jueves, 18 de abril de 2013

Blacky (LE)

Lola Encinas (Foto: Jamie-Baldridge)
Es posible que mi historia os resulte increíble o que la juzguéis como producto de los delirios de una histérica. Tal vez tengáis razón en esto último, pero os puedo asegurar que antes de que él se cruzara en mi camino yo era una persona feliz, con ilusiones e inquietudes y con lo que podríamos definir un comportamiento normal.
Llevaba un año viviendo con Óscar cuando un mal llamado amigo nos hizo un regalo muy negro y muy especial. Nunca me han gustado los animales de pluma, y mucho menos un tenebroso cuervo, por lo que de entrada rechacé tan singular obsequio, pero a mi chico le encantó el pajarraco y me cameló para que aceptara. Ya se sabe que cuando uno está enamorado, y yo lo estaba, se suelen hacer algunas concesiones sin pensar en su trascendencia futura.
Lo “bautizó” con el nombre de Blacky y se convirtieron en inseparables.
 

El aspecto de Óscar y su comportamiento en seguida empezaron a cambiar. Se volvió huraño e irascible y sus ausencias se incrementaron. 
Me sentía sola e infeliz, pero seguía amándole y si bien al principio pensé que su cambio podía deberse a una tercera persona, algo en sus ojos me decía que el problema era otro más grave y que necesitaba mi amor y mi apoyo, aunque últimamente rehuyera cualquier intento mío de comunicación o acercamiento físico. Además, el maldito pájaro no ayudaba a que nuestra relación mejorara; todo lo contrario, las pocas horas que Óscar pasaba en casa se las dedicaba en exclusiva a Blacky.


Desgraciadamente, poco tiempo después descubrí los verdaderos motivos del cambio. Cuando llegué a casa me sorprendió que Óscar ya estuviera allí. Le encontré sentado a la mesa, de espaldas y con Blacky posado en su hombro. Le saludé y no me contestó. Me acerqué y vi su mirada vidriosa y una jeringuilla clavada en su brazo. No pude hacer nada por él, estaba muerto. Me sentí desesperada, no podía comprender cómo no había sido capaz de detectar el problema, aunque según dijeron en el hospital su adicción era bastante reciente. Su muerte se debió, según fuentes policiales, a que el último fin de semana había entrado en la ciudad una partida de cocaína muy pura, o sea poco cortada, que se había llevado a mucha gente por delante. 

Una semana más tarde, empecé a asumir lo acontecido y a sentirme con las fuerzas necesarias para pasar por el piso y recoger mis cosas. Mis amigas Claudia y Ana quisieron acompañarme, pero rechacé su ayuda. Necesitaba recordar, llorar y despedirme y quería hacerlo sola.
No estuve mucho tiempo, cogí sólo lo imprescindible. Cuando iba a cerrar la puerta, los graznidos de Blacky me recordaron su existencia. Lo había olvidado por completo, a pesar de la antipatía mutua que nos teníamos. Me acordé de Óscar y me sentí caritativa. Pensé que no podía abandonarlo y dejar que se muriera. Cogí la jaula y me lo traje a mi nuevo piso. Siempre podría regalárselo a alguien, llevarlo a una tienda de animales o dejarlo en un parque…

Maldita sea la hora en la que tomé esa decisión. Creo que leyó mis pensamientos e intuyó mis intenciones.
Y a pesar de que lo tenía enjaulado, consiguió forzar los barrotes y escapar.
Hace tres semanas que se ha convertido en mi peor pesadilla y en el amo y señor de mi vida. No para de revolotear por la casa, vigila todos mis movimientos. Ha roído el cable telefónico y si me acerco a la puerta me impide el paso amenazándome con su torvo pico y sus horribles graznidos.


Aunque tengo una estrategia para poder liberarme. He pensado que esta noche le echaré un sedante en el agua y cuando le haga efecto y se duerma... huiré.

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Por desgracia mi plan no ha tenido éxito. Esta mañana, el acoso del diabólico pájaro se ha acentuado, por lo que no he tenido más remedio que poner en práctica la opción B. He aprovechado un pequeño descuido y me he servido un whisky con el resto de los somníferos. Cuarenta pastillas creo que serán suficientes.
Ha pasado media hora y empiezo a notar los efectos. Me está observando fijamente. Le devuelvo la mirada y antes de cerrar mis ojos le grito:
 -¡Jódete, te he ganado! ¡Soy libre!

5 comentarios:

  1. Has pagado alto el precio de la libertad. Lástima que siempre ganen los malos. ¿Estaré soñando?, me suena la canción de que unos cuervos se han adueñado de nuestro espacio de libertades y nos están recortando el estado de bienestar tan costosamente adquirido...

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  2. Poco a poco se incrementa la tensión, pero algo me avisa de que la autora no se conformará con una historia truculenta.El cuervo no gana. Gana esa vuelta de tuerca de Lola que convierte, en una frase final, el escalofrío en carcajada.

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  3. Sobrecogedora, genial, apabullante, rompedor, qué más se puede decir de un relato tuyo, Lola, que no te deja indiferente, te atrapa y hace pensar, me hace recordar la frase que encabeza mi blog : "Yo tuve un profesor que me caía muy bien y que aseguraba que la tarea de la buena escritura era la de darle calma a los perturbados y perturbar a los que están calmados” David Foster Wallace. Un abrazo, desde el Sur

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  4. El comienzo es muuuy lovecraftiano! Y el cuervo también!

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  5. Ja se sap que el whiski sempre allibera. I de corbs el món n'està ple. Un brindis eterna!

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