jueves, 16 de mayo de 2013

La esquina (LE)

Lola Encinas (Foto: Filiz Aksoy) 
Llevaba varios meses de aquí para allá, buscando exteriores y sobre todo un edificio para la nueva película. Había encontrado algunos, pero no acababan de ajustarse a mis deseos.
El tiempo iba pasando y los productores empezaban a impacientarse, cada día recibía dos o tres llamadas. Al principio todas eran interesándose por la evolución de mi selección, pero las últimas sólo hacían referencia a los costos diarios, ya que el  plazo pactado había finalizado hacía una semana y me conminaban a tomar una determinación urgente.
Es difícil combinar arte y negocio, a satisfacción de todos.
A punto de darme por vencido, salí a dar un paseo por la última ciudad de mi itinerario en aquel país. Sentía la necesidad de reflexionar sobre mi vida, digerir el fracaso de la misión y a la vez buscar alternativas. Absorto en mis pensamientos inicié un trayecto distinto al de los últimos días. Me dirigí sin demasiada confianza hacia el oeste hasta llegar a la zona portuaria más alejada del centro, deambulé por sus calles y cuando estaba a punto de regresar, de pronto lo descubrí.
Allí estaba, esperándome, exultante de color, como una torre vigía dominando los cuatro puntos cardinales y la confluencia de dos calles, indemne al paso del tiempo, simétrico en sus formas, con dos pisos de amplias ventanas, un adosado que coronaba  el ático y, a sus pies, una artística fuente mensajera que complementaba la belleza de su estructura.
Fue impactante, no podía dar crédito al hallazgo: por fin, mi sueño arquitectónico tenía una réplica real.
Tomé varios planos y fotos, recabé bastante información. Supe que estaba deshabitado desde hacía dos años, y en venta. Conseguí el teléfono del propietario, un acaudalado hombre de negocios que vivía en la capital. Volví al hotel para comunicar las buenas noticias, pero cuando mi dedo estaba a punto de presionar el último número, colgué el aparato.
Sobre la mesa tenía las fotos, y un papel con los datos, nombre, teléfono, precio…
Antes de iniciar este viaje, me encontraba al límite de muchas cosas, tanto en el plano personal como en el profesional. Llevaba bastante tiempo replanteándome un futuro como escritor (ni guionista, ni fotógrafo). Esos oficios eran sucedáneos y sólo eran un medio de ganarme la vida, pero qué tipo de vida era ésta, qué me impedía realizar deseos, sueños y realizarme como persona.
En mi cabeza resonaron las últimas exigencias de mis jefes y mi profunda insatisfacción brotó una vez más. Realmente me sentía infeliz.
Repasé mentalmente los lugares maravillosos que había conocido, la hospitalidad de sus gentes, su cultura ancestral, la defensa a ultranza de sus valores religiosos y espirituales. Una filosofía tan distinta a la que me rodeaba y tan lejana del voraz consumismo que nos esclaviza.
Volví a coger el teléfono y marqué un número. Esta vez era una llamada local, a pocos metros de donde me encontraba, y bastaron unos minutos para concertar la cita.
Crucé el hall del hotel, eufórico y no cabizbajo como en días anteriores. Hasta la cara del impertérrito recepcionista no pudo disimular la sorpresa ante el cambio de mi actitud.
La decisión era irrevocable, volvería a escribir.
Gracias al cheque que llevaba en el bolsillo no sólo iba a comprar la casa de mis sueños, sino un nuevo futuro y, lo más importante, mi libertad.

2 comentarios:

  1. Ese lugar existe. Lola explora paso a paso los intrincados caminos del personaje, más que para encontrarlo,para reconocerlo y tener el valor de quedarse en él.

    (Lo meritorio, entre nosotras, es hurgar entre archivos hasta dar con la imagen exacta que evidencie la verosimilitud del relato: ¡Contigo no hay quien pueda!)

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  2. LO dijo D. Miguel:"La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida.", ¿qué mas se puede decir? Mil besos desde el Sur.

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