viernes, 24 de mayo de 2013

Fontanería (VA)

Vicente Aparicio (Foto: Dennis Duijnhouwer) 
Hacía días que no podía ducharse como a ella le gustaba. El agua se negaba a salir por el telefonillo de la ducha y se obstinaba en caer sólo, en un grueso chorro, desde el grifo hasta la loza de la bañera. Las cosas eran de tal manera últimamente, que la tibieza del agua corriente resbalando a veces sobre su piel, el tacto de sus manos al extender la abundancia del champú sobre su cabeza, equivalían a una tregua. Pero ahora, aquel desagradable contratiempo había exacerbado sus malas sensaciones.
El operario dijo que el problema era la perilla de la llave selectora, que se había partido en dos. Cuando el hombre salió a por un grifo nuevo, ella se sentó en el sofá, frente al televisor. Daban dibujos animados. El volumen estaba bajado y no tuvo ánimos, la verdad, de ponerse a buscar el mando a distancia.
La despertó el timbrazo del interfono. Hubiera jurado que no le había visto, antes de que saliera a la calle, aquel mono azul con el bolsillo medio descosido, ni una caja de herramientas tan grande y tan sucia. Pero solo reparó en ello de una forma vaga, como si no le concerniera. El hombre dijo: “Ya tengo las piezas”. “¿Las piezas?, preguntó ella. “Sí, los cojinetes”. No parecía que el peso de la caja de herramientas fuera un problema para él. Pasó del recibidor al comedor, del comedor a la cocina y de allí a la galería. Se arrodilló delante de la lavadora y sacó un destornillador eléctrico y alguna herramienta más. Desenvolvió un papel que contenía piezas metálicas. Ella se encogió de hombros.
El mando a distancia descansaba sobre el mármol de la cocina. Lo cogió y, desde alli mismo, apagó el televisor. Avanzó a lo largo del pasillo hasta alcanzar el cuarto de baño. Se sentó en el borde de la bañera y abrió el grifo. El agua caliente manó abruptamente ante sus ojos asustados. Sus dedos tocaron el agua. Cogió el telefonillo y empujó hacia arriba el selector. El agua salió ahora deshecha en múltiples hilos que cosquillearon en sus manos, emitiendo un murmullo tranquilizador. Por un momento se sintió desnuda, sola, voluptuosa, rebosante de champú y felicidad.
Cuando regresó, lo hizo silbando una canción. Puso agua a hervir para prepararse un té. Vio entonces la luz roja que avisaba de la finalización del programa de la lavadora. La galería estaba limpia y olía a jabón, y aunque le extrañó no ver al hombre allí, se alegró de que no hubiera nadie, nadie que pudiera estropearlo. Empezó a tender la ropa. Al fin y al cabo, era su tarea doméstica preferida, sí, su tarea preferida, y hacía también algún tiempo que no disfrutaba de aquel íntimo placer de colgar las prendas de acuerdo con un ritual de formas, tamaños, colores...
Pero aun así, se dejó vencer por la pereza. Apagó el fuego y regresó al sofá. El televisor permanecía en silencio presidiendo la sala, subrayando la desnudez de sus paredes. Se desperezó y reunió fuerzas para encaminarse de nuevo a la galería. Mientras hacía un nuevo intento de llegar hasta el final con la colada, le pareció oír, bastante cerca, el rechinar de un taladro. Se imaginó el cuadro colgado ya en su sitio, recto y centrado, sosegado, exactamente tal como ella lo hubiera puesto si sus manos fuesen manos capaces de hacer obedecer a una herramienta, manos capaces de fabricar la imagen que había visto tantas veces, nítida, en el interior de su cabeza. Una voz la llamó desde algún sitio. “Señora, señora”. Tardó unos segundos en saber si venía de dentro o de fuera.

4 comentarios:

  1. Cuando la vida y los años producen erosiones y desgastes, no hay nada como echar mano a la imaginación y a su amiga fantasía para cubrir esos malditos huecos y sobre todo cuidar su mantenimiento.
    ¡Que no fallen!

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  2. Por qué preocuparse de omnipresencias y/o fenómenos paranormales cuando aparece el hombre que todas necesitamos: eficaz, sorprendente, silencioso.

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  3. Creo que ahora entiendo un poco mejor la psicologia femenina..... ¡que pasada de relato!!! Jose

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  4. Creo que ahora entiendo un poco mejor la psicologia femenina..... ¡que pasada de relato!!! Jose

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