jueves, 14 de marzo de 2013

Generaciones (LE)

Lola Encinas (Foto: Ken Barrett)

Reconozco sin rubor ni falsa modestia que uno de mis atractivos intelectuales (los físicos los dejaré para otra ocasión) ha sido y es mi locuacidad en temas profundos y trascendentes, siempre aderezada con una chispa de humor (para no amuermar del todo al personal) y con una buena capacidad para la escucha (incluso para chorradas); aun así, cuando se daban estos casos, trataba de paliarlos con furtivas escapadas, visuales o mentales.
Después de ocho años de sequía verbal y afonía crónica necesitaba encontrar a un individuo (no importaban ni el sexo ni la edad) para “reiniciarme” en esas lides casi olvidadas. Aunque si he de ser sincera, prefería que fuera un varón ya que las posibilidades eran más completas y halagüeñas.
La ocasión se presentó sin premeditación, de forma casual.
Un joven simpático y apuesto, empleado en el concesionario donde me había comprado el coche, me invitó a cenar, a lo que yo acepté gustosamente. Era una buena ocasión para practicar y “platicar” (y no podía rechazarla así como así), aparte de que en nuestros anteriores encuentros (puramente comerciales) había existido un mutuo coqueteo.
La velada se inició bien, a pesar de que el restaurante, una pizzería popular, no era un buen aliado para la intimidad. Pero el que paga, manda.
Durante toda la cena, fuimos hablando y escuchándonos alternativamente. Todo iba bien, la conversación era amena y fluida. Se exponían puntos de vista y opiniones sobre muchas cosas, explicábamos vivencias, se valoraban actos y experiencias, con grandes dosis de sinceridad y de madurez por su parte.
Pero… (siempre hay un pero y, a veces, la sinceridad puede ser cruda e insolente), en un momento de la charla, mi galán se atrevió a decir:
- Sí, claro, tú, perteneces a esa generación que siempre se lamenta de “lo que pudo haber sido y no fue..."
Esa verdad (porque en realidad era una verdad al menos en mi caso y hasta  aquel momento) me sentó como una bofetada. Tal vez porque fui consciente del tiempo perdido no sólo con él, sino con otros muchos, o porque con esa afirmación me estaba negando la posibilidad de cambiar de actitud y me tachaba de cobarde o pasiva. Estaba dando por hecho que lo vivido hasta entonces tenía continuidad y que, una vez más, no pasarían de ser unos buenos propósitos de enmienda y no unos hechos consumados.
Disimulé como pude el efecto devastador de su frase y continuamos hablando como si tal cosa.
Al cabo de un rato pidió la cuenta y salimos a la calle. Se le veía contento. Todavía era pronto, teníamos toda la noche por delante (al menos, eso era lo que él creía), pero en mi reloj de ilusión ya habían dado las doce…
Le agradecí la invitación y la compañía y, sin excusas, me despedí con un casto beso en la mejilla y un "ya nos veremos", mientras sacaba las llaves del coche del bolso y en su mirada quedaba impreso un  interrogante.
Al llegar a casa sonreí al analizar el efecto sorpresa que mi orgulloso impulso le había causado, había sido un mutis brillante. Pero de pronto tuve una extraña sensación de derrota, y de que él estaba en lo cierto, ya que inconscientemente, una vez más, me había castigado con no saber “lo que pudo haber sido y no fue”.

6 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho, Lola; has montado el relato de una experiencia anecdótica en la vida de tu personaje, con una buena carga de la filosofía práctica que todos deberíamos plantearnos de tanto en tanto en nuestra monotonía vivencial. El cierre es genial al saber retomar el hilo conductor y aplicarlo en el desenlace de una forma contundente. Es significativo que el castigador cayera en su propia red, pero mucho más revelador de la categoría interna del narrador es que cayera en su propia cuenta. Felicitaciones.

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  2. Tras los cristales del Baritalia, tras el primer golpe directo al orgullo, se miden las fuerzas de dos contrincantes. El uno con la guardia baja y la otra avanzando posiciones paso a paso, hasta la derrota final.
    Con la agudeza visual que penetra el alma de tus personajes, ahí nos dejas tu relato, mezclando las emociones con el aroma a pesto y mascarpone. Para que aprendamos!

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  3. Lola, este relato me ha encantado. El final, la vuelta de tuerca reflexiva, todo. Siempre has escrito bien, pero ahora percibo ya el estilo y la calidad literaria
    Enhorabuena.

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  4. És que els defectes d'una generació es veuen molt bé des d'una altra generació. La distància ajuda. Però per l'amor el que cal és abolir les distàncies. No sé si deu ser compatible fer les dues coses: estimar i reconèixer la distància. Fa gràcia constattar-ho.

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  5. Cada relato tuyo me reafirma en mis comentarios anteriores, tu, sin duda, no perteneces a esa generación que siempre se lamenta de “lo que pudo haber sido y no fue...".........¿Para cuando una novela? Todo es ponerse y, además, en mi, si no lo tienes ya, tienes una agente literaria ávida de representarte.......Mil besos, desde el Sur.

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  6. .....muy fresco y costumbrista. Tendemos a eso a imponer nuestros límites detrás de una cara de poker. Molt bo, una abraçada Lola.

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