jueves, 30 de mayo de 2013

Itinerarios



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1. LÍNEA AZUL (Vicente Aparicio)
La línea azul atravesaba la ciudad. Él vivía en una punta y ella en la otra. Para llegar a sus casas, aún había que emplear casi un cuarto de hora en transitar por entre bloques de hormigón e inhóspitos descampados. Pero la energía de su amor, su entusiasmo, acortaba los trayectos.
Hubo un día en que, demasiado jóvenes para limitarse a ellos mismos, cada uno tomó su propio camino. Luego la línea azul se alargó por ambos lados y trajo una estación a la puerta misma de sus casas -cuando ya estaban a punto de dejar de serlo-.
No volvieron a verse más hasta que un día, veinte años más tarde, quiso el azar juntarlos disfrazados de romanos en la fiesta nocturna de un crucero por el Mediterráneo. También se vieron luego sin los disfraces, paseando por la cubierta. Pero no se reconocieron.


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2. REFUGI (Vicenç del Hoyo)
Hi ha moments a la vida en què es necessita un refugi. De vegades el reclamem amb una urgència improrrogable. Ja sabem que per a molts dels dards que et llença el destí no hi ha cap cuirassa protectora. El que busquem en aquestes circumstàncies és un lloc on guarir les ferides i reposar les forces. I per afrontar transits com aquests cadascú té el seu particular refugi. Quan al teu voltant tot el món s’enfonsa, quan tot allò que sempre hem considerat immarcible comença a desaparèixer, tots ens aferrem a alguna cosa que fa el paper de tanca protectora davant de tanta destrucció. Si caiguéssim per un precipici ens aferraríem a qualsevol objecte, encara que caigués amb nosaltres, ni que només fos per conservar durant uns breus instants la sensació de solidesa.
La meva mare, per exemple, sempre es va refugiar a la cuina. Totes les males notícies les va convertir, amb l’ajut dels fogons, en àpats. Potser no sempre esplèndids, però era un menjar que calladament repartia però que ella mai provava. El meu pare va ser un pintor de parets i mai el vaig veure necessitat de cap refugi, més aviat al revés. Tots buscàvem protecció en la seva companyia.

I el meu, quin és, em vaig preguntar moltes vegades. Potser viatjar, o llegir, de vegades xerrar i compartir estones amb els amics. No n’estava segur. Però un dia em vaig descobrir a mi mateix vestit amb roba de treball, amb una gorra per no tacar-me el poc cabell que conservo, dins d’un habitatge totalment buit, amb una rasqueta a les mans massillant els forats d’una paret per preparar-la per pintar. Als meus peus un cubell de pintor, amb brotxes i rodets, a punt d’emblanquinar el meu nou habitacle. Quantes vegades a la vida m’havia trobat en la mateixa situació, em vaig preguntar. Després de fer un breu recompte, em vaig respondre que tantes com cops havia decidit tornar-la a iniciar. I des d’aquell dia sé que he heretat el mateix refugi que el meu pare.



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3. PREÁMBULOS (Lola Encinas)
Los cuadros del pasillo, derechos y sin un ápice de polvo. El cuarto de baño, aséptico y brillante.  Corro las cortinas del salón. Los cojines del sofá, bien colocados y ahuecados. He puesto las sábanas de raso y he extendido  pétalos de rosa, queda bien el contraste del rojo sobre el negro. Ya tengo la cena a punto y en la mesa no falta un detalle. Vuelvo a hacer un repaso general y, en efecto, todo está perfecto. Me ha costado esfuerzo y tiempo, pero Paula se lo merece.
Creo que la cena le ha gustado mucho, aunque no me lo dice y yo no se lo pregunto. Me siento eufórico aunque cansado. Todo está saliendo a pedir de boca. Le propongo que nos sentemos en el sofá, acepta encantada. Hablamos, mejor dicho le explico mis proyectos para la nueva campaña y la satisfacción de mi jefe, me escucha con interés. Interrumpo un segundo la conversación para llenar de nuevo las copas, también para bajar la intensidad de la luz, encender las velas y poner el CD en el reproductor, música suave y romántica como requiere la ocasión. Doy por hecho que le gusta. Aunque no me lo dice y tampoco se lo pregunto. Estoy agotado.
Cuando vuelvo a sentarme, se me acerca hasta pegar su muslo contra el mío, levanta la copa y brindamos. Paso a explicarle las últimas reformas que he hecho en el piso, le enseño fotos de cómo estaba antes de iniciarlas y acto seguido se lo muestro con detalle para que compruebe la gran diferencia. Cuando llegamos a la habitación, me sonríe, qué guapa es y cómo me gusta, pero no quiero precipitarme, se podría ofender si me muestro impetuoso. La paciencia es una virtud y yo, la poseo. Volvemos al sofá, continúo enseñándole el álbum de fotos familiares y de las últimas vacaciones. Noto el calor de su cuerpo a través del pantalón pero me digo, tranquilo, todo llegará. Paula me pide que la disculpe y me pregunta por el cuarto de baño. Aunque ya se lo he mostrado antes no recuerda donde está, le digo la segunda puerta del pasillo, al lado de la puerta de entrada. El CD vuelve a sonar. Cierro los ojos y decido que cuando regrese Paula la besaré, y todo lo demás vendrá rodado
Un fuerte golpe me saca del amodorramiento, tal vez se ha caído o se ha dado un golpe, corro al cuarto de baño, la puerta está abierta, enciendo la luz  y mis ojos se posan sobre el rojo mensaje del antes inmaculado espejo.
“Tú y tu puto romanticismo os podéis ir a la mierda, muermo".
Apago luces y velas, cierro la puerta con llave y me estiro sobre los pétalos con un suspiro,  pensando una vez más en la mala suerte que tengo.




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4. COMPARTIMENTO LÉXICO (Maria Guilera)

Hace un rato le contaba a Vicente mis viajes de niña. Trayectos desde Barcelona al pueblo burgalés de mi madre. Casi veinte horas en uno de esos trenes de compartimentos, dentro de los cuales, cada año, en un momento que tardaba más o menos en llegar, pero que siempre llegaba, mis orejas con pendientes de la primera comunión escuchaban la misma frase: “El catalán no es una lengua, es un dialecto”.
No se lo dicho a Vicente, pero era entonces cuando empezaba mi dolor de tripas.
Un rato después, cuando las escasas luces amarillas iluminaban los andenes, las voces de los pasajeros subían de tono y sobre las rodillas empezaban a extenderse servilletas a cuadros. Entonces, alguien sacaba una navaja que cortaba  rodajas de chorizo y pronunciaba la palabra que tenía el poder de levantar a mi padre del asiento y sacarle a fumar al pasillo: separatistas.
Hace muchos años que no escucho a nadie decir “dialecto” ni “separatista”. Y busco qué palabras las han substituido. Porque siento, exactamente, el mismo dolor de tripas que notaba en el tren.


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5. FRAGMENTS DE VIDA(Natàlia Linares)

Avui plou. La ciutat mullada dibuixa perfils impregnats d'humitat. Els carrers són torrents que acaben en places que prenen la semblança d’un fangar on s'encalla la circulació quotidiana.
Una parella entra a la cafeteria més propera. Es desprenen dels impermeables i demanen un tallat amb escuma, que té gust a ametlles dolces.
Es miren fixament sense pudor introduint-se l’un dins l'altre, creant un nou ésser complet. La cremor els encén cada cop més les ganes de tocar-se i entregar-se i alliberar amb tendresa tot el plaer que poden donar.
Ella li agafa els dits i juga, ara amb tota la mà. Ell li llisca el dit per les galtes, ara pels llavis. Sense dir res s’aixequen i marxen. Passen la nit al llit d’un hotel de la ciutat.
L’endemà ella marxa a les dotze del migdia. Entra  a casa. En Joan i els nens són al jardí.


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(Fotos: Aida Makoto / Tom Hussey / Txema Oleaga / Vivian Maier)

viernes, 24 de mayo de 2013

Fontanería (VA)

Vicente Aparicio (Foto: Dennis Duijnhouwer) 
Hacía días que no podía ducharse como a ella le gustaba. El agua se negaba a salir por el telefonillo de la ducha y se obstinaba en caer sólo, en un grueso chorro, desde el grifo hasta la loza de la bañera. Las cosas eran de tal manera últimamente, que la tibieza del agua corriente resbalando a veces sobre su piel, el tacto de sus manos al extender la abundancia del champú sobre su cabeza, equivalían a una tregua. Pero ahora, aquel desagradable contratiempo había exacerbado sus malas sensaciones.
El operario dijo que el problema era la perilla de la llave selectora, que se había partido en dos. Cuando el hombre salió a por un grifo nuevo, ella se sentó en el sofá, frente al televisor. Daban dibujos animados. El volumen estaba bajado y no tuvo ánimos, la verdad, de ponerse a buscar el mando a distancia.
La despertó el timbrazo del interfono. Hubiera jurado que no le había visto, antes de que saliera a la calle, aquel mono azul con el bolsillo medio descosido, ni una caja de herramientas tan grande y tan sucia. Pero solo reparó en ello de una forma vaga, como si no le concerniera. El hombre dijo: “Ya tengo las piezas”. “¿Las piezas?, preguntó ella. “Sí, los cojinetes”. No parecía que el peso de la caja de herramientas fuera un problema para él. Pasó del recibidor al comedor, del comedor a la cocina y de allí a la galería. Se arrodilló delante de la lavadora y sacó un destornillador eléctrico y alguna herramienta más. Desenvolvió un papel que contenía piezas metálicas. Ella se encogió de hombros.
El mando a distancia descansaba sobre el mármol de la cocina. Lo cogió y, desde alli mismo, apagó el televisor. Avanzó a lo largo del pasillo hasta alcanzar el cuarto de baño. Se sentó en el borde de la bañera y abrió el grifo. El agua caliente manó abruptamente ante sus ojos asustados. Sus dedos tocaron el agua. Cogió el telefonillo y empujó hacia arriba el selector. El agua salió ahora deshecha en múltiples hilos que cosquillearon en sus manos, emitiendo un murmullo tranquilizador. Por un momento se sintió desnuda, sola, voluptuosa, rebosante de champú y felicidad.
Cuando regresó, lo hizo silbando una canción. Puso agua a hervir para prepararse un té. Vio entonces la luz roja que avisaba de la finalización del programa de la lavadora. La galería estaba limpia y olía a jabón, y aunque le extrañó no ver al hombre allí, se alegró de que no hubiera nadie, nadie que pudiera estropearlo. Empezó a tender la ropa. Al fin y al cabo, era su tarea doméstica preferida, sí, su tarea preferida, y hacía también algún tiempo que no disfrutaba de aquel íntimo placer de colgar las prendas de acuerdo con un ritual de formas, tamaños, colores...
Pero aun así, se dejó vencer por la pereza. Apagó el fuego y regresó al sofá. El televisor permanecía en silencio presidiendo la sala, subrayando la desnudez de sus paredes. Se desperezó y reunió fuerzas para encaminarse de nuevo a la galería. Mientras hacía un nuevo intento de llegar hasta el final con la colada, le pareció oír, bastante cerca, el rechinar de un taladro. Se imaginó el cuadro colgado ya en su sitio, recto y centrado, sosegado, exactamente tal como ella lo hubiera puesto si sus manos fuesen manos capaces de hacer obedecer a una herramienta, manos capaces de fabricar la imagen que había visto tantas veces, nítida, en el interior de su cabeza. Una voz la llamó desde algún sitio. “Señora, señora”. Tardó unos segundos en saber si venía de dentro o de fuera.

jueves, 16 de mayo de 2013

La esquina (LE)

Lola Encinas (Foto: Filiz Aksoy) 
Llevaba varios meses de aquí para allá, buscando exteriores y sobre todo un edificio para la nueva película. Había encontrado algunos, pero no acababan de ajustarse a mis deseos.
El tiempo iba pasando y los productores empezaban a impacientarse, cada día recibía dos o tres llamadas. Al principio todas eran interesándose por la evolución de mi selección, pero las últimas sólo hacían referencia a los costos diarios, ya que el  plazo pactado había finalizado hacía una semana y me conminaban a tomar una determinación urgente.
Es difícil combinar arte y negocio, a satisfacción de todos.
A punto de darme por vencido, salí a dar un paseo por la última ciudad de mi itinerario en aquel país. Sentía la necesidad de reflexionar sobre mi vida, digerir el fracaso de la misión y a la vez buscar alternativas. Absorto en mis pensamientos inicié un trayecto distinto al de los últimos días. Me dirigí sin demasiada confianza hacia el oeste hasta llegar a la zona portuaria más alejada del centro, deambulé por sus calles y cuando estaba a punto de regresar, de pronto lo descubrí.
Allí estaba, esperándome, exultante de color, como una torre vigía dominando los cuatro puntos cardinales y la confluencia de dos calles, indemne al paso del tiempo, simétrico en sus formas, con dos pisos de amplias ventanas, un adosado que coronaba  el ático y, a sus pies, una artística fuente mensajera que complementaba la belleza de su estructura.
Fue impactante, no podía dar crédito al hallazgo: por fin, mi sueño arquitectónico tenía una réplica real.
Tomé varios planos y fotos, recabé bastante información. Supe que estaba deshabitado desde hacía dos años, y en venta. Conseguí el teléfono del propietario, un acaudalado hombre de negocios que vivía en la capital. Volví al hotel para comunicar las buenas noticias, pero cuando mi dedo estaba a punto de presionar el último número, colgué el aparato.
Sobre la mesa tenía las fotos, y un papel con los datos, nombre, teléfono, precio…
Antes de iniciar este viaje, me encontraba al límite de muchas cosas, tanto en el plano personal como en el profesional. Llevaba bastante tiempo replanteándome un futuro como escritor (ni guionista, ni fotógrafo). Esos oficios eran sucedáneos y sólo eran un medio de ganarme la vida, pero qué tipo de vida era ésta, qué me impedía realizar deseos, sueños y realizarme como persona.
En mi cabeza resonaron las últimas exigencias de mis jefes y mi profunda insatisfacción brotó una vez más. Realmente me sentía infeliz.
Repasé mentalmente los lugares maravillosos que había conocido, la hospitalidad de sus gentes, su cultura ancestral, la defensa a ultranza de sus valores religiosos y espirituales. Una filosofía tan distinta a la que me rodeaba y tan lejana del voraz consumismo que nos esclaviza.
Volví a coger el teléfono y marqué un número. Esta vez era una llamada local, a pocos metros de donde me encontraba, y bastaron unos minutos para concertar la cita.
Crucé el hall del hotel, eufórico y no cabizbajo como en días anteriores. Hasta la cara del impertérrito recepcionista no pudo disimular la sorpresa ante el cambio de mi actitud.
La decisión era irrevocable, volvería a escribir.
Gracias al cheque que llevaba en el bolsillo no sólo iba a comprar la casa de mis sueños, sino un nuevo futuro y, lo más importante, mi libertad.

jueves, 9 de mayo de 2013

Dos palabras (MG)

Maria Guilera (Foto: Romano Rybaleov)

Hubiera querido ser profesor de literatura, pero doy clases de ortografía en la academia Soler, un lugar al que acuden estudiantes que por lo general han fracasado en otros lugares. Las aulas son antiguas habitaciones de un ático, no muy grandes pero bien iluminadas gracias a una galería con grandes ventanales. Quisiera que mis alumnos comprendieran y aplicaran las normas y que al menos alguno de ellos percibiera  la belleza de la palabra escrita. Correctamente escrita. Pero eso sería mucho pedir. Inclinan la cabeza sobre los ejercicios en un intento infructuoso de parecer atentos, concentrados. En realidad duermen, dibujan, se distraen. Les dejo a su aire y me acerco al ventanal, me gusta la luz amarilla de esta hora de la tarde. Miro la calle, los coches, los árboles sin hojas y, más cerca de mi observatorio, la ropa tendida en los alambres. En el balcón más próximo descubro, tumbada en un sofá, a una chica peinándose. Se recoge el pelo con una pinza. Está de espaldas a mí, frente a un espejo. Ella también me ve y sonríe tan solo un segundo. O a mí me lo parece.

Desde ese día, alargo los ejercicios que propongo a mis alumnos para que les requieran más tiempo y yo explico cada vez con mayor brevedad. Les dejo solos. Me acerco a los ventanales y ella está siempre ahí, alimentando el juego con cualquier excusa. Cambia una planta de sitio, se asoma a la calle, tiende un jersey, busca la luz para depilarse las cejas.
Cuando no estoy en la academia Soler, pienso en ella constantemente. La imagino a mi lado, escuchándome leer a Gil de Biedma, a Goytisolo, a Ferrater. Se toca el pelo, se tumba en la alfombra, cierra los ojos. Deseo su compañía, ella y yo solos disfrutando del encanto de las sílabas, de la precisión semántica, lejos de quienes son incapaces de percibir la maravilla del lenguaje.

Mañana es el último día de clase y no puedo soportar la idea de un verano sin la chica del balcón. Con el rotulador de la pizarra escribo TE QUIERO en una hoja de papel y la acerco al ventanal. Ella se queda ahí, inmóvil, los ojos fijos en mi declaración. Luego desaparece. Me sudan las manos, me tiemblan las piernas. Al cabo de un rato vuelve, ella también, con un papel que pega en los cristales.
Horrorizado, contemplo el dibujo de un gran corazón rojo. Debajo, hiriéndome mucho más que la flecha que lo atraviesa, dos palabras
                                                                         TE HADORO

jueves, 2 de mayo de 2013

"Col tempo" (VH)

Vicenç del Hoyo (Foto: Benoit Courti)
Es va despertar el dissabte al matí tard però amb la sensació de no haver descansat. Va obrir els ulls amb el cap enfonsat al coixí i amb la boca oberta. Se la va notar seca i aspra. Va moure la llengua i semblava que tingués un paper de vidre dins la boca. Tenia la gola totalment resseca. Va arrossegar-se fins a la nevera. Va beure a morro directament de l’ampolla. Va intentar recordar què havia fet la nit anterior, com havia acabat. Havia sopat a casa, un bacallà que no havia estat prou dies en remull. Però això no podia explicar l’estat de la seva gola. Havia begut un Ribeiro de les Ries Baixes, però només un parell de copes. No, no podia ser una ressaca el que expliqués el seu estat. L’aigua freda li havia anat bé al coll, però ara, passats uns minuts, tornava a sentir-lo adolorit.
Va moure la cortina del finestral per tal de veure l’exterior, el carrer, els cotxes i vianants. Tot el que veia li confirmava que era un dissabte al matí, però ell es sentia defallit, sense forces, com si no tingués tot el cap de setmana per explorar-lo i conquerir-lo. Trobava a faltar una cosa bàsica i essencial. Tot era igual que moltes altres vegades però, o ell o el món no eren exactament iguals. Li va passar pel cap trucar al Robert, el seu amic, i explicar-li. Però un cop tenia el telèfon a la mà va pensar per on començaria, quina seria la primera frase que faria servir per explicar-li la sensació que l’aclaparava. Se’n va adonar que no sabia trobar les paraules i es va imaginar embarbussant-se a l’intentar mostrar-li el seu estat. Es va sentir ridícul. En Robert és molt bon amic i molt bona persona, però té sempre el sarcasme a la punta de la llengua. Se’n riuria. Això segur. Va tornar a deixar el telèfon a sobre de la tauleta que hi havia al costat del sofà. Es va estirar amb les mans sota el clatell. El sostre era blanc i va veure en un racó una teranyina d’aquelles que es fan amb el pas del temps. Es movia suaument a causa d’una mena de brisa tan inexplicable com el que li passava a ell. No podia identificar cap fet especial, cap esdeveniment, però en canvi se sentia com si visqués dins d’un altre cos, com si tot allò que l’envoltava i que fins ara li havia estat tan proper i familiar s’hagués convertit en estrany. No inhòspit, sinó aliè. Sense possibilitat d’identificar-se amb res. No hi havia cap penjador que inspirés prou confiança com per deixar les pròpies pertinences.
Va sentir un sobtat rampell de tocar els objectes, d’acariciar-los i d’acaronar-los. Va passar el palmell per sobre de la gruixuda taula del menjador, per la curvatura de les cadires. I per un moment va sentir que establia un diàleg. Va ser estrany. Va tornar a passar el palmell pel respatller de la cadira i va notar que la conversa s’allunyava. Va adreçar-se  cap al passadís, a les prestatgeries dels llibres. Va passar el tou dels dits pels lloms. No els va reconèixer fins que els va obrir i va olorar el paper i la tinta. Perfum d’històries, va pensar, mentre notava com totes fugien.
Va deixar els llibres i es va palpar a si mateix, el seu cos. Es va passar els dits per la cara intentant recordar i reconèixer-se. Va córrer fins al mirall de l’armari. El tacte i la vista li informaven de coses diferents. Tancava els ulls i es concentrava en el tou dels dits. Obria els ulls i mirava. Contemplava un abisme sense baranes, a pocs centímetres de distància.
Després tot es va fer fosc.