jueves, 28 de febrero de 2013

Saint-Michel (MS)

Mónica Sabbatiello
No tuvo más remedio que recorrer durante cuatro días, con aquellos desconocidos, el valle del Loira. Cada automóvil transportaba a cuatro periodistas. Durante la tercera noche, a los pies del monte Saint- Michel, comenzó a agitarla la inquietud. Sintió que los obsequiosos camareros flotaban en aquel restaurante ostentoso y recargado del lujo de Limoges y que las ostras hacían equilibrio sobre tules pardos y babosos. Eran algas colgantes que, de tan vivas y agitadas, sentía que gritaban. A su derecha, el hombre mayor, de elegancia extrema, respondía a una pregunta realizada desde el otro lado de las flores y de las velas. Hablaba de Julio Cortázar, de quien fue amigo. Pero ni siquiera así ella conseguía abstraerse de la sensación de mareo. Y fue peor cuando comenzaron a comentar Ómnibus, uno de sus cuentos, del libro Bestiario. Más bien al contrario: revivió la opresión de la protagonista, Clara, amenazada por los demás pasajeros por no llevar flores al cementerio, hostigada por romper un orden cuyas leyes desconocía. La justicia de los muertos, pensó. Pero no estaba dentro de un cuento de Cortázar, sino rodeada de amables y cultos colegas. Y sin embargo se sentía asfixiada, como Clara. A los postres se disculpó: ¿Quedamos entonces mañana, a las nueve, al pie del Saint-Michel? Y se fue a la habitación del hotel.
Allí la noche le cayó encima con el vaivén de un barco. Era el influjo de esa isla que se unía y separaba del continente con las mareas; de ese poderoso lugar que era y no era tierra firme.
La luna se le mostraba rodeada de reflejos de tinta china y espumas delicadas como encajes. Con dificultad se alejó del ventanal. Se tomó dos tubos de homeopatía y se sumergió en la bañera hasta que el agua le bajó la fiebre.
Amaneció mejor. Su ánimo albergaba esa deliciosa sensación de ficción que siempre le regalaban las convalescencias, a la que sus enfermedades nerviosas y psicosomáticas la tenían acostumbrada. Esa mañana, como otras, comprobó que lo real no estaba a la vista, que se escondía en una representación, en este caso la de Saint-Michel.
Ya al pie de la abadía, la conmovió reconocer en granito la señal del Camino de Santiago. Y sin que la emoción la abandonara, comenzó la ascensión entre piedras añejas envueltas en leyendas de milagros, autocastigos y flagelaciones. Las gafas de sol apenas ocultaban sus lágrimas. Dejó avanzar a sus acompañantes, para poder atrapar con la punta de la lengua aquel obsequio salado, y para que la memoria evocara del fondo del cajón el sabor de su amor exaltado. Los recuerdos giraban, mareándola, como si estuviera en el agua, arrastrada por la corriente, desarticulada entre remolinos, como Túpac Amaru. Desmembrada. Era tan carnal y a la vez tan mística. Pura contradicción. Extrema. Dramática.
Fue entonces cuando un pájaro blanco, apenas más grande que un canario, bajó del tejado del claustro hasta el jardín de la abadía. El ave resaltaba sobre el verde brillante y dio paso en ella a una alegría inmensa y a la añorada calma.
-Oye, ¿no vienes? -le preguntó la periodista colombiana desde la galería, mientras se acercaba.
La observó. Su belleza opulenta y morena la sacó definitivamente de su ensimismamiento. Le devolvió la percepción de su propio cuerpo, de sus ancas, de sus pechos, de su sexo. De sus treinta años. De su plenitud.
Volar muy alto y rondar el infierno no son más que dos caras de una misma moneda, se dijo. Y ya no lloró durante el resto del viaje. Se conformó con el término medio.

4 comentarios:

  1. No fue únicamente Stehndal quien sintió la conmoción de la belleza. También la periodista sensible se vio invadida por el síndrome y Saint Michel la atrapó casi absolutamente.
    Su salvación fue ese pájaro blanco, el ave que la conectó con lo terrenal.
    Qué bien contadas esas sensaciones, Mónica. Y qué buena conclusión.

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    1. Saint Michel tiene aspectos lúgubres como los que se desarrollan en el nombre de la rosa. Su grandiosidad radica precisamente en el halo de su misterio. Estoy de acuerdo en que hay que volar muy alto, pero dejando el infierno en los libros y llenando de deseo el corazón.

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  2. La vida real està plena de la ficció que ens acompanya i el gust d'una llàgrima salada ens recorda que l'oceà més immens també es converteix en una modesta onada al tocar la sorra de la platja.

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  3. Filosófico y trascendental, envuelto en los claroscuros que tiene un viaje por el recuerdo de lo vivido o sentido, y en el que un pequeño toque de luz y esperanza nos devuelve la mirada a una realidad impuesta, pero no exenta de interés.

    Mónica eres una experta en moverte entre dos aguas... me gusta.

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