jueves, 7 de febrero de 2013

Simbiosis (LE)

Lola Encinas (Foto: Cristophe Gilbert) 
Nunca imaginé que podría ser capaz de iniciar una nueva vida en la que Jaime no estuviera. Casi nunca los deseos van a la par con la realidad, aunque en algún momento creí haberlo conseguido.
Desde el día en que firmamos el divorcio, me propuse no convertirme en una de esas mujeres amargadas que pasan el tiempo recreándose en el dolor y lamentando su soledad. No podía ni quería permitir que el desamor me engullera como una víctima más. Al fin y al cabo tenía la certeza de que estaba viviendo una situación pasajera y que con esfuerzo podría superarla.

Lo primero que tenía que hacer era recuperar la autoestima perdida en los últimos meses. Empecé por renovar mi vestuario y cambiar mi aspecto físico con la inestimable ayuda de mi peluquera Sonia.
Después, necesitaba huir momentáneamente de mi entorno habitual y pensé que el mejor destino sería Italia, eternamente bella, cálida y mediterránea.
Su arte, historia y paisajes me cautivaron y si a ello añadimos las relaciones que entablé durante mi estancia se comprende que lo que en un principio iba a ser un viaje de quince días de reflexión acabara convirtiéndose en un año de intensas actividades, gracias a las cuales mi cuerpo y espíritu recuperaron, a través de los sentidos, la salud perdida.
Poco a poco la fuerza de la confianza y la razón se instalaron en mi cerebro y, sin apenas darme cuenta, volví a creer en conceptos tan abstractos como la amistad y el amor, eso sí, renovados y con ciertas limitaciones de tiempo y espacio.
Y hablando de límites, una lluviosa mañana de abril puse fin a mi sueño italiano y regresé a mi ciudad.
Todo me parecía distinto aunque nada había cambiado. Durante mi ausencia había dejado instrucciones para que un prestigioso equipo de interiorismo y diseño se encargara de cambiar y reformar la casa. No había querido desprenderme del piso, ya que pertenecía a mi familia desde hacía varias generaciones. Además de sus dimensiones, me gustaba la  distribución de las habitaciones, así como el barrio donde estaba ubicado. Pero era necesario que ningún mueble u objeto me trajeran recuerdos.
La sensación que tuve cuando entré en la casa fue fantástica: habían conseguido el efecto deseado, no se parecía en nada a mi antigua vivienda.
Todo el ambiente olía a nuevo y sobre todo a madera. El suelo estaba forrado con unas elegantes láminas de parquet oscuro que contrastaban con la luminosidad natural y artificial que presidía todas las estancias. Habían aprovechado la altura del techo del salón comedor para embellecerlo con figuras de escayola. Sumado a las lámparas, la librería y el resto de mobiliario le daban un ambiente clásico y confortable, muy distinto a la decoración minimalista de antaño.
Uno de los detalles que más me impresionaron fue el empapelado del pasillo, unos rojos arabescos florales sobre un fondo ocre que daban a la pared un nostálgico tono otoñal.
Había sido un acierto la elección de los profesionales y la inversión estaba más que justificada.  
Me sentía feliz y muy satisfecha del resultado, había llegado el momento de disfrutar de mi nuevo hogar antes de reincorporarme al trabajo. Tenía todo el verano por delante y estaba dispuesta a aprovechar la diáspora estival para sentirme más dueña de la ciudad.
Planeé rutas y visitas como una turista avezada, descubriendo nuevos lugares y volviendo a admirar las joyas arquitectónicas que esconden sus calles. En uno de esos interminables paseos, mientras me tomaba un respiro en la terraza de un bar, le vi pasar, empujando un cochecito de bebé y a su lado, sonriente y feliz, cogida de su brazo, iba Mónica, la que fue mi mejor amiga. Oculté el rostro tras el plano y, cuando desaparecieron de mi campo visual, aproveché para pagar y marcharme.
Una molesta desazón se apoderó de mí y un punzante dolor en el costado dificultó mi retorno. Cogí un taxi y al llegar a casa me metí en la cama. Cuando abrí los ojos todo estaba oscuro y en silencio. 
He perdido la noción del tiempo, no sé qué día es hoy, ni cuántos meses han pasado… Los árboles se han desnudado, hace frío fuera y dentro de casa, los fantasmas del pasado han regresado a mi vida, vuelvo a estar enferma y no hay lugar donde esconder mi simbiótica tristeza otoñal.

9 comentarios:

  1. A ver esa autoestima, que no decaiga. Me ha parecido un buen relato.

    Saludos

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  2. La vida anterior del personaje está en la sabiduría de su autora.
    Lo demuestra con esa imponente punta del iceberg de la que tanto hablamos y que se alza frente a los lectores.
    El párrafo final da al traste con la felicidad planeada al detalle y que la vida se encarga de desbaratar en un instante.
    Ahí está el secreto de un relato bien contado, o de los que a mí me gustan: grandes sorpresas no, pero sí realidades que dan la vuelta a la esquina y con las que no habíamos contado.

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  3. Vaya, volvieron los fantasmas del pasado. Se podría diagnosticar que no hubo duelo, que se dejó latente con experiencias nuevas y obnubilantes, y ahora regresa con más carga emocional que nunca. Cabe preguntarse, qué fue peor, el volver a ver a Jaime y con él todos los asociados sinsabores pasados, o el verle feliz e irrecuperable por su reciente paternidad, o el sentirse traicionada –la peor decepción– por Mónica, la que creías mejor amiga. En cualquier caso, olvídalos, mañana sale el sol y la vida regresa a la jungla.

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  4. Tus narraciones siempre nos llevan a mundos de emociones profundas,estupendamente narradas que te deja un sabor agridulce como la vida misma.
    La protagonista tiene pasado y seguro tendrá futuro, en cuanto consiga salir de su escondite y la vuelvas a poner frente al mundo. Lo espero con ilusión.

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  5. Lola, como siempre, embargada por la narración, te atrapa desde el primer momento. ¡ Ay! ese pasillo de rojo, transitándolo estoy aún.
    Finalmente una reflexión, ¿para cuando un relato largo? Anímate con una novela, cualidades no te faltan....¿ quizás voluntad ? Lo espero, como dice Rosana, con ilusión. Un abrazo, enorme.

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  6. Es potente este relato, Lola. Por lo tremendo y lo sin remedio. Con un final musical, como de Bach. "Los árboles se han desnudado, hace frío fuera y dentro de casa, los fantasmas del pasado han regresado a mi vida, vuelvo a estar enferma y no hay lugar donde esconder mi simbiótica tristeza otoñal."

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  7. !!HOla,!!

    Me gusta la narración q has hecho en primera persona.Una descripción de los espacios muy detallada,Esplendida,muy amena su lectura.Muchísimos besitos.

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  8. Lola, te copio y pego lo que un buen amigo puso como comentario a tu simbiosis :En principio, y como nos educan para 'descubrir el sentido oculto de las cosas', como si la vida fuera toda un dilatado juego del escondite, lo primero que me ha chocado ha sido la foto,a bote pronto, y como soy un deconstructivo (que es una forma de sentirse más importante que los que construyen), me he dicho: "vaya cursilada": una mujer aplastada contra la pared por un velo de tul ilusión", pero luego me he puesto a pensar -poco, porque tampoco tengo yo mucha vida interior- y me he dicho, joder que metáfora visual más buena de cómo el melodrama, sus melazas y sus lugares comunes aplastan a la mujer y la inmovilizan bajo la capa excelsa de una construcción determinada del amor y el sexo, y me he quedado tan pancho, aunque he tenido que quitarme el sudor de la frente con el dorso de la mano y exclamar, como el escolar de "Amanece que no es poco": jolín, lo que se aprende en las redes sociales, pero yo termino muy cansado. De la historia sólo te hablaré cuando subas a tu blog una de mis entradas:" do ut des", que yo todavía no renuncio a la fama, y la fama cuesta.

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  9. La felicitat, de la mateixa manera que la infelicitat, no es deixa planificar, ens assalta.

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