jueves, 11 de abril de 2013

Mientras escribo (MB)

Marc Ballester

Hoy he decido escribir a mano en un gran bloc de hojas cuadriculadas. Sentado en el sofá, junto a la doble puerta de cristal que da paso a la terraza de cincuenta metros cuadrados con magníficas vistas panorámicas al centro histórico de la ciudad (¡Caramba!, parece que esté vendiendo un piso, y no hablando de la escritura). A lo que íbamos: ya tengo el bloc de tapas color naranja. El bolígrafo de punta redonda y tinta azul. Y el sofá, largo, de tres plazas aunque se quedaron cortos en la propaganda. Seré más preciso. Como primera opción y sin apretujarse, en el sofá caben dos obesos mórbidos que se lleven bien entre sí. Después, otra combinación posible es escoger y depositar en el sofá a tres gordos normales o a tres personas recias y a una flaca sumisa. Sin embargo, la más equilibrada, mi preferida, es: dos casi flacos y dos casi gordos que no rían en exceso, todos conocemos el infinito número de músculos que intervienen en la risa, lo cual convertiría su convivencia en un imposible. Por último, la que me repugna por su utópica simpleza: seis flacos reflacos. Este número de personas es horroroso. ¿Se imagina alguien a una pareja de recién casados, muy flacos ellos, con los cuatro padres respectivos, también requeteflacos, todos sentados en línea mirando hacia el frente el primer día en que se reúnen? Sin duda en la propaganda se quedaron cortos.
Como decía hoy me decidí a escribir y lo hago siempre sentado en un extremo del sofá acompañado por un desparrame de libros de narrativa, poesía, o ensayo, todos ellos de altísimo nivel, con los que relleno estanterías y que nunca leo. También les acompaña un periódico de hace días que alberga una noticia muy curiosa que será la simiente de la primera novela de mi futura trilogía dedicada a lo absurdo cotidiano, noticia que ahora soy incapaz de localizar. Junto al periódico hay una carpeta con escritos de amigos, mi última novela (y cuando digo mi última novela me refiero no a que la autoría sea mía, sino a que es la que viaja conmigo en el tren, metro, en la sala de espera del hospital, en el water, la que aplasto en la siesta, en fin, mi última novela). Sepan que cuando compro un libro lo encasqueto en una canasta de mimbre en la cual esperan turno pacientemente mis adquisiciones, como manzanas esperando ser devoradas por el tiempo. A veces no recuerdo qué me llevó a comprar tal o cual libro y cuando le llegó el turno en la caja perdió todo su interés. Al estante. Estar en la canasta es un privilegio. Escribir a mano en el sofá con una taza de café con leche cerca, otro. La verdad es que cuando escribo en serio (y con eso quiero decir que por supuesto voy a escribir la mejor novela, cuento, ensayo de mi generación, qué digo, del siglo, no, de toda la Historia Contemporánea) me siento no en el sofá, sino en la butaca, frente al ordenador, esa computadora que, agazapada, espera hundirme en la miseria, porque es ella la que estropea, invalida, prostituye mis textos contaminándolos de virus y haciéndolos reaparecer en forma de frases diferentes a las que yo archivé, las reconozco enseguida, no son mías. Menos mal que la autoría es de la máquina computadora.

Escribir cosas serias y utilizar el ordenador es todo una misma cosa. Disfrutar, desayunar y emborronar la libreta es otra cosa. Quizás el secreto está en que los escritos del ordenador acaban cansando y entonces te acuerdas de que la silla utilizada no es lo suficientemente cómoda y debes comprar una nueva para evitar esas dorsalgias, lumbalgias y literatulalgias. O sea, que leer alguno de aquellos textos que huelen a microchip justifica tener que engullir varios kilogramos de paracetamol.
Escribir mal (porque no quisiera engañarles, uno siempre escribe mal, con mala caligrafía), sentado en el sofá, no garantiza mejores resultados, pero como el café es bueno, el respaldo es amplio, el compromiso es pequeño, uno puede zambullirse entre el texto y los cojines sin vergüenza ni temor a adormilarse. Ora durmiendo, ora escribiendo, como en un vals silencioso, lento, donde uno desconoce si escribe, duerme o sueña. Y anda este ejercicio más próximo al diván de Freud que al potro de tortura computerizada. Por eso prefiero biendormir a peorescribir. Pues lo dicho, me voy a la cama.

2 comentarios:

  1. Esa voz escribiría el perfecto Manifiesto Suprakarcómico. Vamos a invocarla para que nos inspire amorhumor, compasión ante nuestros desperfectos literarios y genialidad perversa. Todo eso que a su texto le sale por los cuatro costados.

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  2. Que maravilla, no conocía este texto, pero me parece increible lo que se puede escribir sobre un sofá despertando tanto interés. Explicar lo cotidiano con arte, transmitiendo más alla que las palabras escritas...
    Sin duda Marcos es "El escritor" por excelencia del grupo, lo he dicho muchas veces pero no me importa repetirme.
    Rosana

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