que ahora, después del café, esta venga y seamos uno en lo esencial.

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  3. ....... que me ha gustado mucho, como siempre, la tensión del final que se acerca y no se quiere leer, la historia con mas de una lectura, es excelente, Lola...¿ Para cuando la novela ?

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  4. Qué pena! Por un momento estaba leyendo una historia de felicidad... pero ya poco a poco he visto que no acabaría bien... yo lo habría preferido!

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  5. Hay que reconocer que no me imaginaba ese final. Que cruel eres con tu personaje, Lola. Cuando todo parecía que iba a ir sobre ruedas, ¡zás! sale un aneurisma. La pena es que la pobre deja todo un mundo en marcha: su hijo, su nuevo amor, su futuro lleno de felicidad. Está comprobado que hay que vivir el día a día intensamente. Las adivinas no son mucho de fiar, yo conozco una que me sorprendió de entrada, pero que luego acabó defraudándome totalmente.

    Besos.

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  6. Que pena, para una cita interesante que tiene, para una vez que escribes sobre una pareja que no es un desastre, al final te la cargas.....
    Ya nos ha quedado claro que sabes escribir, y muy bien, sobre la muerte y el desamor.
    Qué tal otro registro para variar???? Besos
    Rosana

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