jueves, 25 de abril de 2013

Babas y cuernos (VA)

Vicente Aparicio  
Le apasionaban los caracoles.
Acudía cada jueves al restaurante de la esquina, donde los cocinaban con una picada de almendras, tomate, cebolla y guindilla que constituía para él una auténtica delicia. La expectativa de comérselos le causaba tal ansiedad que apenas acertaba a ensartarlos con el palillo y, urgido por el nerviosismo, terminaba por extraer la carne de la cáscara estirándola bruscamente con la pinza que formaban sus dedos índice y pulgar.
Al terminar el plato, sus manos quedaban pringosas, igual que sus labios, el bigote y hasta la barbilla.
Pagaba y salía del restaurante, siempre algo avergonzado, sin despedirse.
Tras una semana de autoconvencimiento sobre la necesidad de no reincidir, el jueves, al despertar de su sueño de babas y cuernos, volvía a temblar como un niño asustado.

jueves, 18 de abril de 2013

Blacky (LE)

Lola Encinas (Foto: Jamie-Baldridge)
Es posible que mi historia os resulte increíble o que la juzguéis como producto de los delirios de una histérica. Tal vez tengáis razón en esto último, pero os puedo asegurar que antes de que él se cruzara en mi camino yo era una persona feliz, con ilusiones e inquietudes y con lo que podríamos definir un comportamiento normal.
Llevaba un año viviendo con Óscar cuando un mal llamado amigo nos hizo un regalo muy negro y muy especial. Nunca me han gustado los animales de pluma, y mucho menos un tenebroso cuervo, por lo que de entrada rechacé tan singular obsequio, pero a mi chico le encantó el pajarraco y me cameló para que aceptara. Ya se sabe que cuando uno está enamorado, y yo lo estaba, se suelen hacer algunas concesiones sin pensar en su trascendencia futura.
Lo “bautizó” con el nombre de Blacky y se convirtieron en inseparables.
 

El aspecto de Óscar y su comportamiento en seguida empezaron a cambiar. Se volvió huraño e irascible y sus ausencias se incrementaron. 
Me sentía sola e infeliz, pero seguía amándole y si bien al principio pensé que su cambio podía deberse a una tercera persona, algo en sus ojos me decía que el problema era otro más grave y que necesitaba mi amor y mi apoyo, aunque últimamente rehuyera cualquier intento mío de comunicación o acercamiento físico. Además, el maldito pájaro no ayudaba a que nuestra relación mejorara; todo lo contrario, las pocas horas que Óscar pasaba en casa se las dedicaba en exclusiva a Blacky.


Desgraciadamente, poco tiempo después descubrí los verdaderos motivos del cambio. Cuando llegué a casa me sorprendió que Óscar ya estuviera allí. Le encontré sentado a la mesa, de espaldas y con Blacky posado en su hombro. Le saludé y no me contestó. Me acerqué y vi su mirada vidriosa y una jeringuilla clavada en su brazo. No pude hacer nada por él, estaba muerto. Me sentí desesperada, no podía comprender cómo no había sido capaz de detectar el problema, aunque según dijeron en el hospital su adicción era bastante reciente. Su muerte se debió, según fuentes policiales, a que el último fin de semana había entrado en la ciudad una partida de cocaína muy pura, o sea poco cortada, que se había llevado a mucha gente por delante. 

Una semana más tarde, empecé a asumir lo acontecido y a sentirme con las fuerzas necesarias para pasar por el piso y recoger mis cosas. Mis amigas Claudia y Ana quisieron acompañarme, pero rechacé su ayuda. Necesitaba recordar, llorar y despedirme y quería hacerlo sola.
No estuve mucho tiempo, cogí sólo lo imprescindible. Cuando iba a cerrar la puerta, los graznidos de Blacky me recordaron su existencia. Lo había olvidado por completo, a pesar de la antipatía mutua que nos teníamos. Me acordé de Óscar y me sentí caritativa. Pensé que no podía abandonarlo y dejar que se muriera. Cogí la jaula y me lo traje a mi nuevo piso. Siempre podría regalárselo a alguien, llevarlo a una tienda de animales o dejarlo en un parque…

Maldita sea la hora en la que tomé esa decisión. Creo que leyó mis pensamientos e intuyó mis intenciones.
Y a pesar de que lo tenía enjaulado, consiguió forzar los barrotes y escapar.
Hace tres semanas que se ha convertido en mi peor pesadilla y en el amo y señor de mi vida. No para de revolotear por la casa, vigila todos mis movimientos. Ha roído el cable telefónico y si me acerco a la puerta me impide el paso amenazándome con su torvo pico y sus horribles graznidos.


Aunque tengo una estrategia para poder liberarme. He pensado que esta noche le echaré un sedante en el agua y cuando le haga efecto y se duerma... huiré.

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Por desgracia mi plan no ha tenido éxito. Esta mañana, el acoso del diabólico pájaro se ha acentuado, por lo que no he tenido más remedio que poner en práctica la opción B. He aprovechado un pequeño descuido y me he servido un whisky con el resto de los somníferos. Cuarenta pastillas creo que serán suficientes.
Ha pasado media hora y empiezo a notar los efectos. Me está observando fijamente. Le devuelvo la mirada y antes de cerrar mis ojos le grito:
 -¡Jódete, te he ganado! ¡Soy libre!

jueves, 11 de abril de 2013

Mientras escribo (MB)

Marc Ballester

Hoy he decido escribir a mano en un gran bloc de hojas cuadriculadas. Sentado en el sofá, junto a la doble puerta de cristal que da paso a la terraza de cincuenta metros cuadrados con magníficas vistas panorámicas al centro histórico de la ciudad (¡Caramba!, parece que esté vendiendo un piso, y no hablando de la escritura). A lo que íbamos: ya tengo el bloc de tapas color naranja. El bolígrafo de punta redonda y tinta azul. Y el sofá, largo, de tres plazas aunque se quedaron cortos en la propaganda. Seré más preciso. Como primera opción y sin apretujarse, en el sofá caben dos obesos mórbidos que se lleven bien entre sí. Después, otra combinación posible es escoger y depositar en el sofá a tres gordos normales o a tres personas recias y a una flaca sumisa. Sin embargo, la más equilibrada, mi preferida, es: dos casi flacos y dos casi gordos que no rían en exceso, todos conocemos el infinito número de músculos que intervienen en la risa, lo cual convertiría su convivencia en un imposible. Por último, la que me repugna por su utópica simpleza: seis flacos reflacos. Este número de personas es horroroso. ¿Se imagina alguien a una pareja de recién casados, muy flacos ellos, con los cuatro padres respectivos, también requeteflacos, todos sentados en línea mirando hacia el frente el primer día en que se reúnen? Sin duda en la propaganda se quedaron cortos.
Como decía hoy me decidí a escribir y lo hago siempre sentado en un extremo del sofá acompañado por un desparrame de libros de narrativa, poesía, o ensayo, todos ellos de altísimo nivel, con los que relleno estanterías y que nunca leo. También les acompaña un periódico de hace días que alberga una noticia muy curiosa que será la simiente de la primera novela de mi futura trilogía dedicada a lo absurdo cotidiano, noticia que ahora soy incapaz de localizar. Junto al periódico hay una carpeta con escritos de amigos, mi última novela (y cuando digo mi última novela me refiero no a que la autoría sea mía, sino a que es la que viaja conmigo en el tren, metro, en la sala de espera del hospital, en el water, la que aplasto en la siesta, en fin, mi última novela). Sepan que cuando compro un libro lo encasqueto en una canasta de mimbre en la cual esperan turno pacientemente mis adquisiciones, como manzanas esperando ser devoradas por el tiempo. A veces no recuerdo qué me llevó a comprar tal o cual libro y cuando le llegó el turno en la caja perdió todo su interés. Al estante. Estar en la canasta es un privilegio. Escribir a mano en el sofá con una taza de café con leche cerca, otro. La verdad es que cuando escribo en serio (y con eso quiero decir que por supuesto voy a escribir la mejor novela, cuento, ensayo de mi generación, qué digo, del siglo, no, de toda la Historia Contemporánea) me siento no en el sofá, sino en la butaca, frente al ordenador, esa computadora que, agazapada, espera hundirme en la miseria, porque es ella la que estropea, invalida, prostituye mis textos contaminándolos de virus y haciéndolos reaparecer en forma de frases diferentes a las que yo archivé, las reconozco enseguida, no son mías. Menos mal que la autoría es de la máquina computadora.

Escribir cosas serias y utilizar el ordenador es todo una misma cosa. Disfrutar, desayunar y emborronar la libreta es otra cosa. Quizás el secreto está en que los escritos del ordenador acaban cansando y entonces te acuerdas de que la silla utilizada no es lo suficientemente cómoda y debes comprar una nueva para evitar esas dorsalgias, lumbalgias y literatulalgias. O sea, que leer alguno de aquellos textos que huelen a microchip justifica tener que engullir varios kilogramos de paracetamol.
Escribir mal (porque no quisiera engañarles, uno siempre escribe mal, con mala caligrafía), sentado en el sofá, no garantiza mejores resultados, pero como el café es bueno, el respaldo es amplio, el compromiso es pequeño, uno puede zambullirse entre el texto y los cojines sin vergüenza ni temor a adormilarse. Ora durmiendo, ora escribiendo, como en un vals silencioso, lento, donde uno desconoce si escribe, duerme o sueña. Y anda este ejercicio más próximo al diván de Freud que al potro de tortura computerizada. Por eso prefiero biendormir a peorescribir. Pues lo dicho, me voy a la cama.

jueves, 4 de abril de 2013

Tao Te King (MG)

Maria Guilera 
Treinta radios se unen en el centro;
Gracias al agujero podemos usar la rueda.
El barro se modela en forma de vasija;
Gracias al hueco puede usarse la copa.
Se levantan muros en toda la tierra;
Gracias a las puertas se puede usar la casa.
Así pues, la riqueza proviene de lo que existe,
Pero lo valioso proviene de lo que no existe. 


A la Maria li agradava un noi callat, amb una grenya que li queia damunt l’ull dret i que s’asseia a la fila del davant seu, en diagonal. No podia veure-li la cara, només el cabell, que es balancejava al compàs de l’escriptura. El noi prenia apunts sense parar.
A mig matí sortien tots al pati de l’institut. La Maria anava amb unes noies que parlaven sempre de pel·lícules i en sabien molt de directors, d’actors, de fotògrafs. Ella no deia res, era allà dreta mentre buscava el noi tot passejant la mirada pels racons. Un cop el va veure prop de la font, amb dos amics que en certa manera se li assemblaven. Anaven vestits amb jerseis estireganyats i pantalons de pana i també duien els cabells llargs.
Va caminar fins on eren. No havia pensat res i quan, malgrat que no fumava, els va demanar foc, li tremolaven una mica les cames.
–No en tenim –li va dir un dels companys del noi de la grenya.
Ella es va quedar allà, al seu costat, i no va afegir res més.
–Escolteu aquest –va dir el noi que li agradava a la Maria mentre obria un llibre petit, de tapes toves.
Ella es va esforçar per llegir el nom estrany escrit a la coberta. Era una mica miop. Tao Te King, li va semblar que hi deia.
El noi tenia una veu greu, llegia en veu baixa i pausada, com si les paraules fossin seves i les sabés de cor.
Aquell dia al vespre, mentre la seva germana escoltava el disc de l’Otis Reding,  ella, estirada al llit, imaginava allò que havia intentat comprendre al pati. El buit era l’important. No els radis, sinó l’aire que podia córrer entre ells i fer girar la roda. No la porta, sinó l’espai que permetia entrar quan l’obrien. No la gerra que treballava el terrissaire, sinó el volum interior i intangible que podia ser omplert.
La Maria es repetia aquelles paraules en les que ja creia absolutament tot i no desxifrar-ne el sentit absolut. Quan el disc es va aturar i van apagar el llum, estava a un pas de caure en el no-res.


Quinze anys després, el noi de la grenya ha perdut molt de cabell. Passa vuit hores al dia al seu despatx en una multinacional, sector d’electrodomèstics, i, de tant en tant, recorda allò que ha acabat anomenant la seva època mística amb un gest de benevolència.
Després de una llarga temporada, la Maria ha tornat de la regió de Jilin Sheng amb la petita Chen-Hui. Treballa a Tao, el seu taller de terrissa i, mentre amb els dits perfila les vores de gerres, testos i àmfores, s’endinsa pausadament en la recerca de l’Ordre Natural de les coses i el seu cor s’apropa amb passes diminutes a l’abstracció, la intangibilitat, l’essència de tot el que existeix.